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martes, 26 de enero de 2016
El sindicalismo revolucionario
Me he preguntado con frecuencia si no debía insistir en las cuestiones que había tratado, de una manera demasiado breve o demasiado superficial, en el Porvenir socialista de los Sindicatos -aprovechándome de las experiencias ocurridas desde 1897 y de los conocimientos más extensos que he adquirido de los principios del socialismo, -para dar una exposición más clara, metódica y profunda del movimiento sindical. Siempre me ha detenido la extraordinaria amplitud de los problemas que se me presentaban, cuando me ponía a reflexionar sobre estas cosas; por otra parte, estos últimos años han sido singularmente ricos en hechos imprevistos, que han venido a hacer vanas las síntesis que parecían mejor establecidas.Cuando se cree haber hallado un sistema que abarca convenientemente las comprobaciones que se juzgan más importantes, un estudio más detallado o un incidente fuerzan a abandonar todo.
No estamos aquí en presencia de fenómenos pertenecientes a géneros clásicos, de fenómenos que todo trabajador serio pueda vanagloriarse de poder observar correctamente, definir con exactitud, explicar de manera satisfactoria, utilizando principios aceptados en la ciencia. Los principios faltan aquí en absoluto; es, por lo tanto, imposible llegar a describir con precisión y claridad; a veces, hasta hay que temer un excesivo rigor de lenguaje, porque estaría en contradicción con el carácter fluente de la realidad y ese lenguaje engañaría. Debe procederse por tanteos, probar hipótesis verosímiles y parciales, contentarse con aproximaciones provisionales, para dejar siempre la puerta abierta a correcciones progresivas.
Esta impotencia relativa debe parecer muy despreciable a los grandes señores de la sociología, que fabrican, sin el menor cansancio, vastas síntesis que abarcan una seudohistoria del pasado y un futuro quimérico; pero el socialismo es más modesto que la sociología.
Mi folleto es uno de estos tanteos. Cuando lo escribí, en 1897, estaba muy lejos de saber todo lo que sé hoy; por lo demás, me proponía un fin bastante restringido: llamar la atención de los socialistas sobre el gran papel que podían estar llamados a desempeñar los sindicatos en el mundo moderno. Veía que había muchos prejuicios contra el movimiento sindical y creía que este estudio contribuiría a disipar algunos; para conseguir mi fin, debía tocar muchas cuestiones más que profundizar ninguna.
En aquella época, la idea de la huelga general era odiosa para la mayor parte de los jefes socialistas franceses, y yo creí prudente suprimir un capítulo que había consagrado a mostrar la importancia de esta concepción. Desde entonces, han ocurrido grandes cambios: en 1900, cuando reedité mi artículo, la huelga general ya no era considerada como una simple insania anarquista; hoy es sostenida por el grupo del Mouvement Socialiste. Más de una vez, Jaurés ha dado a entender que era partidario de este modo de concebir la revolución (1); esto ha sucedido cuando ha necesitado el apoyo de los sindicalistas, pero luego ha rechazado esa utopía, que no conviene a los ricos accionistas de su periódico, a los dreyfusistas de la Bolsa ni a las condesas socialistas. Lo que debe atraer nuestra atención es que Lagardelle y Berth, a quienes nadie, en el mundo socialista, gana en talento, en saber y en abnegación, han llegado, mediante la observación y la reflexión, a defender la huelga general; gracias a esto, se han convertido en Francia en los representantes más autorizados del sindicalismo revolucionario.
Quizá no está lejano el momento en que no se encuentre mejor medio de definir el socialismo que por la huelga general; entonces se verá claramente que todo estudio socialista debe hacerse sobre las direcciones y cualidades del movimiento sindical.
En la tesis de la huelga general hay que señalar tres propiedades importantes:
1º En primer lugar, expresa de un modo infinitamente claro, que el tiempo de las revoluciones políticas ha terminado, y que el proletariado se niega a dejar constituir nuevas jerarquías. Esta fórmula no sabe nada de los derechos del hombre, de la justicia absoluta, de las constituciones políticas y de los parlamentos; no niega pura y simplemente el gobierno de la burguesía capitalista, sino también toda jerarquía más o menos análoga a la burguesía. Los partidarios de la huelga general aspiran a hacer desaparecer todo lo que había preocupado a los antiguos liberales: la elocuencia de los tribunos, el manejo de la opinión pública, las combinaciones de partidos políticos. Esto sería, desde luego, el mundo al revés; pero ¿no ha afirmado el socialismo que quería crear una sociedad enteramente nueva? Más de un escritor socialista, demasiado alimentado por las tradiciones de la burguesía, no llega, sin embargo, a comprender tal locura anarquista; se pregunta lo que podría venir después de la huelga general: sólo sería posible una sociedad organizada conforme al plan mismo de la producción, es decir, la verdadera sociedad socialista.
2º Kautsky afirma que el capitalismo no puede ser abolido fragmentariamente y que el socialismo no puede realizarse por etapas. Esta tesis es ininteligible cuando se practica el socialismo parlamentario: cuando un partido entra en una asamblea de deliberación, es con la esperanza de obtener concesiones de sus adversarios; y la experiencia muestra que, en efecto, las obtiene. Toda política electoral es evolucionista, aun admitiendo que muchas veces no obliga a transigir sobre el principio de la lucha de clases. La huelga general es una manera de expresar la tesis de Kautsky de un modo concreto; hasta ahora, no se ha dado ninguna fórmula que pueda llenar el mismo oficio.
3º La huelga general no ha nacido de reflexiones profundas sobre la filosofía de la historia; ha surgido de la práctica. Las huelgas no serían más que incidentes económicos de una importancia social mínima, si los revolucionarios no interviniesen para cambiar su carácter y convertirlas en episodios de la lucha social. Toda huelga, por local que sea, es una escaramuza en la gran batalla que se llama la huelga general. Las asociaciones de ideas son aquí tan simples que basta indicárselas a los obreros en huelga para hacer de ellos socialistas. Mantener la idea de guerra, hoy que tantos esfuerzos se hacen para oponer al socialismo la paz social, parece más necesario que nunca.
Los escritores burgueses, acostumbrados a catalogar las escuelas filosóficas y religiosas por medio de algunas fórmulas breves, conceden una importancia mayor a los axiomas que se leen a la cabeza de los programas socialistas. Con frecuencia han pensado que, criticando estas oscuras declaraciones y demostrando que están vacías de sentido reducirían el socialismo a la nada. La experiencia ha mostrado que tal método no conduce a nada y que el socialismo es independiente de los supuestos principios defendidos por sus teóricos oficiales. Yo compararía a éstos con los teólogos. Un sabio católico, Eduard Le Roy, se pregunta si los dogmas de su religión suministran algún conocimiento positivo sobre algo (2); promulgados para condenar determinadas herejías, parece que se habría conseguido mucha más claridad si se hubiesen limitado a simples negaciones. Los Congresos socialistas, asimismo, harían bien en decir que rechazan ciertas tendencias que se manifiestan en los partidos; si adoptan otro sistema, es porque sus axiomas son de tal modo vagos que puede aceptarlos todo el mundo.
Se afirma con frecuencia que es menester organizar al proletariado en el terreno político y económico para conquistar el poder, con objeto de reemplazar la sociedad capitalista por una sociedad comunista o colectivista, He aquí una fórmula magnífica y misteriosa que puede entenderse de muchas maneras; pero la más sencilla de todas las interpretaciones es la siguiente: provocar la formación de asociaciones obreras, propias para crear la agitación contra los patronos; hacerse el abogado de los obreros cuando están en huelga y pesar sobre las administraciones públicas para que intervengan en favor de los trabajadores; hacerse nombrar diputado con el apoyo de los sindicalistas (3), y usar de su influencia, bien para que obtengan algunas ventajas los electores obreros, bien para que se den puestos a algunos hombres influyentes del mundo trabajador (4); en fin, lanzar de vez en cuando algún discurso resonante sobre las bellezas de la sociedad futura. Esta política está al alcance de todos los ambiciosos, y no exige que se entienda nada de socialismo para practicarla: es la de Augagneur y demás diputados socialistas que no han querido seguir en el partido socialista.
En mi opinión, no debe concederse la menor importancia a toda esta literatura. Los jefes oficiales del partido socialista se parecen, con harta frecuencia, a marinos de agua dulce a quienes el azar hubiese lanzado al gran mar y que navegasen sin saber hallar su camino en un mapa, reconocer las señales y tomar precauciones contra las tempestades. Mientras estos presuntos jefes meditan sobre la redacción de axiomas nuevos, acumulan vanidad sobre vanidad, y creen imponer su pensamiento al movimiento proletario, se encuentran sorprendidos por acontecimientos que todo el mundo espera, fuera de sus conciliábulos de sabios, y quedan estupefactos ante el menor incidente parlamentario (5).
Al mismo tiempo que los teóricos oficiales del socialismo se mostraban tan impotentes, unos hombres ardientes, animados de un sentimiento de libertad, de vigor prodigioso, tan ricos en amor al proletariado como pobres en fórmulas escolásticas, y que sacaron de la práctica de las huelgas una concepción clarísima de la lucha de clases, lanzaban el socialismo por la nueva vía que empieza a recorrer hoy (6).
El sindicalismo revolucionario turba las concepciones que se habían elaborado maduramente en el silencio del gabinete; marcha, en efecto, al azar de las circunstancias, sin cuidarse de someterse a una dogmática y dirigiendo más de una vez sus fuerzas por caminos que condenan los sabios. ¡Espectáculo desalentador para las almas nobles que creen en la soberanía de la ciencia en el orden moderno, que esperan la revolución de un vigoroso esfuerzo del pensamiento, y se imaginan que la idea dirige el mundo desde que éste se ha librado del oscurantismo clerical!
Es muy probable que se hayan perdido muchas fuerzas a consecuencia de esta táctica que, según ciertos intelectuales, merece el nombre de bárbara; pero también se ha producido mucho trabajo útil. Según prueba la experiencia superabundantemente, la revolución no posee el secreto del porvenir y procede como el capitalismo, precipitándose por todas las salidas que se le ofrecen.
El capitalismo no ha salido malparado de lo que se ha llamado su ceguera y su locura: si la burguesía hubiese escuchado a los hombres prácticos, sabios y morales, se habría horrorizado ante el desorden que creaba con su actividad industrial, habría pedido al Estado que ejerciese un poder moderador y habría seguido por una senda conservadora. Marx describe en términos magníficos la obra prodigiosa que ha sido realizada sin plan, sin jefe y sin razón: Como nadie lo había hecho antes que ella, ha mostrado de qué es capaz la debilidad humana. Ha creado otras maravillas que las pirámides de Egipto, los acueductos romanos y las catedrales góticas: ha realizado otras campañas que invasiones y cruzadas. (7).
La burguesía ha actuado revolucionariamente y contra todas las ideas que los sociólogos se forman de una actividad potente y capaz de alcanzar grandes resultados. La revolución se ha fundado en la transformación de los instrumentos de producción, hecha al azar de las iniciativas individuales; pudiera decirse que ha obrado según un modo materialista, ya que nunca la ha guiado la idea de los medios a emplear para conseguir la grandeza de una clase o un país. ¿Por qué no podría seguir el mismo camino el proletariado y marchar hacia adelante sin imponer ningún plan ideal? Los capitalistas, en su furor innovador, no se ocupaban lo más mínimo de los intereses generales de su clase o su patria; cada uno de ellos consideraba únicamente el mayor beneficio inmediato. ¿Por qué los sindicatos han de subordinar sus reivindicaciones a altos intereses de economía nacional y no se han de aprovechar todo lo posible de sus ventajas cuando las circunstancias les son favorables? El poder y la riqueza de la burguesía se basaban en la autonomia de los directores de empresa. ¿Por qué no se ha de basar la fuerza revolucionaria del proletariado en la autonomía de las rebeliones obreras?
En efecto, el sindicalismo revolucionario concibe su papel de esta manera materialista, calcada en cierto modo sobre la práctica del capitalismo. Saca partido de la lucha de clases, como el capitalismo lo había sacado de la concurrencia, empujado por un vigoroso instinto de producir una acción mayor de lo que permiten las condiciones materiales. Los individuos que se precian de conocer la ciencia social y la filosofía de la historia, se muestran muy desconfiados al ver manifestarse instintos tan indisciplinados; se preguntan, con una inquietud a veces cómica, adónde conducirá semejante barbarie; se preocupan de prever las reglas que el proletariado deberá adoptar cuando las fuerzas difusas de la revolución se concentren, se organicen y tengan necesidad de órganos reguladores. Hay en toda esta actitud de los doctos infinita ignorancia.
No he de recordar a los compatriotas de Vico lo que este gran genio ha escrito sobre las condiciones en medio de las cuales se producen los ricorsi, estos sobrevienen cuando el alma popular vuelve a estados primitivos; cuando todo es instructivo, creador y poético en la humanidad. Vico encontraba en la Edad Media la ilustración más firme de su teoría; los comienzos del Cristianismo serían incomprensibles si no se supusiese, en los discípulos entusiastas, un estado análogo al de las civilizaciones arcáicas. El socialismo no puede aspirar a renovar el mundo si no se forma de la misma manera.
No nos asombra, pues, ver a las teorías socialistas caer unas después de otras, mostrarse tan débiles cuando el movimiento proletario es tan fuerte; entre ambas cosas no hay más que un lazo artificial. Las teorías han nacido de la reflexión burguesa (8); se presentan, por lo demás, como perfeccionamientos de filosofías éticas o históricas, elaboradas en una sociedad que ha llegado, desde hace mucho, a los grados más altos de intelectualismo; estas teorías nacen, pues, ya viejas y decrépitas. A veces dan la ilusión de una realidad que les falta, porque expresan con fortuna un sentimiento accidentalmente unido al movimiento obrero y se deshacen tan pronto como ese accidente desaparece. El sindicalismo revolucionario que no toma nada del pensamiento burgués, tiene, en cambio, el porvenir abierto ante sí.
El sindicalismo revolucionario encarna, a la hora presente, lo que hay en el marxismo de verdadero, de profundamente original, de superior a todas las fórmulas: a saber, que la lucha de clases es el alfa y omega del socialismo; que no es un concepto sociológico para uso de los sabios, sino el aspecto ideológico de una guerra social emprendida por el proletariado contra todos los jefes de industria; que el sindicato es el instrumento de la guerra social.
Con el tiempo, el socialismo sufrirá la evolución que le imponen las leyes de Vico: deberá elevarse por encima del instinto y hasta puede decirse que esto ha comenzado ya; el marxismo rejuvenecido y profundo que defienden en Francia Lagardelle y Berth, en Italia valerosos escritores, en medio de los cuales brilla Arturo Labriola, es ya el producto de tal evolución. La sabiduría y profunda inteligencia de estos jóvenes marxistas, se manifiestan en que no pretenden anticiparse al curso de la historia y tratan de comprender las cosas a medida que se producen.
Yo quisiera llamar ahora muy brevemente la atención sobre algunas de las dificultades más graves que presenta el sindicalismo revolucionario.
a) Hemos partido de la idea de que el sindicalismo persigue una guerra social, pero se nos objeta que la guerra no puede ser considerada, a la hora presente, como el régimen normal de los pueblos civilizados; la guerra no es más que un incidente y todos los esfuerzos de la gente razonable tienden a hacer este incidente más caro y menos temible. ¿Por qué no introducir la acción diplomática en la guerra social, para conseguir la paz?
Hay una gran diferencia entre la guerra de los Estados y la de las clases. Ninguna potencia aspira ya a la monarquía universal, todas fundan su política en un ideal de equilibrio; de este modo, los conflictos se hacen muy limitados y la paz puede resultar de concesiones recíprocas. El proletariado, en cambio, persigue la ruina completa de sus adversarios y determina la noción de equilibrio por la propaganda socialista; las huelgas no pueden originar una verdadera paz social.
Cuando los sindicatos se hacen muy grandes, les ocurre lo mismo que a los Estados: los estragos de la guerra son entonces enormes, y los directores vacilan en lanzarse a aventuras. Muchas veces los defensores de la paz social han confesado que desearían que las organizaciones obreras fuesen muy poderosas para que de este modo estuvieran condenadas a la prudencia. Así como entre los Estados estallan a veces guerras de tarifas, que terminan por lo general en tratados de comercio, del mismo modo, el establecimiento de acuerdos entre grandes federaciones patronales y obreras, podría poner término a los conflictos sin cesar renacientes. Estos acuerdos, como los tratados de comercio, tenderían a la prosperidad común de los dos grupos, sacrificando algunos intereses locales. Al mismo tiempo que se hacen prudentes, las federaciones obreras grandes llegan a considerar las ventajas que les procura la prosperidad de los patronos y a tener en cuenta los intereses nacionales. El proletariado se ve así arrastrado a una esfera extraña a él, se transforma en el colaborador del capitalismo; la paz social parece próxima a convertirse en el régimen normal.
El Sindicalismo revolucionario conoce esta situación tan bien como los pacificadores y teme las centralizaciones fuertes; actuando de una manera difusa, puede mantener en todas partes la agitación huelguística: las guerras largas han engendrado o desarrollado la idea de patria; la huelga local y frecuente no cesa de rejuvenecer la idea socialista en el proletariado, de fortalecer los sentimientos de heroismo, de sacrificio y de unión, y de mantener siempre viva la esperanza de la revolución.
b) Se ha hecho observar que las antiguas revoluciones no han sido pura y simplemente guerras, sino que han servido para imponer sistemas jurídicos nuevos. ¿A qué puede tender la nueva revolución social?
Ya he dicho que las fórmulas teóricas oficiales del socialismo son muy poco satisfactorias; mas si se parte de la idea sindicalista, se ve uno naturalmente conducido a considerar la sociedad bajo un aspecto económico: todas las cosas deben reducirse al plano de un taller que marcha con orden, sin perder el tiempo y sin dejarse guiar por el capricho.
Si el socialismo aspira a transportar a la sociedad el régimen del taller, nunca se concederá bastante importancia a los progresos que se hacen en la disciplina del trabajo, en la organización de los esfuerzos colectivos, en el funcionamiento de las direcciones técnicas. En las buenas costumbres del taller está evidentemente la fuente de donde saldrá el derecho futuro; el socialismo herederá no sólo los instrumentos que hayan sido creados por el capitalismo y la ciencia que haya nacido del desarrollo técnico, sino también los procedimientos de cooperación que a la larga se habrán constituído en las fábricas, para sacar el mejor partido posible del tiempo, de las fuerzas y aptitudes de los hombres.
Estimo, en consecuencia, muy lamentables ciertos consejos que se han dado, más de una vez, a los obreros para desperdiciar el trabajo; el sabotaje es un procedimiento del antiguo régimen y no tiende en modo alguno a orientar a los trabajadores en el camino de la emancipación. En el espíritu popular quedan aún numerosas supervivencias lamentables de este género, que el socialismo debía hacer desaparecer.
c) Es evidente que en una sociedad las relaciones de los hombres no pueden estar reguladas únicamente por la guerra; en nuestros países democráticos, sobre todo, infinitas complicaciones hacen imposible mantener el estado de guerra en todos los dominios. Examinemos sumariamente los principales terrenos en los cuales se efectúa la unión:
1° Cuando se habla de la democracia, hay que preocuparse menos de las constituciones políticas que de lo que ocurre en las masas populares: la difusión de la prensa, la pasión con que el público se interesa por los acontecimientos y la influencia que la opinión pública ejerce sobre los gobiernos; he aquí lo que debemos tener en consideración. Todo lo demás, es secundario o no sirve sino de auxiliar a esta organización de la voluntad general. La experiencia enseña que la clase obrera no es la menos ardiente en tomar partido sobre cuestiones que no tienen ninguna relación con sus intereses de clase: leyes que tocan a las libertades, resistencia que determinadas Ligas oponen a los abusos, política exterior, anticlericalismo. Ha podido, pues, decirse que la democracia borra las clases. Más de una vez, los jefes de los partidos socialistas han tratado de encerrar al proletariado en el círculo de un magnífico aislamiento; pero las tropas no han seguido mucho tiempo a sus jefes. Las más sabias proclamas sobre el deber de los trabajadores resultan letra muerta cuando la emoción es demasiado viva. El asunto Dreyfus es bastante reciente para que sea necesario insistir.
2° Los Parlamentos no cesan de hacer leyes para la protección de los trabajadores; los socialistas se esfuerzan por conseguir que los tribunales inclinen su jurisprudencia en un sentido favorable a los obreros; la prensa socialista trata en todo momento de conmover a la opinión burguesa, apelando a los sentimientos de bondad, de humanidad, de solidaridad; es decir, a la moral burguesa. Los antiguos utopistas que esperaban una reforma social de la benevolencia o de las luces de los capitalistas mejor informados, han sido motivo de befa; y hoy parece que el socialismo recobra la vieja rutina y que solicita la protección de la clase que, con arreglo a su teoría, es la enemiga irreconciliable del proletariado. Los radicales hacen avances en el sentido de la legislación social, con la esperanza de que desaparezcan ciertos estados agudos que constituyen, en su opinión, la única razón de ser del socialismo. Los católicos sociales siguen el mismo camino, porque exigen de los ricos el cumplimiento del deber social.
Los socialistas no se han dado aún exacta cuenta de lo que produce esta política (9): no parece dudoso que haya tenido por consecuencia desarrollar el espíritu pequeño-burgués en muchos hombres elevados a puestos de responsabilidad por la confianza de sus compañeros.
3° El proletariado moderno está sediento de instrucción. La Iglesia ha creído que podría conquistar una gran influencia sobre su espíritu mediante la escuela; el Estado, en Francia, le disputa a la Iglesia con encarnizamiento la clientela obrera. Empero, se tendría una idea muy inexacta de la influencia ideológica de la burguesía, si nos atuviésemos a las estadísticas escolares; el proletariado está bajo la dirección de una ideología extraña, gracias al libro sobre todo. Muchas veces se ha deplorado que no haya una buena literatura socialista; pero en Francia, por lo menos, esta literatura es prodigiosamente débil y Ia gran prensa socialista está en manos de burgueses que hablan sin pies ni cabeza de todas las cosas que ignoran.
Cuando se reflexiona sobre estos hechos, se ve uno obligado a reconocer que la fusión de las clases sociales por los católicos sociales y los radicales, no es quizá una quimera tan absurda como pudiera pensarse de primera intención: no sería imposible que el socialismo desapareciese por un fortalecimiento de la democracia, si el sindicalismo no estuviera ahí para oponerse a la paz social. La experiencia porque acabamos de pasar en Francia de gobiernos deseosos de dar amplias satisfacciones a la clase obrera, no es bastante para hacer pensar que estas tentativas, por hábiles y audaces que sean, puedan vencer las dificultades que el sindicalismo revolucionario opone a la paz social; a medida que la democracia avanza, los sindicalistas han alzado el tono de la lucha y el resultado más seguro de esta experiencia parece ser el siguiente: que el instinto de guerra se ha fortalecido en la misma proporción en que la burguesía ha hecho concesiones en vista de la paz.
En mi estudio de 1897 había examinado el sindicalismo de un modo abstracto; quería en aquella época mostrar la gran variedad de recursos que contiene. Mas para estudiar a fondo el sindicalismo revolucionario actual, habría que limitarse a examinar lo que ocurre en un solo país. Las tradiciones nacionales constituyen un elemento considerable en la organización obrera y esta verdad, que nunca se repetirá bastante, aparece aquí con una claridad particular.
No sé si me engaño, pero se me antoja que Italia ofrece un terreno singularmente favorable a la extensión del nuevo socialismo. Posee hoy algunos de los mejores representantes de la doctrina revolucionaria, quizá los que a la hora presente la defienden con mayor autoridad; tiene órganos concebidos con un espíritu excelente, desde el punto de vista socialista, como la Avanguardia y el Divenire. Sería interesante indagar si toda la historia italiana no es el soporte de este movimiento.
El instinto de revolución total es antiguo en Italia y ha podido adoptar aspectos muy distintos; hoy, presta a la idea de huelga general una popularidad que no tiene en los demás países. El espíritu local permanece vivo, y el sindicalismo, por consiguiente, tal vez no está tan amenazado por el burguesismo de las grandes Federaciones como en Francia.La lucha de clases pudiera muy bien tomar en Italia sus formas más espléndidas, y el progreso del sindicalismo italiano deberá ser seguido con atención por todos los socialistas.
Notas:
(1) En el Congreso de París, en 1900, había votado en favor de la moción favorable a la huelga general, según el informe analítico oficial; pero, según la copia estenográfica, se habría abstenido.
(2) Eduard Le Roy: Qu'est-ce qu'un dogme? pp. 17-18. I (Tomado de la Quinzaine del 15 de Abril de 1906).
(3) En el Socialiste del 14 de septiembre de 1902, se quejan de que el secretario del sindicato ferroviario y los individuos más sobresalientes de esta asociación hayan trabajado, durante las elecciones, por los candidatos gubernamentales.
(4) En el Socialiste del 24 de febrero de 1901, se ve que el secretario de la Bolsa de Trabajo de Limoges, ha sido nombrado, gracias a la protección de Millerand, para un empleo de 5700 francos por año.
(5) Nada iguala la ingenuidad de nuestros socialistas imaginándose que Millerand no aceptaría una cartera ministerial, sino después de la revolución social, cuando todo el mundo, en la Cámara, sabía que corría tras de un ministerio.
(6) A este renacimiento del socialismo estará ligado, en Francia, el nombre de Fernand Pelloutier, que ha tomado una parte tan activa en la organización de las Bolsas del Trabajo, y que ha muerto antes de haber visto el resultado de la obra a que se había consagrado en cuerpo y alma.
Para muchos socialistas oficiales, Pelloutier fue solamente un oscuro periodista; ¡de tal modo ignoran la verdad sobre el movimiento obrero! El pobre y abnegado servidor del proletariado murió en un estado de miseria en 1901.
(7) Manifiesto comunista.
(8) Exceptúo aquí qué hay de esencial en el marxismo.
(9) Generalmente, los socialistas llaman a la legislación social derecho obrero; error análogo a aquél en que habrían incurrido los autores antiguos si hubiesen llamado derecho burgués al conjunto de reglas relativas a las relaciones que existían entre los señores feudales y los campesinos; la legislación social está fundada en la noción de sangre. Debería llamarse derecho obrero a las reglas que se refieren a todo el cuerpo de trabajadores, y que pueden, perfeccionándose, convertirse en el derecho futuro.
Por Georges Sorel
Fuente: www.antorcha.net/biblioteca_virtual/filosofia/sorel/sorel.html
viernes, 15 de mayo de 2015
Las raíces del Fascismo italiano: Sorel y el Sorelismo
El papel de Sorel y el sorelismo en las raíces del fascismo constituye un problema en las concepciones políticas apocalípticas: el deseo de una renovación drástica y total de la Italia del post-Risorgimento. Sin embargo, el aparato conceptual requerido para el estudio del impacto de Sorel en Italia ha sido ambiguo durante mucho tiempo. Probablemente, por este motivo, deben establecerse distinciones entre Sorel y sus continuadores italianos.
El carácter variable de las doctrinas y fidelidades políticas de Sorel debe diferenciarse de las de numerosos individuos entusiastas y de grupos. Estos últimos, una vez bajo su influencia, prosiguieron su propio camino, manteniéndose a veces en posturas que Sorel había abandonado sustancialmente hacía tiempo, o bien, en el caso de otros, explorando nuevos terrenos. No obstante, también hay que marcar diferencias en el interior del movimiento fascista, donde, entre otras numerosas fracciones, el sorelismo también se enraizó. La posición de Mussolini en cuanto a Sorel no era de ningún modo constante, ni siquiera necesariamente idéntica a las posturas expresadas por otros sorelistas en los grupos fascistas, ya fuera antes o después de la marcha sobre Roma. El problema es mucho más complicado, no sólo por el hecho de la aparición en el movimiento fascista de una oposición al sorelismo, sino también por una oposición de sorelistas al fascismo.
El hecho de que las ideas de Sorel fueran operativas en el seno de tantos grupos diversos puede atribuirse a su carácter esencial, al igual que a la atmósfera política e intelectual de Italia antes y después de la guerra. Este texto pretende establecer que el deseo de Sorel en Italia fue el de una conquista política y espiritual, que su pensamiento y su acción iniciaron un movimiento sorelista que se enraizó en una variedad de corrientes políticas e intelectuales orientadas de forma similar, y que el sorelismo figura significativamente, a la vez directa e indirectamente, en los orígenes del fascismo.
Cuando Sorel comenzó a escribir en 1886, no estaba lejos de los cuarenta, preparado para retirarse como ingeniero en el Servicio Civil francés. Sin embargo, en pocos años se convirtió en un teórico de la revolución. La metamorfosis de Sorel en revolucionario fue bastante determinada por el curso de los acontecimientos en Francia. Sin duda, fue el desastre de 1870-1871 lo que le condujo a un moralismo proudhoniano. En todas partes percibía la decadencia, el crecimiento de una democracia utilitarista y materialista, y el predominio de los intelectuales racionalistas. Desde el principio, deseó la renovación de “valores pesimistas esenciales para la moral cristiana” y una “sociedad basada en el trabajo”. Con el éxito parlamentario de 1893, anunció su “conversión” al marxismo. Sin embargo, inspirado por los artículos de Edouard y Bernstein, empezó a atacar a una ortodoxia que jamás había soportado. Enseguida se distanció radicalmente de Bernstein. La lectura de Henri Bergson le convenció de que la historia está impulsada por movimientos espontáneos que surgen de las masas. Son estos movimientos los que crean nuevos valores morales y los que reimpulsan el proceso histórico. En 1898, publicó El porvenir socialista de los sindicatos, un estudio que llamó la atención, especialmente en los círculos anarquistas y sindicalistas. El movimiento sindicalista en Francia era para él la manifestación auténtica del proletariado revolucionario. Aconsejaba a los sindicatos aislarse del mundo corrupto de los políticos e intelectuales burgueses, para trabajar en silencio en crear los valores y las instituciones del futuro. Con el caso Dreyfus en 1898, Sorel vio principalmente una gran misión moral. El proletariado debía emanciparse de todos aquellos que sufrían injusticias. Pero tras la gran victoria electoral de los discípulos de Dreyfus en 1899, éstos mostraban la misma inmoralidad interesada de sus opuestos. Ya no había menosprecio hacia los políticos socialistas como Jean Jaurès y Alexandre Millerand. Estaba convencido de que la democracia parlamentaria corrompía todo lo que tocaba. Para Sorel, estos años se destacaron por una implicación creciente en la escena política e intelectual italiana. Casi desde el principio, se sentía atraído por la tradición de Italia en cuanto a su realismo político y a la atención centrada en la psicología de la política. Este interés fue expresado por primera vez en algunos artículos consagrados al trabajo de Cesare Lombroso sobre la psicología del crimen político. Con su conversión al marxismo, sus nexos se estrecharon. Antonio Labriola, el líder de los teóricos marxistas, escribió en una revista que Sorel dirigió muy poco tiempo. Sorel escribió al joven Benedetto Croce y a Vilfredo Pareto para pedirles su participación. En 1896, Sorel descubrió a Giovanni Battista Vico, que daba una visión más penetrante a su amalgama de Marx y Bergson. Con Vico vio la distinción entre conspiración pura y revolución; sólo la revolución da vida a una nueva moral. De Vico le llegó la idea de la revolución como ricorso, el retorno a un estado de espíritu anterior. Hacia 1898, Sorel publicó mucho en Italia, y sus trabajos recibieron extensos comentarios. Pero a medida que profundizaba sus críticas a Marx –llamaba al marxismo “poesía social”-, sus escritos mostraban hostilidad. Labriola lo acusó públicamente de llevar a cabo una guerra de secesión. Avanti! Intentó bloquear la publicación de sus artículos. Sorel se sintió muy ofendido. Sin embargo, Italia le parecía el único país donde la crítica al marxismo fue seria. “Italia –escribió- ha sido la educadora de Europa: podría asumir perfectamente este papel una vez más”.
Hacia 1903, Sorel estaba convencido de que solamente una revolución catastrófica podría traer un ricorso. En este momento, había conseguido un número de discípulos modesto en Francia, pero sustancial en Italia.
El sindicalismo revolucionario fue el primero en recibir el apoyo de Sorel. El movimiento sindical había aparecido en Francia y en Italia en la década de 1890. en la Confederación General del Trabajo, fundada en 1903, y en el Segratariato Nazionale della Resistenza, creado el año anterior, los elementos revolucionarios eran originalmente dominantes. De 1903 a 1910, Sorel intentó explicar a los militantes y al público en general el potencial histórico de estos movimientos. En Francia, sus artículos influyeron en el Movimiento Socialista de Hubert Lagardelle, una revista con numerosa participación italiana. En Italia, la vanguardia socialista de Milán introdujo a Sorel en círculos proletarios, en 1903, gracias a la traducción de El porvenir socialista de los sindicatos. Estableció una colaboración más intensa con la revista doctrinal de Roma Divinire Social, donde apareció la primera versión de las Reflexiones sobre la violencia. Además, se publicaban cartas y artículos de Sorel en muchos periódicos y revistas más pequeños, y se tradujeron casi todas sus obras. Sorel remarcaba que su labor se ignoraba mucho en Francia. Pero en el “país de Vico”, esperaba “encontrar jueces más competentes”. Lo que Sorel escribía sobre el tema del sindicalismo revolucionario era muy comparable en Francia y en Italia. Observaba en el sindicalismo como movimiento revolucionario algo idéntico al cristianismo primitivo. Era motivado, como todo gran movimiento, “por un mito revolucionario”. El mito había nacido de los amores, los temores y los odios del grupo. Sus miembros se veían a sí mismos como un ejército de la verdad luchando contra un ejército del mal. El mito del proletariado era el de la huelga general, una visión apocalíptica del día en que el detestado régimen burgués sería destruido. Sorel veía en el sindicalismo una elite, pues sólo los trabajadores más militantes eran sindicalistas. La técnica del movimiento era la violencia, el rechazo a comprometerse con palabras y con actos. Se daba cuenta de que los anarquistas, en el movimiento sindicalista, habían enseñado a los trabajadores a no sentir vergüenza de la violencia. La lucha de clases tenía el mismo valor moral que la guerra entre naciones. Incluso algunos actos criminales eran justos si eran claras expresiones de la lucha de clases. Y pensaba que la violencia proletaria podía restaurar en la burguesía algún fragmento de su antigua energía. El sindicalismo, como orden revolucionario, estaba impulsado por una moral. Surgiría de la revolución una nueva escala de valores, que daría lugar a la perfección del maquinismo y los adelantos en la producción. La organización de la sociedad sindicalista vendría determinada por las necesidades de la producción; el sindicalismo sería una “sociedad de productores”. La técnica del nuevo orden sería la creación de una “sociedad de héroes”, héroes de la producción.
Hacia 1908, Sorel se convenció de que el sindicalismo francés se había comprometido sin esperanzas con el reformismo, pero el provenir del movimientoitaliano era todavía incierto. Entre la elite intelectual simpatizante con el sindicalismo, sulabor fue muy acogida y discutida. Croce en la crítica y en el prólogo a la edición italiana de las Reflexiones sobre la violencia hizo patente la mayor preocupación de Sorel, la génesis de la moralidad. Aceptó sus tesis, aunque con reservas. Respecto a este libro, Pareto alabó la “preocupación por la realidad de Sorel y su “rechazo de los discursos humanitaristas vacíos”. Sin embargo, el movimiento sindicalista, escribía Sorel, debería un día transformarse y reaparecer con otro nombre. Roberto Michels, “el alemán italianizado”, quien también mantenía correspondencia con Sorel, se sentía especialmente atraído por su concepto de elite proletaria. No obstante, fue en una variedad de periódicos y revistas anarco-sindicalistas, e incluso socialistas, donde Sorel causó mayor impacto, pues ahí se interesaban por sus percepciones toda una pléyade de académicos, periodistas y organizadores. Algunos eran miembros del partido socialista y participaban en las elecciones. De todos modos, denunciaban la cobardía del partido socialista y trabajaban por el progreso de concepciones más o menos sorelistas. L’Avanguardia socialista, un periódico milanés, era dirigido por Arturo Labriola, profesor de economía política y eminente discípulo de Sorel. Fue Labriola quien alentó la huelga general de 1904. L’Avanguardia predicaba “la violencia heroica” y una república de trabajadores dedicada a la producción. “Nuestro pensamiento –proclamabacoincide con el de Sorel”. Aquí los más consagrados de los discípulos italianos de Sorel eran Enrico Leone, Sergio Panunzio y Emanuele Longobardi, todos ellos académicos. También se publicaron aquí los artículos de los periodistas Walter Mocchi, Paolo Orani y del joven Mussolini. Este último, por ejemplo, era un socialista revolucionario que no aceptaba las especificaciones del sindicalismo. Pero proclamaba con insistencia su adhesión a la “revolución catastrófica” y a la “moral de los productores” de Sorel. El Divinere Sociale fue fundado por Leone y el periodista Paolo Mantica, y ahí publicaron sus artículos Croce, Pareto y Michels, al igual que muchos colaboradores de L’Avanguardia. El jurista A. O. Olivetti, los académicos Alfonso de Pietri-Tonelli, Francesco Arca y Agostino Lanzillo, e incluso varios discípulos franceses de Sorel escribían en esta publicación. Sin embargo, Sorel, debido a la preponderancia de sus propios artículos, y por consenso, era el director de orquesta indiscutible. Podrían citarse una docena de periódicos y revistas que mostraban una influencia sorelista marcada y modificada por cada tendencia particular. Esto no sólo revela la gran difusión del sorelismo, sino también la cantidad de dirigentes sindicalistas influidos: Alceste de Ambris, Michele Bianchi, Filippo Corridoni y Edmondo Rossoni. No obstante, la más inesperada revista sorelista fue probablemente la Pagine Libere de Lugano, fundada a finales de 1906 por el exiliado Olivetti. Era rigurosamente proletaria y también nacionalista. El ricorso se enlazaba con la renovación del Risorgimento. La nación estaba destinada a ser el máximo sindicato. Hacia 1910, Panunzio, Orani y Lanzillo eran sus principales colaboradores, y en menor medida, Corridoni, Rossoni y Mussolini. El movimiento sindicalista, bien que creció rápidamente hasta el congreso del partido socialista en Roma en 1906, parecía ir en declive.
En Milán, ese mismo año, los reformistas transformaron el Segretariato en Confederazione Gelerale del Laboro (CGL), más moderado. Un grupo de sindicalistas conducido por De Ambris y Bianchi formó una contraorganización de alrededor de 200.000 miembros en Parma. Pero la huelga de 1908 en Parma fue de tal violencia que los sindicalistas que quedaban en el partido fueron expulsados. En el congreso de Bolonia, en diciembre de 1910, las uniones sindicales, desorganizadas y desacreditadas volvieron a la CGL. En este mismo congreso, se leyó una carta de Sorel ante los delegados en asamblea. Anunciaba su abandono del sindicalismo. No se podía esperar nada de un movimiento de trabajadores vencidos por la democracia.

Enrico Corradini
El nacionalismo integral fue el siguiente en llamar la atención de Sorel. En Francia, su discípulo George Valois se había impregnado de la noción de una posible “renovación burguesa”, y en 1906 había intentado una fusión doctrinal y organizativa entre el sindicalismo y el monarquismo. En Italia, estaba en marcha un esfuerzo paralelo. En 1903, Enrico Corradini, que había sido seducido por Gabriele d’Annunzio, fundó en Florencia Il Regno figura el primer signo de interés por Sorel procedente de la derecha. Sin embargo, hubo un desacuerdo relativo a la huelga general de 1904 que provocó su abandono. En 1906, Corradini se unió a un pequeño grupo de antiguos sindicalistas. Éstos no habían expresado una dependencia explícita en relación a Sorel, aunque en el tono y en la argumentación, se diferenciaban poco de los sindicalistas que lo habían hecho. Mediante las lecturas y discusiones en numerosas ciudades italianas, Corradini y su grupo investigaron más a fondo las posibilidades de una renovación nacional. El sindicalismo y el nacionalismo, observaba Corradini, sentían “un amor común por la conquista”, ambos eran “imperialista”. Además, el imperialismo italiano era de una “nación pobre”. Los trabajadores, en consecuencia, que luchan por Italia, luchan también por ellos mismos. El nacionalismo corradiniano se convirtió hacia 1908 en un sindicalismo nacional “para todos los productores” y en un imperialismo “de una nación proletaria”. Leyendo a Corradini, se siente el espíritu de las reflexiones sobre la violencia, aunque él no hubiera atribuido explícitamente sus ideas a Sorel. No obstante, Sorel escribía a Croce que Corradini “comprende perfectamente el valor de mis ideas”. Prezzolini, mientras tato había fundado en 1908 en Florencia La Voce, con el fin de preparar un nacionalismo a un nivel más espiritual y moral. La Voce, abierta a todas las opiniones, se caracterizaba por una urgencia de renovación e, inicialmente, un interés considerable por Sorel. Su primer número anunciaba el abandono de Sorel del sindicalismo francés y en los meses siguientes los artículos trataban de temas sorelistas varios. En una entrevista, Sorel expresó su deseo de una renovación italiana. En un estudio sobre el sindicalismo, Prezzolini se declaró discípulo de Sorel, aunque pensaba que el sindicalismo todavía se encontraba en sus albores. Acabaría como una institución de integración social y de conservación. Sorel, en este intervalo se sentía más atraído por el nacionalismo francés. En 1909, en una entrevista a un periódico monarquista, declaraba que no se oponía desde el principio a una restauración. Pero el hecho decisivo para él fue la aparición en 1910 de la Juana de Arco de Charles Péguy. En este libro, opinaba, se habían relacionado brillantemente las ideas cristiana y patriótica. Era lo que el nacionalismo exigía: había encontrado otro ricorso. Sorel anunció su descubrimiento simultáneamente en l’Action Française y en La Voce. En Francia, él mismo y gran parte de sus discípulos monarquistas fundaron varias revistas que intentaron, en los años precedentes a la guerra, aunar a los antidemócratas de izquierda y derecha. Sorel pasó a escribir menos para Italia, exceptuando el Resto del Carlino de Bolonia, editado por un nuevo admirador, Mario Missiroli.
Sorel percibía el nacionalismo italiano, aunque sus comentarios habían sido fragmentarios, también el término de ricorso, según Vico. El movimiento era alentado, pensaba por el “mito nacional” del Risorgimento abortado. El interés por Oriani y la demanda de una revolución nacional permanente eran los signos indiscutibles de un despertar. Pero el nacionalismo en Italia contaba con el catolicismo y dudaba que se aceptase el apoyo católico. Sin embargo, se convenció de que la guerra de Libia había hecho renacer un sentimiento de grandeza nacional igual al de los mejores momentos del Risorgimento. La renovación italiana podría ser obra de un resurgimiento burgués. En cualquier caso, “el futuro de Italia –escribía- no se conseguirá por una evolución natural”. Al igual que para el nuevo orden, su moral será nacional y católica. Veía la organización de la sociedad en términos sindicalistas, pero ahora estaba preparado para aceptar un sindicalismo mixto de trabajadores y patrones o un sindicalismo nacional. El régimen propugnaría un “culto a la nación”, la perfección de las instituciones en el interior y una política imperialista en el exterior.
Hacia 1912-1913, Sorel estaba convencido de que los dirigentes de L’Action Française se interesaban más por escribir sobre la revolución que por llevarla a cabo. En Italia, las posibilidades de una revolución nacional parecían de nuevo más claras. El nuevo interés de Sorel por el nacionalismo iba en paralelo al de sus principales admiradores. Croce, en su estudio sobre Vico, veía en Sorel un Vico en las costumbres del siglo XX, pero creía que Alemania, antes que Italia, podría en aquel momento aportar el modelo de un movimiento proletario que defendería las tradiciones nacionales. Pareto, en su estudio sobre los mitos, y Michels, en su obra sobre los partidos políticos, concentraron su atención en el nacionalismo e insistieron en sus exagerados elogios a Sorel. Pero en el mismo movimiento nacionalista cesaron todos los signos de aprobación de las ideas sorelistas, poco después de 1910. en Turín, el monarquista e imperialista Tricolore, un periódico semanal de un pequeño grupo conducido por Mario Viana, se dejó influir por las actividades de Valois en París. Éste invitaba al proletariado a aceptar una organización nacional-sindicalista en pro de la solidaridad italiana. A pesar de que Corradini y Missiroli aportaron a Tricolore su apoyo entusiasta, el periódico fue el último esfuerzo para establecer un nexo explícito entre Sorel y el movimiento nacionalista. Posteriormente, en Florencia, el grupo de Corradini, al que se habían adherido nuevos elementos, creó el partido nacionalista. Reaparecieron los temas de un sindicalismo nacional y del imperialismo de una “nación proletaria”. Pero ya no se hizo mención de Sorel. Además, mediante la investigación de La Voce del significado de la implicación de Sorel con L’Action Française, se presentaron nuevas preocupaciones. Hacia 1914, el nacionalismo corradiniano y el nacionalismo de La Voce, alejados de Libia, se habían acercado, y sólo quedó un mínimo interés por Sorel por parte de cada una. En el congreso de Milán, Alfredo Rocco, el teórico nacionalista de la economía, rechazaba el “sindicalismo” como una palabra extranjera. Tras este giro, los nacionalistas ya no hablaron más que de “corporaciones”.
En cuanto al movimiento sindicalista, si el nacionalismo había virado hacia una forma de sindicalismo, al igual que algunos elementos sindicalistas viraron cada vez más hacia variedades de nacionalismo. La creación en 1910 de La Lupa, en Florencia por Orano, era una tentativa, procedente de la izquierda, idéntica a la emprendida por el Tricolore, procedente de la derecha. El periódico se definía a sí mismo como la versión italiana de la nueva orientación de Sorel y reclamaba la guerra de Libia. Los sindicalistas Labriola, Mantica, Arca y Pietri-Tonelli coincidían en este punto con los nacionalistas Corradini y Missiroli. Declaraban que los dos movimientos tenían los mismos enemigos. El imperialismo italiano era además el de una “nación proletaria”. Pero La Lupa no mostró ninguna disposición respecto a la estructura de un sindicalismo nacional. La Pagine libere de Lugano apoyaba también a Sorel y aprobaba la guerra, pero permaneció “proletaria”. En la guerra de Libia, Olivetti, Panunzio y Lanzillo vieron la posibilidad de una renovación revolucionaria sin precedentes. Por otra parte, sin embargo, en los círculos sindicalistas, donde Sorel en el pasado había sido muy apreciado, los contactos de éste con los monarquistas eran denunciados como una traición y se condenaba la guerra de Libia como una aventura burguesa. El Demolizione de Milán, la Gioventi socialista de Parma, la Bandiera del popolo de Mirándola y La Propaganda de Nápoles eran publicaciones donde estaban muy presentes los dirigentes sindicalistas. Sus opiniones estaban muy influidas por Mussolini. Sin embargo, el rechazo de Sorel no fue permanente en todas las circunstancias. En cualquier caso, la guerra de Libia era un resultado del renacimiento de un movimiento sindicalista independiente. En Módena, en 1912, se fundó la Unione sindicale Italiana (USI), una organización de 150.000 miembros. Pero incluso aquí apareció enseguida el nuevo nacionalismo proletario de los maestros sindicalistas, especialmente en los grupos sindicales de Corridoni en Milán. Corridoni era un ferviente admirador de Sorel, y viceversa. Pero Corridoni adoraba en silencio a los héroes del Risorgimento. Había transformado la idea de la huelga general en la de “una guerra revolucionaria de la libertad”. Durante las revueltas de la semana roja en junio de 1914, sus sindicalistas marcharon por las calles de Milán cantando el himno del Risorgimento, gritando “viva Italia” y ondeando la bandera italiana.
Sorel odió el estallido de la guerra. Era despreciativo con su propio país. Escribió a Croce que deseaba una victoria alemana. No obstante, esperaba que de la guerra podría surgir otro ricorso, “una catástrofe” que sumergiría a Europa en una “nueva Edad Media”. Posteriormente, en 1918, descubrió otro ricorso: la revolución bolchevique. Empezó de nuevo a publicar sus artículos. En Francia, escribió para la revista comunista y, en Italia, publicó más de sesenta artículos, la mayoría en el Resto del Carlino y en el Tempo de Roma. Sorel opinaba que los bolcheviques eran impulsados por mitos revolucionarios que eran a la vez “sociales” y “nacionales”: el odio del pueblo en general hacia un régimen extranjero importado del Oeste. En los soviets de las fábricas veía una elite que desempeñaba el papel que él había atribuido a los sindicatos. La técnica del movimiento era la violencia. En cuanto al orden bolchevique, lo movían las energías morales liberadas por la revolución. La dictadura del proletariado era una “sociedad de productores”, pero Sorel vio en Lenin por primera vez los méritos de un dirigente carismático. La técnica del orden era doble: una política interior enraizada en un marxismo pragmático y una política extranjera enfocada a la conquista de un mundo dominado por un oeste agotado y decadente.
El sorelismo continuó en los círculos comunistas. La U.S.I., que se había opuesto a la intervención, se adhirió en breve a la III Internacional llevando aún la marca de la influencia de Sorel. Pero apareció para Sorel un nuevo punto de interés en un grupo de jóvenes intelectuales comunistas de Turín, que fundaron L’Ordine Nuovo en 1919. el periódico lo dirigía Antonio Gramsci, con Palmiro Togliatti y Angelo Tasca entre los principales colaboradores. Todos admitían, en diferente medida, la influencia de Sorel. De todos modos, el más interesado por Sorel era Gramsci. No apoyaba “todo” en Sorel pero apoyaba la idea de la “espontaneidad del movimiento proletario, los consejos de trabajadores como aprendices de la nueva sociedad, el papel de la violencia creadora, y la visión de una sociedad de productores”. Después de 1912, el periódico se convirtió en el órgano oficial del partido comunista y recuperaba periódicamente artículos de Sorel.
El fascismo también fue muy bien acogido por Sorel. Seguía a Mussolini desde 1912, cuando los socialistas revolucionarios habían tomado el control del partido y cuando Mussolini se convirtió en el editor de Avanti!. Había predicho que “Mussolini no era un socialista normal”, que era un condottiere que un día miraría hacia la derecha. Pero en 1915, Sorel no apoyó ni la formación del Fasci ni la intervención de Italia en la guerra. Es más, rechazaba la vulgaridad de D’Annunzio y de Filippo Marinetti. En su correspondencia durante la guerra, prestaba atención a los socialistas y los sindicalistas pacifistas. Sin embargo, tras la guerra, le decepcionó su incapacidad para llevar a cabo una acción revolucionaria decisiva. Además, la toma de Fiume le convenció de que D’Annunzio debía ser tenido en cuenta en adelante. El Fasci reactivado de 1919 renovó su interés por las actividades de Mussolini. Durante algún tiempo le afectó la ferocidad del escuadrismo y la destrucción de las organizaciones de trabajadores. Pero las cartes que escribió a Croce y a Missiroli hacia 1921 muestran con evidencia su atracción por el fascismo. En marzo de 1922 declaró: “los hechos más importantes después de la guerra son: la acción de Lenin, que creo sólida, y la de Mussolini que seguro triunfará”. Sorel no vivió lo suficiente para oír hablar de la marcha sobre Roma. Lo que Sorel escribía sobre el tema del fascismo es fragmentario, pero lo describió claramente como un ricorso. Veía el movimiento impulsado por los mitos “sociales” y “nacionales” ya había pensado en esta unión, aunque no lo había comprendido del todo. “Este descubrimiento nacional y social”, decía “es puramente mussoliniano”. El fascismo era el resultado de la incapacidad del Estado de proteger la burguesía y de la incapacidad de los gobernantes italianos de expresar las demandas justas de la nación en la conferencia de paz.
Sorel vio en los fascistas una elite y calificó a Mussolini como “genio político”. En tanto, los camisas negras fueron amos de la calle, sus oponentes no podrían esperar ningún éxito. Como orden revolucionario, veía el fascismo dominado por una moral compuesta por “lo social” y “lo nacional”. Se restauraría el Estado con toda su grandeza bajo Mussolini, y se asentaría sobre una base colectiva social y económica. Percibía en el fascismo un régimen consagrado a la reconstrucción interna y a la expansión imperial.

Filippo Corridoni durante un míting
Las huellas del sorelismo perduraron en el movimiento fascista que nacía. Croce, a pesar de que reafirmó su interés por Sorel, tendió hacia un liberalismo prudente y aceptó el fascismo como inevitable y benéfico a la vez. Pareto, en su célebre Tratado de Sociología y Michels, algo menos, en su obra sobre el nacionalismo y el imperialismo, continuaron aportando el prestigio de sus nombres a Sorel; ambos aceptaban el fascismo. Respecto al movimiento fascista, Mussolini se convirtió en intervencionista, quizás bajo la influencia de su íntimo amigo Corridoni. En cualquier caso, los elementos sorelistas eran muy importantes en el Popolo d’Italia y en los Fascios de 1915: Lanzillo, Panunzio, Longobardi, Olivetti, Orano y Prezzolini. Por otra parte, los organizadores sindicalistas Corridoni, Rossoni, Ambris y Bianchi rompieron con la U.S.I., para fundar un grupo sindicalista intervencionista. En cuanto a los Fascios reactivados de 1919, eran la mayoría supervivientes de los Fascios de antes de la guerra. No obstante, el Popolo d’Italia pedía ahora una república y un sindicalismo nacional basado en la cooperación entre las clases. Sin embargo, el fascismo necesitaba en este momento el apoyo de los trabajadores, y lo encontró en los sucesores de los grupos intervencionistas de Corridoni. Éstos se habían reconstituido, en 1918, con la protección de Rossoni en l’Unione Italiana del Lavoro, una unión anticomunista y antisocialista que contaba con 150.000 miembros. En Italia nostra, ligada a la U.I.L., y particularmente, en la recuperada Pagina Libere, dirigida por Olivetti, que era un dirigente de la U.I.L., el sorelismo afloraba siempre en conexión con un “idealismo neomaziniano”. Cuando Rossoni abandonó la U.I.L. para abrazar al fascismo, se llevó consigo lo que iba a ser el núcleo de los sindicatos obreros fascistas. Creados en Bolonia en enero de 1922, estos sindicatos fueron dirigidos por Rossoni y contaban con unos 500.000 afiliados. Sin embargo, el fascismo necesitaba el apoyo del pequeño pero influyente partido nacionalista. Recibió este apoyo cuando en septiembre Mussolini anunció que no se pondría en cuestión la monarquía. No obstante, desde hacía tiempo en el Partido nacionalista ya no había ningún signo de interés por Sorel. En los meses precedentes a la marcha sobre Roma, Mussolini fundó y dirigió la revista doctrinal Gerarchia, en la que Pareto, Lanzillo, Orano y otros relacionaban claramente a Sorel con los orígenes del fascismo. Su “pesimismo voluntarista”, su doctrina de la violencia creadora, su concepto de la moral de los productores... todo esto decían, había pasado al movimiento fascista. Cuando murió Sorel, la Gerarchia anunció en una nota necrológica que no sería Lenin sino Mussolini quien concretaría la misión del maestro del sindicalismo. Las legiones fascistas arriarían sus banderas en honor al solitario pensador francés que había partido hacia una pacífica eternidad.
El sorelismo debía continuar después de 1922; aunque la década después de la guerra no pueda tratarse más que brevemente, el destino de la posteridad de Sorel estaba claro. En los años veinte, las biografías “oficiales” de Mussolini y sus entrevistas en la prensa repetían la consecución de la primacía de Sorel en los orígenes del fascismo. Pero, de hecho, la fuerza de las ideas de Sorel iba a diminuir rápidamente. Hacia 1925, Croce encontraba el fascismo sin ley y sin moral. Pareto había muerto en 1923 y Michels dejó de interesarse demasiado por Sorel. Los intelectuales sindicalistas Lanzillo, Olivetti, Panunzio y Orano recibieron un alto rango académico o importantes puestos en el partido, y lo mismo ocurrió con los antiguos dirigentes Rossoni y Bianchi. Los academicistas no cesaban de comentar los orígenes sorelistas del fascismo, pero sus escritos, en su mayoría, ya no se consagraron más que a la elaboración legislativa y económica del corporatismo. Muchos pasaron a ser colaboradores del Stirpe de Rossoni y de la Conquista dello Stato de Curcio Malaparte, quien entre 1924 y 1928 reavivó el interés por Sorel en los círculos fascistas. Sin embargo, ahora se combatía a los sorelistas. En los cenáculos nacionalistas y fascistas había una verdadera hostilidad contra Sorel; se le identificaba como el partisano del sindicalismo proletario y el defensor de Lenin. Probablemente esta hostilidad era un signo de balanceo continuo por el régimen hacia un conservadurismo económico. “El caso Rossoni” en 1928-1929 puso fin a la posición de Rossoni como líder de los sindicatos fascistas y a su retribución del gran consejo fascista. Se habían quebrado todos los signos de supervivencia de una autonomía sindicalista. De todos modos, aún perduraban tendencias sorelistas en los círculos antifascistas. En los círculos comunistas, l’Ordine nuovo de Gramsci, hasta su prohibición a mediados de los años veinte, continuó reivindicando a Sorel para el proletariado. Además, entre los liberales, apareció una nueva tendencia con la Rivoluzione liberale de Turín, dirigida por Govetti. Este, junto a Labriola, Missiroli y Max Ascoli, intentó revitalizar el liberalismo, socializándolo. Govetti, escribió que había “amalgamado el espíritu sorelista”, es decir, “su vertiente sana”. Hasta su suspensión en 1925, la revista se sumergió en vivas polémicas con Gramsci y Malaparte, con frecuencia sobre Sorel.
Tras los años veinte, el sorelismo, ya fuera fascista o antifascista, parecía acabado. De todas maneras, Mussolini, en su célebre artículo de L’Enciclopedia en 1932, afirmó la primacía de Sorel y del Movimiento socialista de Lagardelle en la formación del fascismo. Entonces, Croce lamentó que los libros de Sorel hubieran sido “los breviarios del fascismo” y hubieran influido posiblemente en el nazismo. Por otro lado, los discípulos de Sorel hicieron muchos estudios profundos sobre el corporatismo. En breve, la revista obrera Problemi del Lavoro discutió sobre el resurgimiento de los fundamentos sorelistas en el neo-sindicalismo francés. A partir de entonces, sin embargo, cuando se nombraba a Sorel en las elites fascistas, se insistía en que el fascismo había nacido en 1919 y que había sido obra de los italianos. Respecto al interés de los antifascistas por Sorel, Gramsci, encarcelado entre 1929 y 1935, escribía notas a menudo sobre Sorel. Hacia el principio de la II Guerra Mundial, apareció un nuevo tipo de literatura sobre Sorel, que tuvo una difusión considerable: antologías, recuerdos y libros de erudición. El sorelismo había muerto.
En cualquier conclusión referente a Sorel y el sorelismo, hay que evitar la tentación de minimizar su carácter políticamente oportunista e irresponsable; lo que es esencial en condiciones apocalípticas no es político sino religioso.
Constantemente, Sorel buscaba un ricorso. Para él, el prototipo del ricorso era el cristianismo primitivo. Un ricorso era un movimiento alentado por un influjo carismático. En consecuencia, en esta búsqueda Sorel se dirigió a los extremos políticos que parecían más receptivos para una renovación drástica y total. Hasta la guerra, esperaba una renovación tanto italiana como francesa. Pero después de 1914, sus esperanzas se centraron casi exclusivamente en Italia. Lo que le atrajo de la revolución bolchevique no era Rusia (por la que nunca había mostrado interés), sino el bolchevismo. Y la incapacidad del proletariado de Italia le condujo al fascismo. Pero él nunca fue más que un simple “observador”. Profundamente, veía en un movimiento lo que en realidad no estaba en él. Por tanto, su carrera fue casi necesariamente una sucesión de esperanzas y decepciones. Lo que facilitaba su evolución hacia los extremos era esencialmente su pragmatismo. Seguramente, prefería antes un ricorso de izquierdas. Pero no sólo encontró en los extremos una similitud importante, sino también alternativas personales aceptables. Los extremos fueron para él aspectos particulares de un único modo de pensar, de una única atmósfera de sublevación. Aunque la ide apocalíptica haya sido siempre evidente en su trabajo, esta tendió, de todos modos, a deteriorarse. A pesar de que esta idea no fue nunca divulgada tras la guerra, había perdido mucho de su utilidad inicial. El ricorso se convirtió más en un problema de ingeniería social que en una tentativa para un pesimismo cristiano.
El sorelismo constituía una influencia importante en Italia. El rechazo de Sorel respecto al pensamiento materialista y mecánico lo introdujo en una corriente irracionalista y activista que ya estaba en marcha. Su preocupación por la decadencia y el heroísmo tuvo una buena acogida en la idea muy extendida de que el Risorgimento no había conseguido aportar una renovación espiritual y moral. Además, su impacto era un aspecto continuo de la dependencia intelectual de Italia respecto al pensamiento francés. El sorelismo era en buena medida un fenómeno franco-italiano. Pero es difícil delimitar el sorelismo. Su estudio era ilimitado, desde la Crítica de Croce a los oscuros periódicos de trabajadores en provincias. En el centro figuraban los profesores sindicalistas y algunos nacionalistas. En los márgenes, actuando con más o menos independencia, se encontraban varios miembros de una elite intelectual y una cantidad de dirigentes y periodistas. Sin duda, fue la diversidad de elementos lo que hizo posible la diseminación de las ideas sorelistas virtualmente en todos los estratos intelectuales. Sin embargo, los límites del sorelismo se complicaron debido a su indeterminación política. Las tendencias sorelistas tenían que encontrarse no sólo en formas variadas de revolucionarismo proletario, sino también, aunque más débilmente, en el nacionalismo revolucionario. El sorelismo podía estar a favor o en contra de Libia, a favor o en contra de la intervención; se hallaba en el comunismo y en el fascismo, e incluso en el liberalismo radical. No obstante, los sorelistas poseían denominadores comunes muy marcados. Tenían puntos de vista similares, principalmente apocalípticos. El sorelismo veía los extremos como las únicas alternativas. Por encima de todo deseaba una “sociedad de héroes”.

Benito Mussolini
El fascismo debe mucho al sorelismo. Mussolini se había encontrado en los márgenes del movimiento antes de la primera guerra, quizás porque no tenía más que un pobre bagaje ideológico. Quizás también, porque no tenía ningún escrúpulo, Mussolini puede haber tenido, como podría no haber tenido, necesidad de Sorel. El fermento sorelista era a la vez un síntoma, e inconscientemente, un agente eficiente en la preparación del fascismo antes de la guerra: por la idea de la “violencia creadora”, en su revolucionarismo proletario inclinado hacia el nacionalismo, en su revolucionarismo nacionalista inclinado hacia una “solución” del problema social y por alegrarse del golpe de Estado de los Fascios en 1915. En los años de post-guerra, el caos creó múltiples oportunidades revolucionarias, más en la derecha que en la izquierda. Lo que del fascismo quería concebir eran eslóganes apropiados, organización y modos de actuación. Fue el escuadrismo quien forzó la nacionalización o la neutralización decisiva de lo que quedaba de revolucionarismo proletario. Bajo esta perspectiva, el fascismo que llegó al poder en 1922 puede considerarse en buen grado como una transformación organizada y popularizada del movimiento sorelista de antes de la guerra. Si Mussolini pudo vanagloriarse de que el fascismo no tenía ninguna ideología, fue porque para él, el mito de Sorel podía ser una mentira, porque el papel de la elite podía sumirlo en una banda “dura de pelar”, y porque la violencia podía degenerar en el gangsterismo. Hay que admitir, sin embargo, que la calidad doctrinal del sorelismo, especialmente en la forma que pretendía trascender a las categorías convencionales de derecha y de izquierda, que consistía en transformar el sorelismo a no-ideológico, incluso el anti-ideológico, no significaba un ejercicio de fuerza. Bajo esta forma, el sorelismo hubiera podido sobrevivir muy bien como la única filigrana ideológica del fascismo. Además, es cierto que algunos grupos llegaron al fascismo por otras vías. Tampoco es menos cierto que todos los sorelistas acabasen en el fascismo. De todos modos, para los partidarios de Sorel, que se unieron a Mussolini en los años fatídicos, el sorelismo representaba las “raíces” de “su” fascismo.
El trabajo de Sorel en Italia fue de alguna manera un ricorso. Había nacido de la violencia para conseguir algo sublime. Era, como describió Croce, “la construcción de un poeta ávido de .. austeridad, ..sinceridad, ...que buscaba obstinadamente una fuente oculta de la que hubiera manado una corriente fresca y pura, y, a la vista de la realidad su poesía se esfumó ante sus propios ojos”.
Por Gustavo Morales
Fuente: Pueblo Indómito
viernes, 13 de marzo de 2015
Sorel y el Sindicalismo Nacional
Si alguien se atreve a levantar su voz contra las ilusiones del racionalismo en el acto es considerado como un enemigo de la democracia
Georges Sorel (1847-1922) era un ingeniero francés, padre del revisionismo revolucionario que supera el carácter materialista del marxismo y llegará a ser básico para la génesis del fascismo. El ambiente intelectual de Sorel se enmarca en el Barrio Latino de París, muy lejos de las frías escuelas teoréticas de Viena.
Marxista confeso, Sorel pretende, originalmente, completar el pensamiento de su maestro. A principios del siglo XX el pensamiento socialista debe enfrentarse a una serie de problemas nuevos, difícilmente explicables mediante el análisis marxista ortodoxo. Sorel se desmarca de las estructuras racionalistas y destaca que el marxismo es la construcción de un mito revolucionario para ilusionar a las masas, negando su valor como explicación racional de la realidad.
Marxista confeso, Sorel pretende, originalmente, completar el pensamiento de su maestro. A principios del siglo XX el pensamiento socialista debe enfrentarse a una serie de problemas nuevos, difícilmente explicables mediante el análisis marxista ortodoxo. Sorel se desmarca de las estructuras racionalistas y destaca que el marxismo es la construcción de un mito revolucionario para ilusionar a las masas, negando su valor como explicación racional de la realidad.
Sorel niega el valor del racionalismo, al que acusa de corruptor. Antepone a Pascal y a Bergson frente a Descartes y a Sócrates. Sorel sustituye los fundamentos racionalistas y hegelianos del marxismo por:
1.- La nueva visión de la naturaleza humana que predica Le Bon, quien aconseja que “para vencer a las masas hay que tener previamente en cuenta los sentimientos que las animan, simular que se participa de ellos e intentar luego modificarlos provocando, mediante asociaciones rudimentarias, ciertas imágenes sugestivas; saber rectificar si es necesario y, sobre todo, adivinar en cada instante los sentimientos que se hacen brotar”. Resume Le Bon que “la razón crea la ciencia, los sentimientos dirigen la historia”.
2.- Por el anticartesianismo de Bergson. Las enseñanzas de Bergson permiten sustituir el contenido racionalista, es decir, utópico, del marxismo por los mitos revolucionarios. Sorel afirma que todo gran movimiento viene motivado por mitos. El método psicológico toma el relevo al enfoque mecanicista tradicional (1899), frente al método científico, el recurso a una teoría de los mitos sociales. Sorel no repudia el marxismo, incluso llega a defenderlo contra algunos socialistas democráticos. Se debe a que considera que no existe ninguna relación entre la verdad de una doctrina y su valor operativo en tanto que instrumento de combate. Sorel desplaza el mito de la esfera del intelecto y lo instala en la de la afectividad y la actividad. Una mentalidad religiosa contra la mentalidad racionalista. Sorel recuerda que Bergson nos ha enseñado que la religión no ocupa en exclusiva la región de la conciencia profunda, la ocupan también, por las mismas razones, los mitos revolucionarios. Con ello, Sorel rechaza el presunto carácter científico del marxismo y niega la posibilidad de la explicación social en términos cuasi matemáticos.
3.- Por la rebelión de Nietzsche.. La única actitud coherente del revolucionario es la negación de los valores imperantes y la afirmación de otros nuevos y rebeldes. En Reflexiones sobre la violencia, Sorel afirma: Los mitos no son descripciones de cosas, sino expresiones de voluntad… conjuntos de imágenes capaces de evocar en bloque y exclusivamente a través de la intuición, previamente a cualquier tipo de análisis reflexivo, la masa de los sentimientos que corresponden a las diversas manifestaciones de la guerra librada por el socialismo en contra de la sociedad moderna. Sorel identifica mito y convicciones, entendiendo éstas en términos de las ideas y creencias de Ortega. Sorel distingue entre la ética del guerrero, que apoya, y la del intelectual, que condena: Ya no hubo soldados ni marinos, sólo hubo tenderos escépticos.
1.- La nueva visión de la naturaleza humana que predica Le Bon, quien aconseja que “para vencer a las masas hay que tener previamente en cuenta los sentimientos que las animan, simular que se participa de ellos e intentar luego modificarlos provocando, mediante asociaciones rudimentarias, ciertas imágenes sugestivas; saber rectificar si es necesario y, sobre todo, adivinar en cada instante los sentimientos que se hacen brotar”. Resume Le Bon que “la razón crea la ciencia, los sentimientos dirigen la historia”.
2.- Por el anticartesianismo de Bergson. Las enseñanzas de Bergson permiten sustituir el contenido racionalista, es decir, utópico, del marxismo por los mitos revolucionarios. Sorel afirma que todo gran movimiento viene motivado por mitos. El método psicológico toma el relevo al enfoque mecanicista tradicional (1899), frente al método científico, el recurso a una teoría de los mitos sociales. Sorel no repudia el marxismo, incluso llega a defenderlo contra algunos socialistas democráticos. Se debe a que considera que no existe ninguna relación entre la verdad de una doctrina y su valor operativo en tanto que instrumento de combate. Sorel desplaza el mito de la esfera del intelecto y lo instala en la de la afectividad y la actividad. Una mentalidad religiosa contra la mentalidad racionalista. Sorel recuerda que Bergson nos ha enseñado que la religión no ocupa en exclusiva la región de la conciencia profunda, la ocupan también, por las mismas razones, los mitos revolucionarios. Con ello, Sorel rechaza el presunto carácter científico del marxismo y niega la posibilidad de la explicación social en términos cuasi matemáticos.
3.- Por la rebelión de Nietzsche.. La única actitud coherente del revolucionario es la negación de los valores imperantes y la afirmación de otros nuevos y rebeldes. En Reflexiones sobre la violencia, Sorel afirma: Los mitos no son descripciones de cosas, sino expresiones de voluntad… conjuntos de imágenes capaces de evocar en bloque y exclusivamente a través de la intuición, previamente a cualquier tipo de análisis reflexivo, la masa de los sentimientos que corresponden a las diversas manifestaciones de la guerra librada por el socialismo en contra de la sociedad moderna. Sorel identifica mito y convicciones, entendiendo éstas en términos de las ideas y creencias de Ortega. Sorel distingue entre la ética del guerrero, que apoya, y la del intelectual, que condena: Ya no hubo soldados ni marinos, sólo hubo tenderos escépticos.
Fases del pensamiento soreliano
Socialismo marxista
En una primera fase, los sorelianos metamorfosean el marxismo, construyen una nueva ideología revolucionaria, desechando las teorías marxistas de plusvalor y de clase. Sorel vacía el marxismo de hedonismo y de materialismo, haciéndolo pasar de ser una máquina intelectual esclerotizada a una fuerza movilizadora en pos de la destrucción de lo que existe, el mundo materialista burgués. La teoría de los mitos se vuelve el motor de la revolución y la violencia su instrumento: La violencia proletaria, no sólo puede garantizar la revolución futura, sino que, además, parece ser el único medio de que disponen las naciones europeas, embrutecidas por el humanismo, para recobrar su antigua energía. Para Sorel, sólo los hombres que viven en estado de tensión permanente pueden alcanzar lo sublime. En esa vía, Sorel reivindica el cristianismo primitivo y el sindicalismo de combate de su tiempo. No nos molestaremos en demostrar que la idea de violencia revolucionaria no se ciñe al derramamiento de sangre ni a la brutalidad, que son inherentes a la explotación del trabajador, camuflada bajo la cortina de humo del sufragio partitocrático. Por esa vía, también la crítica del sociólogo Pareto al marxismo, base de su teoría de las élites, se acerca a la de Sorel.
Sindicalismo nacional
En una segunda fase, a partir de que Sorel abandona el socialismo (1909), el mito nacional sustituye al mito exclusivamente proletario, ya desalentado en la lucha contra la decadencia democrática y racionalista. La enseñanza obligatoria, la alfabetización en las zonas rurales, el acceso lento pero continuo de la clase obrera a la cultura, no favorecen la conciencia de clase del proletariado, sino más bien una nueva toma de conciencia de la identidad nacional. Los sorelianos ven la organización de la sociedad en términos sindicalistas. Sorel cree que el sindicalismo, en su lucha contra la dictadura de la burguesía y la dictadura del proletariado, ambas materialistas, posee un alto valor civilizatorio. La influencia de Sorel se refleja en el parlamento de productores defendido por José Antonio, así como en la afirmación: Concebimos a España como un gigantesco sindicato de productores. Ledesma asumirá, además, el término de sindicalismo nacional que se extiende entre los sorelianos franceses e italianos. A la postre, lo nacional vira hacia formas de sindicalismo al igual que los sindicalistas varían hacia diferentes escuelas de nacionalismo. Asumen, también, de Sorel que la disciplina, la autoridad, la solidaridad social, el sentido del deber y del sacrificio, los valores heroicos, son otras tantas condiciones necesarias para la supervivencia de la nación. El mito nacional releva al mito meramente social como motor revolucionario. Para ello, es preciso que la convicción se apodere absolutamente de la conciencia y actúe antes que los cálculos de la reflexión hayan tenido tiempo de aparecer en el espíritu. Es decir, opta por la opción de la nueva civilización que nace de la acción directa antes de la reflexión teórica. Aquí Ledesma recibe una mayor influencia soreliana que José Antonio, que a pesar de su renuncia a la torre de marfil de los intelectuales siente una cierta nostalgia por ella, visible en su Elogio y reproche a Ortega y Gasset.
La vanguardia cultural de la primera década del siglo XX, los futuristas, reciben con entusiasmo las ideas sorelianas prefascistas: Los elementos esenciales de nuestra poesía serán el coraje, la audacia y la rebelión.. Queremos derribar los museos, las bibliotecas, atacar el moralismo (…) Ensalzamos las resacas multicolores y polifónicas de las revoluciones. En pie en la cumbre del mundo, lanzamos una vez más el desafío a las estrellas. (Marinetti, 1909).
Un hecho crucial en la opinión pública occidental está en 1920. Cuando, respaldados por numerosas huelgas parciales y ocupaciones de fábricas en el norte de Italia, los nacionalsindicalistas italianos presenten su propuesta de autogestión de la industria al ministro de Trabajo, Arturo Labriola. El primer ministro Giolitti reconoce el derecho de participación de los trabajadores en las empresas. El nacionalsindicalismo italiano obtiene así una victoria épica.
La vanguardia cultural de la primera década del siglo XX, los futuristas, reciben con entusiasmo las ideas sorelianas prefascistas: Los elementos esenciales de nuestra poesía serán el coraje, la audacia y la rebelión.. Queremos derribar los museos, las bibliotecas, atacar el moralismo (…) Ensalzamos las resacas multicolores y polifónicas de las revoluciones. En pie en la cumbre del mundo, lanzamos una vez más el desafío a las estrellas. (Marinetti, 1909).
Un hecho crucial en la opinión pública occidental está en 1920. Cuando, respaldados por numerosas huelgas parciales y ocupaciones de fábricas en el norte de Italia, los nacionalsindicalistas italianos presenten su propuesta de autogestión de la industria al ministro de Trabajo, Arturo Labriola. El primer ministro Giolitti reconoce el derecho de participación de los trabajadores en las empresas. El nacionalsindicalismo italiano obtiene así una victoria épica.
Con todo ello, los sorelianos abren la tercera vía entre las dos concepciones totales del hombre y la sociedad que son el liberalismo y el marxismo, ideologías presas del racionalismo donde se prescinde de la intuición y del sentimiento en favor de un imposible concepción matemática de las ciencias sociales. El discurso de Sorel se hace transversal, basado fundamentalmente en el poder de los sindicatos pero repudiando el carácter meramente reivindicativo de éstos, es decir, su domesticación en brazos del socialismo parlamentario. Sorel repudia los pactos y acuerdos con la burguesía, así como el sistema de dominio del liberalismo democratizado: el parlamentarismo. Sorel odió tanto a la burguesía y la democracia liberal que recibió con expresiones de júbilo la revolución rusa, a pesar de haber criticado enérgicamente el leninismo de los revolucionarios profesionales. Sorel ve en Lenin la revancha del genio creador del jefe contra la vulgaridad democrática. Aconsejaba a los sindicatos alejarse del mundo corrupto de los políticos y de los intelectuales burgueses, distinguiendo entre conspiración y revolución. Sólo la segunda da vida a una nueva moral. Sólo los trabajadores más militantes -dice Sorel- son sindicalistas: El obrero de la gran industria sustituirá al guerrero de la ciudad heroica. Por tanto, los valores de ambos son comunes y el ascetismo y la eliminación del individualismo suponen características compartidas por el soldado-monje y por el obrero-combatiente. Podemos encontrar coincidencias entre el desarrollo de Sorel y el de Spengler.
Fascismo
Sorel no desacreditó el uso que los fascistas hacían de su nombre. De hecho, el fascismo nace de la crítica sindicalista, con un fuerte componente soreliano, al marxismo racionalista ortodoxo. El fascismo se revela contra la deshumanización introducida por la modernización en las relaciones humanas, pero, al contrario que el tradicionalismo, desea conservar celosamente los logros del progreso. La revolución fascista busca transformar la naturaleza de las relaciones entre el individuo y la comunidad sin que por ello sea necesario desbaratar el motor de la actividad económica moderna. Los sorelianos son los primeros revolucionarios surgidos de la izquierda que se niegan a cuestionar la propiedad privada. Consideran que atacarla supone confundir al enemigo real: la concepción burguesa y materialista de la existencia, que también encarnan el jacobino y el socialdemócrata.
Los sorelianos se mantienen fieles a la idea de que todo progreso depende, y dependerá, de una economía de mercado, al igual que hoy defiende el economista joseantoniano Velarde Fuertes, distintas de los planteamientos estatistas de Dionisio Ridruejo. En este punto del debate, los nacionalsindicalistas se escinden, la mayoría pasa a apoyar directamente al fascismo, incluso cuando éste modera su aspecto de transformación económica de la sociedad. Otro pequeño sector, el ala izquierda, rompe con el fascismo y recupera el viejo axioma del sindicalismo revolucionario: la sociedad de trabajadores libres.
El paso de uno a otro es visible en José Antonio en la comparativa del Discurso de la Comedia de 1933 al Discurso de la revolución Española de 1935, en el que enumera cuatro tipos de propiedad: la personal, la familiar, la comunal y la sindical. Están ausentes la estatal y la correspondiente a sociedades anónimas.
En cualquier caso, con la síntesis fascista, la estética revolucionaria y heroica se convierte en parte integrante de la política y de la economía.
Los sorelianos se mantienen fieles a la idea de que todo progreso depende, y dependerá, de una economía de mercado, al igual que hoy defiende el economista joseantoniano Velarde Fuertes, distintas de los planteamientos estatistas de Dionisio Ridruejo. En este punto del debate, los nacionalsindicalistas se escinden, la mayoría pasa a apoyar directamente al fascismo, incluso cuando éste modera su aspecto de transformación económica de la sociedad. Otro pequeño sector, el ala izquierda, rompe con el fascismo y recupera el viejo axioma del sindicalismo revolucionario: la sociedad de trabajadores libres.
El paso de uno a otro es visible en José Antonio en la comparativa del Discurso de la Comedia de 1933 al Discurso de la revolución Española de 1935, en el que enumera cuatro tipos de propiedad: la personal, la familiar, la comunal y la sindical. Están ausentes la estatal y la correspondiente a sociedades anónimas.
En cualquier caso, con la síntesis fascista, la estética revolucionaria y heroica se convierte en parte integrante de la política y de la economía.
Conclusión
Sorel, en los artículos reunidos en las Ilusiones del Progreso, denuncia a Descartes, dado que sus ideas lo son de la clase dominante. Desecha el racionalismo que deviene en optimismo al entender el mundo como un inmenso almacén donde todos pueden satisfacer sus necesidades materiales. Sorel pide que el socialismo se transforme en una filosofía de comportamiento moral, donde las relaciones de los trabajadores generen una nueva ética, absolutamente distinta de la moral burguesa, el enemigo real de Sorel.
Sorel abandona el proletarismo cuando comprueba que la violencia obrera, sustentada en las reivindicaciones materiales, no eleva al proletariado al nivel de una fuerza histórica susceptible de engendrar una nueva civilización. Sorel anuncia que el sindicalismo se separa del socialismo racionalista y repudia, finalmente, a Marx y a Hegel. Sorel asume la frase de Croce y afirma: El socialismo ha muerto, cuando descubre, con amargura, que las ideas, preocupaciones, fines y comportamientos del trabajador no difieren de aquellas de los burgueses. El carácter pactista del parlamentarismo liberal ha seducido a los partidos socialistas europeos occidentales y los sindicatos, animados por la acción directa y el mito de la huelga revolucionaria, o se amoldan o se separan radicalmente del socialismo parlamentario.
Sorel abandona el proletarismo cuando comprueba que la violencia obrera, sustentada en las reivindicaciones materiales, no eleva al proletariado al nivel de una fuerza histórica susceptible de engendrar una nueva civilización. Sorel anuncia que el sindicalismo se separa del socialismo racionalista y repudia, finalmente, a Marx y a Hegel. Sorel asume la frase de Croce y afirma: El socialismo ha muerto, cuando descubre, con amargura, que las ideas, preocupaciones, fines y comportamientos del trabajador no difieren de aquellas de los burgueses. El carácter pactista del parlamentarismo liberal ha seducido a los partidos socialistas europeos occidentales y los sindicatos, animados por la acción directa y el mito de la huelga revolucionaria, o se amoldan o se separan radicalmente del socialismo parlamentario.
Sorel se desentiende de las construcciones teóricas que anteceden a la acción. Él es un enamorado del hecho revolucionario, lo que ayuda a comprender su paso del marxismo de combate, que abandona cuando la socialdemocracia se domestica en los parlamentos, y da su posterior adhesión a los procesos de revolución nacional que sacuden Europa.
Cuando el 23 de marzo de 1919, en la plaza San Sepolcro de Milán, Mussolini funda el fascismo italiano, entre los presentes se encuentran muchos sindicalistas sorelianos, hastiados de la connivencia de la burguesía con el Partido Socialista Italiano del que también procede el futuro Duce.
En resumen, el fascismo no nace de la burguesía sino que es una escisión de la izquierda socialista, la fracción de aquellos que abominan del liberalismo parlamentario y consideran que la misión histórica del proletariado no es imponer una dictadura sino crear una civilización.
Cuando el 23 de marzo de 1919, en la plaza San Sepolcro de Milán, Mussolini funda el fascismo italiano, entre los presentes se encuentran muchos sindicalistas sorelianos, hastiados de la connivencia de la burguesía con el Partido Socialista Italiano del que también procede el futuro Duce.
En resumen, el fascismo no nace de la burguesía sino que es una escisión de la izquierda socialista, la fracción de aquellos que abominan del liberalismo parlamentario y consideran que la misión histórica del proletariado no es imponer una dictadura sino crear una civilización.
A la postre el fascismo pierde su empuje revolucionario, es decir, cuando inicia su política de pactos con la burguesía industrial, los partidos nacionales del resto de Europa rompen con él y buscan un nuevo engarce de la revolución nacional con el brío puro y antipolítico de las masas anarcosindicalistas. El mejor ejemplo lo tenemos en Ramiro Ledesma y La Conquista del Estado. Ledesma no opta por el fascismo, a pesar de su viva la Italia de Mussolini o viva la Germania de Hitler, ni por el bolchevismo, también a pesar de su viva la Rusia de Stalin, sino por algo consustancial a todos ellos, el fin de la democracia liberal, ese régimen basado en palabras del soreliano Berth, en el voto secreto…el símbolo perfecto de la democracia. Ved a ese ciudadano, ese miembro de lo soberano, que temblorosamente va a ejercer su soberanía, se esconde, elude las miradas, ninguna papeleta será lo suficientemente opaca para ocultar a las miradas indiscretas su pensamiento….
Ledesma, como Sorel y José Antonio, entienden que el trabajador está llamado a recuperar el sentimiento heroico de la existencia, antaño en manos del guerrero.
Sorel es la superación del mecanicismo marxista.. José Antonio da un paso más, superando el fascismo corporativista y enlazando la cuestión social y la nacional con el compromiso humano y utópico.
En resumen, el fascismo es una revisión del socialismo. El nacionalsindicalismo, al final, supone una superación del carácter material y pactista de ambos, entroncando con el sindicalismo revolucionario y la nacionalización del proletariado, construyendo una sociedad vertebrada sin estatismo.
Sorel es la superación del mecanicismo marxista.. José Antonio da un paso más, superando el fascismo corporativista y enlazando la cuestión social y la nacional con el compromiso humano y utópico.
En resumen, el fascismo es una revisión del socialismo. El nacionalsindicalismo, al final, supone una superación del carácter material y pactista de ambos, entroncando con el sindicalismo revolucionario y la nacionalización del proletariado, construyendo una sociedad vertebrada sin estatismo.
Por Gustavo Morales
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