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domingo, 8 de mayo de 2016

Nuestra batalla




Frente al comunismo

Teníamos que ser nosotros, surgidos de lo más hondo del coraje hispánico, fieles a nuestra época, con un programa postliberal en cada mano, quienes con mejor eficacia combatiésemos la sociedad y el Estado comunistas.

Odiamos el espíritu liberal burgués, trasnochado y mediocre, pero nuestro enemigo fundamental, aquel cuyo mero estar ahí significa siluetearse el combate con nosotros, es el comunismo.

Frente al comunismo, con su carga de razones y de eficacias, colocamos una idea nacional, que él no acepta, y que representa para nosotros el origen de toda empresa humana de rango airoso. Esa idea nacional entraña una cultura y unos deberes históricos que reconocemos como nuestro patrimonio más alto.

El comunista es un ser simple, casi elemental, que acepta sin control unas verdades económicas no elaboradas por él y da a ellas su vida íntegra. El fraude que realiza de ese modo trasciende de su orbe individual para convertirse, si triunfa ese sistema, en el fraude total de un pueblo que deserta de sus destinos y juega al peligro del caos.

No puede esto tolerarse. Nosotros aceptamos el problema económico que planteó el marxismo. Frente a la economía liberal y arbitraria, el marxismo tiene razón. Pero el marxismo pierde todos sus derechos cuando despoja al hombre de los valores eminentes. Y le señala un tope minúsculo, que detiene sus impulsos. Los partidos socialistas de todo el mundo resuelven esas limitaciones recayendo en el viejo liberalismo que ellos vinieron precisamente a destruir y superar.

Los partidos comunistas, en cambio, aceptan todas las consecuencias, y creen que el marxismo es capaz de asumir todos los mandos. Pero un pueblo es algo más que un conglomerado de preocupaciones de tipo económico, y si de un modo absoluto se hacen depender de los sistemas económicos vigentes los destinos todos de ese pueblo, se recae en mediocre usurpación.

Tienen lugar hoy en la historia hechos radicales que tienden precisamente a la defensa y exaltación de esos valores supremos que el comunismo aparta de su ruta. Nosotros andamos en la tarea de resucitar en España un tipo así de actuación pública.

Porque los momentos españoles de ahora son tremendos y decisivos. Se quiere conmocionar al país para una Revolución de juguete, y se dejan a un lado los motivos revolucionarios de carácter social e histórico que son la médula de las revoluciones. ¿Qué se pretende con eso? España debe ir, sí, a una Revolución. Pero auténtica y de una pieza, a realizar cosas de alto porte y a expresar su voz en el hacer universal.

Para ello hay que abordar, no eludir, las cuestiones de tipo social. Entregarse a ellas. Acabar con las crisis agrarias. Reglamentar y articular la producción industrial. Pero de cara. A la vista de los intereses supremos del Estado.

Hay que hacer una revolución en España para estimular al pueblo a que de una vez se ponga en marcha. Al servicio, como hemos repetido y repetiremos, de una ambición nacional. Todo lo demás, las algaradas y los conatos revolucionarios para copiar las gestas viejas de nuestros abuelos, son despreciables e inmorales entretenimientos de un sector de burgueses, despreciables e inmorales.

Todos esos caprichos de los burócratas de espíritu corto no nos importarían nada si no significasen el abrir y cerrar de ojos de la fiera comunista. Que está ahí, contra lo que creen los miopes.

Y podemos decirlo con valentía. Preferimos, desde luego, un régimen soviético al predominio imbécil de la patrulla del morrión. Si no creyéramos con firmeza que triunfará hoy en Occidente –y particularmente en España– el espíritu nacional y social que propugnamos, nosotros desertaríamos. A los gritos huecos y a las majaderías solapadas de la mediocridad liberaloide preferimos el sacrificio heroico del comunista, que por lo menos se encara con el presente y trata de realizar su vida del mejor modo que puede.
Frente al comunismo no hay sino una fidelidad de cada gran pueblo a sus destinos. Entregarse a la época sin temores, aceptando lo que exige de heroísmo, de lucha y de lealtad.

Frente a la empresa comunista cabe la empresa nacional. El hundir las uñas en el palpitar más hondo. El sentirse llamado a la genial elaboración de elaborar humanidad plena.

Por Ramiro Ledesma Ramos

Extraído por SDUI de: La Conquista del Estado, número 3 (23 de Marzo de 1931)

jueves, 14 de abril de 2016

La proclamación de la República



Una fase de la revolución española. Muy pronto llegarán los minutos decisivos del porvenir hispánico. ¡¡Españoles!! ¡¡Alerta!! 

Ante la República 

No necesitamos violentar lo más mínimo nuestras ideas ni rectificar el programa político y social que defendemos para dedicar un elogio y un aplauso al régimen republicano. LA CONQUISTA DEL ESTADO lleva publicados cinco números. Su íntegro bagaje ideológico y táctico se nutre de aspiraciones muy distintas a esas que quedan enmarcadas en una forma de gobierno. La voluntad del pueblo español se ha decidido de un modo magnífico y vigoroso por la República, y nosotros, férvidos exaltados de la energía nacional, hispánica, celebramos su disciplinado triunfo. ¡Viva la República! Nunca hemos creído subversivo este grito, que hoy es y representa el clamor entusiasta de los españoles. Todos cuantos estiman que la emoción primera de las luchas políticas es la voluntad del pueblo, deben hoy acatar sin reservas a la República. Así lo hacemos nosotros, con la indicación incluso de que en esta hora la defensa de la República es la defensa nacional.

Ahora bien, los entusiasmos primeros, los saludos y los vítores, van a tener una fugaz y rapidísima vigencia. Serán suplantados por la enérgica decisión de que el Estado republicano naciente sea un producto de la misma entraña hispánica, leal a los afanes de nuestro pueblo, y concentre las auténticas eficacias, que son las de índole social y económica.

Dentro de la República, iniciaremos en la vida española las propagandas de responsabilidad nacional y de lealtad suprema a los imperativos de nuestro pueblo. Y, además, la estructuración económica que nos distingue: sindicación obligatoria de las industrias, control por el Estado hispánico de las economías privadas y entrega de tierra a los campesinos.

La República llega rodeada de alientos liberales. Con más de un siglo de retraso; el pueblo exalta hoy mitos ineficaces, y hemos de impedir que se le hurten las verdaderas conquistas de esta época. Nada de estancarse en la fase mediocre de una socialdemocracia más. Nada de pelea ante enemigos inexistentes. Y sí, en cambio, enderezar el coraje a los objetivos grandiosos: el poderío hispánico, la justicia social y económica.

La República naciente hará posibles las batallas actuales. ¡Nadie nos niega hoy la libertad, camaradas! Hacen falta, pues, otros gritos y otros disparos más certeros. Ha triunfado en España la fase liberal de la Historia, y bien está ahí, abriendo los caminos nuevos. ¡Que la parada sea de muy pocos minutos! Otros pueblos vienen ya de regreso, y conseguirán las primicias de nuestra época. Que es, digámoslo claro, antiliberal, antiburguesa.

¿Cómo será el Estado republicano? 

Las propagandas políticas que han traído y logrado el triunfo de la República son, no hay que olvidarlo, de tipo burgués y liberal. Cabe, pues, presumir qué clase de Estado será el primero que estructure la República. El Gobierno provisional y sus altos cargos están ocupados lógicamente por los hombres que en la última época española defendieron los ideales de libertad. Es natural y legítimo que así sea. ¿Elaborarán ellos el Estado según ese anacrónico criterio?... Este es el enigma.

Nosotros estaremos enfrente de esa tendencia republicana liberalizante y socialdemócrata. Propugnamos el Estado colectivista, sindical, a base de la suplantación de los derechos del individuo por los derechos del Estado hispánico. Un derecho de esos es el de la propiedad. Otro es el derecho de la disidencia frente al Estado. Nosotros negamos los derechos de ese carácter, y quisiéramos que el Estado triunfante en la República fuese un Estado robusto y poderoso, indiscutible y eficaz, que iniciase las grandes marchas hispánicas.

El pueblo debe reclamar satisfacción inmediata a las exigencias de tipo económico. El Estado liberal burgués entrega a la arbitrariedad individual el control de la riqueza, y es preciso supeditarla a los intereses colectivos.

Nosotros estaremos en nuestro puesto para defender el derecho que tiene el pueblo a que no se realice el fraude revolucionario. Hay que ir adelante, sin detenerse, y apurar las conquistas.

Por Ramiro Ledesma Ramos

Extraído por SDUI de: La Conquista del Estado. Número 6 (18 de Abril de 1931)

sábado, 2 de enero de 2016

España, una e indivisible



España, una e indivisible  La urgencia de una ambición nacional. Se pretende la disolución de la Patria. Hay que llevar a la conciencia del pueblo el deber de la protesta armada  La frase rotunda He aquí nuestro grito: España, una e indivisible. Muchos republicanos españoles, tan amantes de la ejemplaridad de la Revolución francesa, olvidan que un grito así salvó a Francia y salvó a la Revolución. Hay que seccionar esa ola mediocre de localismos que hoy satura la atmósfera hispana e instalar revolucionariamente el deber de todos. La vejez cobarde, que hoy es dueña de los ministerios, asiste con apatía criminal a esa forja de decadencias que suponen las propagandas separatistas. El abandono de las funciones de unidad señala una disolución irreparable. No se concibe cómo un pueblo, en el resurgir victorioso de una Revolución que triunfa, tolera fríamente los zarpazos desmembradores. ¿No habrá un hombre de temple que intuya con genialidad la palpitación del pueblo, hoy encadenada a la falacia de los traidores, y dé la orden de marcha contra los enemigos de la Patria? Porque es preciso que todos se den cuenta de algo, y es que el día en que la amenaza separatista abandone su actual escondrijo y se muestre ahí, ante el pueblo, éste pedirá a cualquiera -entiéndase bien, a cualquiera- que dirija los combates. Aun a costa de una tiranía. La táctica de la minoría separatista de Cataluña que dirige Maciá es innoble y vergonzosa. Consiste en desorientar al pueblo con declaraciones contradictorias. Con hipocresía pura. A falta de valor y denuedo para sostener con las armas su loca pretensión, inician las tortuosidades que le permitan el ejercicio de un poder coactivo sobre el pueblo. De este modo, lo que hoy son sueños vanos de una minoría se convertirá, provocado por intereses y coacciones, en la voz de la región entera. Para impedirlo, es urgente desalojar de los puestos directores de Cataluña a los separatistas emboscados y fusilar a Maciá por traidor. Toda la energía que se utilice es poca, si se tiene en cuenta la gravedad de los hechos. Las horas revolucionarias se distinguen de otras por la posible rapidez y eficacia en las intervenciones. Si se permite que adquieran robustez los actuales equívocos, serán luego más difíciles y más sangrientas las jornadas.  Los Estatutos regionales De los tres proyectos de Estatutos regionales que hoy se elaboran, tan sólo el de Galicia va a ser, en cierto modo, discreto. El de Vasconia, de ingenuidad primitiva e intemperante. Y el de Cataluña, rencoroso, audaz y provisto de todos los gérmenes desmembradores. La tarea de disciplinar esos Estatutos y la de rechazarlos corresponde a las Cortes Constituyentes. Pero no se olviden las amenazas de Maciá. El Gobierno provisional está en el deber de tomar medidas para el caso probabilísimo de que las Cortes rechacen el Estatuto separatista de los catalanes. Si no lo hace él, lo hará el pueblo, que se encargará de su propia movilización, así como de batir las rebeldías. Hay que impedir que la disolución de España se lleve a efecto con música de aplausos, obligando a los disidentes a una actuación armada. A nosotros no nos importa la concesión de autonomías administrativas, pues esto favorecería quizá la eficacia del Estado. Pero sí denunciamos que no es eso ni nada que se relacione con eso lo que solicitan y quieren los separatistas. Existe todo un programa de asalto a la grandeza hispánica, al que colaboran los inconscientes de más acá del Ebro en nombre de la turbiedad democrática-burguesa que concede libertades y disuelve pueblos. La política separatista se propone realizar sus fines en tres etapas. Una, la actual, encaramándose a los puestos de influencia en Cataluña y desde ellos educar al pueblo en los ideales traidores. Otra, intervenir en la gobernación de España, en el Poder central, con el propósito firme y exclusivo de debilitar, desmoralizar y hundir la unidad de nuestro pueblo. Por eso decíamos hace quince días, que no hay que prestar sólo atención a lo que los catalanes pretendan y quieran para Cataluña, sino más aún a lo que pretendan y quieran para España. Su segunda etapa consistirá, pues, en debilitar nuestro ejército, esclavizar nuestra economía, enlazar a sus intereses las rutas internacionales, propulsar los nacionalismos de las regiones haciéndoles desear más de lo que hoy desean, lograr, en fin, que un día su voluntad separatista no encuentre en el pueblo hispánico, hundido e inerme, la más leve protesta. La tercera etapa, cumplida en el momento oportuno, consistirá en la separación radical. Este plan lo hemos oído de labios de uno de los actuales mangoneadores de la Generalidad. Es indigno y cobarde. Denota una impotencia ruin, pues si un pueblo desea y quiere la independencia, la conquista por las armas. Pero es que no se trata del pueblo, del magnífico pueblo catalán, sino de una minoría bulliciosa que sabe muy bien no le obedecería el pueblo en su llamada guerrera. De ahí el plan, las tres etapas criminales que antes apuntamos. España debe batir ese plan, que lleva consigo el propósito de reducir a cenizas la prosperidad de nuestro pueblo. Y hay que batirlo con estrategia. La más elemental indica que conviene acelerar ese proceso y plantear a Cataluña, en estos minutos de optimismo robusto para el pueblo español, por haber destruido el feudalismo borbónico, el problema de su hispanidad. Derrotar a mano armada sus pretensiones, obligarle a la lucha, provocar, en una palabra, la fase final del plan. Elegir el día y hora de la batalla. El estatuto que hoy se redacta no representará sino la opinión parcial de Cataluña. La de los que ejercen allí y ahora el Poder coactivo. La legitimidad de esa asamblea o diputación deliberante es muy problemática. Quedan fuera la Lliga, los radicales (pues Lerroux fue bien expresivo al fijar en uno el número de sus amigos), la opinión socialista y el proletariado numerosísimo de la C.N.T. Ese estatuto debe ser estudiado aplicándole toda serie de reactivos químicos, pues en él irán contenidas en germen las aspiraciones separatistas, y conviene, a ser posible, oponerse desde un principio a la táctica enemiga.  Las traiciones, las inconsciencias y las cobardías de aquí Desde luego, una vez conocida la impotencia de los núcleos separatistas, se comprende que necesiten y busquen la complicidad inconsciente de toda España. Hasta qué punto está relajada en algunos la idea nacional, hay ejemplos a diario. Así el discurso reciente de Ossorio Gallardo -leguleyo nefasto a quien hay que impedir influya para nada en la República- en el Centro de dependientes de Barcelona. Por las enormidades que dijo, calculamos los aplausos que se llevaría ese voraz picapleitos, una de las figuras más inmorales de la política española, por las razones que algún día diremos. Es comprensible, aunque errónea, la actitud de los separatistas. Pero la de esa opinión difusa que en el resto de España acoge con simpatía las aspiraciones desmembradoras constituye una traición imperdonable. Es quizá uno de los más fuertes síntomas de que amenaza a nuestro pueblo un tremendo peligro de decadencia. Las juventudes y los españoles sanos debemos iniciar con toda rapidez la tarea de levantar y exigir a todos la fidelidad más pulcra a la España una e indivisible. Cataluña agradece esas traiciones y recoge de ellas el argumento máximo. Las contesta con falsa cordialidad, ocultando sus afanes íntimos, y de este modo introduce en España la atmósfera propicia que le «deje hacer» su plan. Véase cómo el cerebro elemental de ese poeta Gassol denunció en un minuto sincero los propósitos finales. Dijo textualmente en Manresa que él «ni era español ni quería serlo». Lo que interesa sobre todo destacar es que los intereses separatistas de Cataluña se oponen a los intereses hispánicos, y que, bajo ningún concepto, puede España tolerar la fuga. Los separatistas catalanes sueñan con el Estado valenciano-catalano-balear y no se conformarán con menos. El máximo temor, insistimos, reside en que España se degrade hasta el extremo de apoyar y ver con simpatía la conspiración minoritaria de los separatistas. Si esto ocurre es que España se hunde sin remedio. Pero nosotros no creemos ni podemos creer nunca tal cosa. España se levantará como un solo hombre contra el crimen histórico. Y garantizamos que habrá sangre de sacrificio, la nuestra, y que los separatistas se verán obligados a luchar. Porque interceptaremos su camino con fusiles. ¡Viva la España, una e indivisible! 

Por Ramiro Ledesma Ramos, «La Conquista del Estado», nº 14, 13 - Junio - 1931

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Ramiro Ledesma Ramos, ¿Un Nacional-Bolchevique?



Hablar hoy sobre el Nacional-Sindicalismo y sobre su fundador Rami­ro Ledesma Ramos, es cuanto menos dificultoso. Lo es fundamentalmente porque a casi treinta años de la muerte de Franco, los historiadores oficia­les, los medios de comunicación y las gentes más rencorosas -ya sean de derechas o de izquierdas-, faltas de rigor histórico, siguen vinculando erró­neamente, falsamente y en algunos casos intencionadamente, al Nacional-Sindicalismo con el régimen de Franco.


Desde el 19 de abril de 1937 con la aprobación del Decreto de Unificación con que Franco y Serrano Súñer crearan ese híbrido denominado FET y de las JONS, resonó en la vida de los españoles aquella consigna de “por Dios, España y su Revolución Nacional Sindicalista”, y aunque ciertamen­te hubiera mucho de “por Dios” y mucho de por “SU” España, nada hubo de Revolución Nacional-Sindicalista. El pueblo español vivió envuelto durante casi cuarenta años de parafernalia Nacional-Sindicalista, pero sin la esencia, el espíritu y la ideología Nacional-Sindicalista; todo lo que fue presentado como tal fue falseado por los elementos del naciente régimen: tecnócratas del Opus Dei, monárquicos y derechistas reaccionarios, ampa­rados todos ellos por la Iglesia Católica y el Ejército.


Mientras, los auténticos Nacional-Sindicalistas eran condenados al silencio. Manuel Hedilla, II Jefe Nacional de FE de las JONS, Ruiz Castillejos, de los Santos, Chamarro, eran condenados a muerte. Félix Gómez y Ángel Alcázar de Velasco, a reclusión perpetua. Otros, a varios años de cárcel… su delito: oponerse al Decreto de Unificación y al falseamiento del Nacional-Sindicalismo.


Algunos Nacional-Sindicalistas creyeron que desde dentro del régimen del general Franco conseguirían influir en él. Otros, los más decididos en la acción y en el compromiso optaron por la lucha clandestina [1], y los más, aceptaron la Unificación. Esta última actitud era comprensible en una organización que se vio incrementada de forma exagerada por elementos provenientes de partidos derechistas y reaccionarios, los cuales pretendían utilizar al Nacional-Sindicalismo como trampolín político, así como para convertirlo en la guardia de la porra de los intereses de la burguesía.


Es indudable que si Ramiro Ledesma Ramos hubiese sido comprendido cuando acusaba a FE de las JONS de condescendiente con la derecha, si José Antonio hubiera aceptado las críticas de Ramiro y no hubiese tardado tanto en comprenderlas [2], el destino del Nacional-Sindicalismo habría sido con toda seguridad otro. Ambos murieron asesinados por el Gobierno del Frente Popular, pero ambos fueron asesinados día tras día, año tras año por el régimen de Franco y después de éste, por todos aquellos que con su camisa azul, sus correajes y su brillantina hicieron de la chulería, el mato­nismo y el derechismo su base de acción, actitud ésta, que nada debe de envidiar a la que años atrás tuvieron en Salamanca individuos tales como Dávila, Aznar o Garcerán.


Ramiro Ledesma Ramos, ¿Un Nacional-Bolchevique?


Si como he indicado en anteriores ocasiones, el Nacional-Bolchevismo es la unión armónica entre las concepciones más radicales de lo nacional y lo social, evidentemente podemos afirmar que Ramiro Ledesma Ramos era un Nacional-Bolchevique. “He aquí esas dos palancas: una la idea nacio­nal, la Patria como empresa histórica y como garantía de existencia histó­rica de todos los españoles; otra, la idea social, la economía socialista, como garantía del pan y del bienestar económico de todo el pueblo” [3] afirmará con rotundidad Ramiro.


Desde un principio, Ramiro y sus Juntas de Ofensiva Nacional-Sindi­calista (J.O.N.S.) aspiraron a atraerse a los trabajadores hacia la causa nacional, y es que los jonsistas querían “dotarse de una ancha base prole­taria”. Esta inquietud era fiel reflejo de su extracción social: proletarios, campesinos e intelectuales de corte radical, con ímpetu revolucionario frente al orden burgués. Uno de los constantes temores de Ramiro, una de sus preocupaciones más dolorosas era que confundieran al jonsismo “con una frívola y vana tarea de señoritos”.


Con las JONS nacía en España, en palabras de Ramiro “un movimien­to político, de entraña nacional profunda y grandes perspectivas sociales, mejor dicho, socialistas” [4]. Ramiro tiene muy claro cual es el papel de las derechas y no duda en acusarlas como uno de los males mayores que ate­nazan a su pueblo, al tiempo en que no duda tampoco en denunciar el patriotismo zarzuelero, “hace ya mucho tiempo que sabemos bien a que atenernos respecto el “patriotismo” derechista, sobre todo al de las fuerzas más directamente clericales y ligadas a las sacristías. Cada día es más evi­dente en nosotros la sospecha de que la debilidad nacional de España se debe en gran parte al “patriotismo inoperante, falso y sin calor” que hasta ahora ha regido, incubado y orientado en el sector derechista” [5].


En Ramiro el destino de la colectividad siempre va unido a una justa distribución de la riqueza, “El sometimiento de la riqueza a las convenien­cias nacionales, es decir, a la pujanza de España y a la prosperidad del pue­blo” [6]. Siempre en los jonsistas hubo claras consignas sociales y econó­micas: “¡Con nosotros, pues los trabajadores; A nacionalizar la banca para­sitaria; a nacionalizar los transportes; a impedir la acción de la piratería especuladora, y a exterminar a los grandes acaparadores de productos” [7]. El Nacional-Sindicalismo jonsista tenía muy claro cuales debían de ser las aspiraciones básicas de la colectividad: “Las JONS piden y quieren la nacionalización de los transportes, como servicio público notorio; el con­trol de las especulaciones financieras de la alta banca, garantía democráti­ca de la economía popular; la regulación del interés o renta que produce el dinero empleado en explotaciones de utilidad nacional; la democratización del crédito, en beneficio de los sindicatos. Agrupaciones comunales y de los industriales modestos; abolición del paro forzoso, haciendo del trabajo un derecho de todos los españoles, como garantía contra el hambre y la miseria; igualdad ante el Estado de todos los elementos que intervienen en la producción (capital, trabajos y técnicos), y justicia rigurosa en los orga­nismos encargados de disciplinar la economía nacional; abolición de los privilegios abusivos e instauración de una jerarquía del Estado que alcan­ce y se nutra de todas las clases españolas” [8]. Tales eran pues, las con­signas de las JONS. ¿Alguien puede dudar de su rotundidad y de su espíritu popular y revolucionario?


Ramiro, al igual que otros pensadores Nacional-Bolcheviques de la época, no duda en criticar al fascismo cuando éste gira a la derecha. De él afirma “…ha machacado, en efecto, las instituciones políticas de la burgue­sía y a dotado a los proletarios de una nueva moral y de un optimismo polí­tico… pero, ¿ha machacado asimismo o debilitado siquiera las grandes for­talezas del capital financiero, de la alta burguesía industrial y de los terra­tenientes en beneficio de la economía general de todo el pueblo?, y además, ¿va realmente haciendo posible la eliminación del sistema capitalista y basando cada día más el régimen de los intereses económicos de las gran­des masas” [9]. Indudablemente con tales afirmaciones es comprensible y lógico que Ramiro fuera silenciado y marginado por el régimen de Franco, puesto que como es sabido por todos, éste se apoyo para asentarse en el poder precisamente en estas grandes fortalezas del capital financiero a las que hace referencia Ramiro.


Para Ramiro y sus JONS eran totalmente condenables los fascismos de opereta, “grupos sin dimensión profunda, artificiosos, que importan el fenómeno fascista como quien importa un género de moda cualesquiera” [10]. Y se muestra duro, muy duro, con estos movimientos fascistas de importación al afirmar que: “Allí está Mosley con sus camisas, su partido fascista y sus sueños mussolinianos; como aquí Primo de Rivera, con otro equipo de igual naturaleza… tienen un caudillo, un Duce aristócrata, millo­nario, que gasta sus cuartos en organizar el Partido. Así Mosley, el inglés, que es Sir, multimillonario y extravagante. Así Primo de Rivera, el espa­ñol, que es Marqués de Estella, millonario y extrafino. Así Starhemberg, el austríaco, que es príncipe, millonario y todo lo demás. Todos ellos son movimientos blandos, pastosos, algodonosos, de buenas formas, aspirantes a implantar un llamado Estado Corporativo… Se caracterizan también por su tendencia notoria a desconocer toda angustia popular pues se incuban en medios sociales de privilegio, y están ligados a todas las formas reaccio­narias de la sociedad” [11].


Ramiro también adquiere compromiso revolucionario con el campo español. Sus palabras son balas dialécticas contra el capitalismo rural: “Españoles Campesinos: la tierra es la nación. El campesino que la cultiva tiene derecho a su usufructo. El régimen de la propiedad agraria hasta ahora imperante ha sido un robo consentido y perpetrado por la Monarquía y sus hordas feudales. ¡Campesinos: ciento cuarenta y siete grandes terra­tenientes tienen en sus manos más de un millón de hectáreas de tierra! Toda la tierra es vuestra. ¡Exigid su nacionalización!” [12].


Estas afirmaciones asustarán a las mentes bienpensantes de la derecha y de la extrema derecha. Muchas de estas propuestas están totalmente olvi­dadas por los partidos tradicionales de la izquierda, e incluso abandonadas por los izquierdistas más radicales.


“¡Viva el mundo nuevo! ¡Viva la España que haremos!”. Tales eran las consignas y los gritos jonsistas. Eran sin lugar a dudas proclamas nuevas, gritos de esperanza, pero sobre todo, gritos de revolución. Sí, de revolución, porque eran hombres hartos de un mundo podrido, lleno de injusticias, de explotados y de explotadores, de ricos cada vez más ricos y de pobres cada vez más pobres. Había una necesidad imperiosa, popular y revolucionaria: subvertir el orden burgués. Y en esa tarea luchaban las JONS. Ramiro supo imprimir ese espíritu entre sus camaradas, los cuales comprendían la necesidad de distanciarse de la vulgaridad burguesa, de rehuir todo lo viejo y de todo lo caduco.


Así la primera tarea del Nacional-Sindicalismo “fue la de enlazar esos dos ingredientes sueltos: lo nacional y lo social, la Patria y el Trabajo. Nadie piense que la adopción del término a la vez encantador y polémico, de la revolución nacional-proletaria, fuese en los fundadores obra de tácti­ca reflexiva y cauta, sino consecuencia inmediata de vivir profunda y entra­ñablemente la historia de nuestro tiempo” [13]. Estas palabras de Pedro Laín Entralgo nos aproximan nuevamente a la aspiración jonsista de lo social y de lo nacional.


Los Nacional-Bolcheviques preferían una alianza o acercamiento con la Rusia soviética, antes que con las democracias occidentales, como Gran Bretaña, hecho que los diferenciaba claramente de los planteamientos de Hitler.. Y en este contexto, de nuevo debemos recurrir a Pedro Laín Entral­go cuando afirma: “Como observó con vista zahorí Ramiro Ledesma, el comunismo soviético va convirtiéndose cada vez más en un nacional-comunismo. Stalin está haciendo el viraje de la revolución mundial prole­taria de Lenin a la revolución nacional rusa” [14]. Estas palabras pueden parecer exageradas, pero Ramiro en diversas ocasiones hace afirmaciones parecidas: “Rusia, con su régimen nacional-comunista, con moral de gue­rra, archiarmada, en pleno experimento de gigantescas subversiones sociales, no es ya, desde luego, el país revolucionario que conspira cada día por la revolución mundial” [15]. O cuando afirma: “es la rotunda eficacia del Estado soviético, que ofrece al pueblo ruso, de un modo coactivo e indiscutible, la posibilidad de tomar augusta disciplina nacional. Hoy Stalin ase­gura su plan económico esgrimiendo la furia nacionalista rusa” [16].


Esta claro que Ramiro no era en absoluto comunista, y el mismo nos aclara el porqué: “Frente al comunismo, con su carga de razones y efica­cias, colocamos una idea nacional, que él no acepta, y que representa para nosotros el origen de toda empresa humana de rango airoso. Esta idea nacional entraña una cultura y unos valores históricos que reconocemos como nuestro patrimonio más alto” [17].


Ramiro, Falange y la Escisión.


El 13 de febrero de 1934 se sellaba entre las JONS de Ramiro y la FE de José Antonio el acuerdo de fusión.


Esta unión nacía con fuertes discrepancias entre los propios jonsistas. Dentro de su seno coexistían dos posturas, la de oponerse a dicha unión debido al temor y a la desconfianza hacia los falangistas por considerarlos demasiado derechizados y la de aceptar el acuerdo con los falangistas por creer que ambas organizaciones se verían fortalecidas y se enriquecerían. La opción triunfante fue la segunda. Nada más conocer la decisión del Consejo jonsista, su dirigente gallego, el antiguo comunista Santiago Mon­tero Díaz, enviaba una carta a Ramiro dándose de baja de la organización.


Así pues, se concretaba una fusión marcada por la disidencia. De hecho nadie podrá negar que dentro de FE existían núcleos fuertemente derechi­zados con una fuerza relevante dentro del movimiento.


Pero cierto es también, que dentro de FE existían igualmente reticencias ante la fusión, pues no olvidemos que en su seno convivían monárquicos, derechistas, auténticos revolucionarios y algún que otro futuro militante carlista -Ricardo Rada-. La principal preocupación de los falangistas era la fuerte carga social que imprimían los jonsistas, en especial su radicalidad en lo económico. Temían la proletarización de FE.


Cabría aquí recordar que uno de los puntos de fusión entre las JONS y Falange Española apuntaba lo siguiente: “Se considera imprescindible que el nuevo Movimiento insista en forjarse una personalidad política que no se preste a confusiones con los grupos derechistas” [18].


El 16 de febrero salía el primer número de La Patria Libre. Ramiro, junto con otros antiguos jonsistas se habían separado de Falange Española. Con esta nueva publicación pretendían seguir en la brecha política desde el prisma antiburgués y Nacional-Sindicalista revolucionario de las primiti­vas JONS.


Los valedores de la “verdad joseantoniana” no dudaron, ni dudan, en desprestigiar a Ramiro, a sepultarlo en la más falaz crítica. Fue acusado de envidioso, fue ridiculizado por el propio José Antonio al avisar sobre cier­tos “Gevolucionarios” en alusión al pronunciamiento de Ramiro de las erres. En la mayoría de los libros sobre el Nacional-Sindicalismo escritos por falangistas, Ramiro es considerado como un actor secundario del Nacional-Sindicalismo, al cual se le pierde el rastro tras la escisión -para los falangistas expulsión (sic)-.


Así nos encontramos con afirmaciones como esta de Francisco Bravo: “Ramiro no supo portarse con decoro suficiente”. El franquista Ximénez de Sandoval, apunta: “Ledesma tenía el erróneo concepto de creer necesario para una Revolución Nacional el tipo de jefe proletario…, de poseer justa soberbia creadora” [19]. Pero si hay alguien que merece un comentario aparte ese es Raimundo Fernández Cuesta, uno de los principales culpables de la derechización de la Falange durante tantos años, el principal lacayo de la Falange franquista y el que unió a la Falange codo con codo a la extre­ma derecha más reaccionaria durante la transición española; este sujeto escribe en una carta fechada el 9 de febrero de 1942 lo siguiente: “El epi­sodio de la expulsión (sic) de Ramiro tiene su origen en la envidia perso­nal que sentía por José Antonio, nacida quizá de las diferencias de origen, ambiente y educación. Era la expresión en la Falange de la lucha de clases, que en España amenazaba todas las actividades. Eso unido a la difícil situa­ción económica de Ramiro, le hacía apto para ser instrumento de los partidos derechistas, que deseaban sembrar cizaña en nuestras filas” [20]. En resumen, para el que fuera III Jefe Nacional de Falange Española, Ramiro, el fundador y principal teórico del Nacional-Sindicalismo, no era más que un envidioso y un pobre hombre comprado por las derechas para provocar el descalabro en el movimiento falangista.


Existen numerosas opiniones sobre la escisión de Ramiro, pero quizás sería más correcto leer lo que el propio Ramiro afirmó acerca de la escisión: “Quien creyere que nuestra ruptura con Falange Española obedecía al mero capricho y que carecía de dimensiones profundas padece una equivo­cación notoria. Nosotros, los jonsistas, hemos observado las limitaciones dichas, hemos visto con claridad que era llegada la hora de cambios radi­cales en la orientación, en la táctica, y en los dirigentes y, como nada de eso podía lograrse allí, hemos dado de nuevo vida a las J.O.N.S.” [21].


Durante un cierto tiempo los enfrentamientos verbales e incluso físicos entre algunos matones de FE y los seguidores jonsistas de Ramiro fueron constantes. “No hay día en que alguno de los dirigentes de las J.O.N.S. no sea provocado en la calle por alguno de los diez o doce rufianes asalaria­dos de que dispone [Primo de Rivera]“, “los ataques que los dirigentes falangistas han lanzado a los de las J.O.N.S. son propios, dijimos y repeti­mos, de seres rufianescos, de seres residuales, que viven a extramuros de toda solvencia moral y de todo propósito limpio” [22].


El propio Francisco Bravo reconoce en su libro José Antonio. El hom­bre. El Jefe. El Camarada, pág. 83, que la venta y distribución de La Patria Libre fue perseguida por los falangistas, al mismo tiempo que afir­ma que “José Antonio evitó que alguno de los nuestros, excitado por los ataques injustos del fundador de las J.O.N.S., le pegase un tiro”. Lastima que Bravo no nos indique quien de “los suyos” era de pistola fácil con el líder jonsista.


Ramiro nunca quiso responder a los ataques falangistas y siempre cuando se vio obligado a hacerlo, lo hizo desde las páginas de La Patria Libre.


Lo cierto es que Ramiro, junto a Onésimo Redondo, Manuel Mateo y Álvarez de Sotomayor se reunieron en la cafetería Fuyma para comentar la situación de FE de las JONS. En dicha reunión tanto Onésimo como Mateo apuntaron la necesidad de hacer algo, puesto que la situación era angustio­sa. Según Martínez de Bedoya “José Antonio estaba rodeado de señoritos, que ocupaban cargos, celosos de sus competencias, y que incluso se habí­an fijado sueldos”. La decisión de los cuatro reunidos fue la de separarse de Falange Española y reorganizar las JONS. Para ello Mateo aseguraba el apoyo decidido de la CONS (Central Obrera Nacional-Sindicalista), lo que unido a la adhesión de la delegación más fuerte, la de Valladolid de Onési­mo Redondo, daba ciertas garantías de éxito. La verdad es que una vez con­vencido Ramiro, que era el más reticente de los cuatro a la separación, sólo Álvarez de Sotomayor acabó secundando lo allí decidido. Mateo se desdi­jo y fue nombrado (¿como premio?) por José Antonio jefe de la CONS.


Onésimo Redondo decidió a última hora mantenerse a las órdenes de José Antonio, olvidándose de lo acordado con Ramiro. ¿Fue ésta una estrategia de los falangistas para apartar a Ramiro y a sus más inmediatos colabora­dores de la organización? Pocos fueron los que siguieron a Ramiro -Mar­tínez de Bedoya, Gutiérrez Palma, Poblador-, de nuevo se unió a su lucha Montero Díaz. Pero lo que verdaderamente importaba era que la bandera del Nacional-Sindicalismo revolucionario volvía a estar alzada.


Ramiro prosiguió su actividad política y ni las agresiones a sus mili­tantes por parte de los falangistas, ni el asalto a su local social de la calle Amaniel en Madrid por camorristas al mando de Aznar y Valcárcel, ni las constantes descalificaciones hicieron mella en él y sus camaradas.


Es necesario apuntar, también, que Ramiro nunca fue muy bien visto por los joseantonianos, y sabemos que esta aseveración encolerizará a los “puristas” de la Falange. Pero lo cierto es que sin Ramiro el Nacional-Sindicalismo no existiría, y esa es la verdad. José Antonio ayudó a dar cuerpo al Nacional-Sindicalismo -esencialmente durante los últimos meses de 1935 y hasta que cegaron su vida el 20 de noviembre de 1936, pero sin el asentamiento y las bases de Ramiro, Falange no habría sido más que una vulgar organización ultraderechista.


No sería justo no aceptar críticas hacia Ramiro, pues es indudable que como todos erró algunas veces. Pero cuando estas críticas son tendenciosas o cuando estos ataques hacia él sólo demuestran un desconocimiento pro­fundo de sus ideas, no es tan sólo lamentable sino condenable.


Así en la revista Sindicalismo en la que colaboraron entre otros Sigfredo Hillers de Luque, aparece dentro del capítulo “Charlas de la Ballena Alegre” un recuadro titulado “El sindicalismo de Ramiro Ledesma Ramos”, -este artículo aparece reproducido 28 años después, sin ningún tipo de comentario o de corrección en el número 22, correspondiente a los meses de mayo-julio de 1992 de la revista No Importa, órgano de Falange Española Independiente, por lo que creo aprueban lo allí expresado- en el que se afirma lo siguiente: “El Nacional-Sindicalismo de Ramiro Ledesma y el de José Antonio de 1935, poco o nada tienen que ver entre sí… la sepa­ración de Ramiro de la Falange, independientemente de los problemas per­sonales (que los hubo) y por los que se pretende explicar todo, se debió sin duda alguna a que José Antonio y Ramiro, aún hablando con las mismas palabras, querían cosas diferentes… Frente a la progresiva radicalización fascista de Ramiro, está la progresiva radicalización sindicalista de José Antonio”. Es evidentemente una opinión, falangista, por supuesto, pero carente de toda credibilidad en lo que concierne al progresivo fascismo de Ramiro, el cual no duda en afirmar: “No pretenden ya (los jonsistas), tanto él (Ramiro) como sus camaradas, organizar, ni remotamente el fascismo. Lo que en las viejas JONS había de fascismo lo recoge hoy Primo de Rive­ra, sobre todo en sus propagandas últimas. Aquellos entienden que su misión es otra” 23 .


Ramiro y los Sindicalistas de la CNT.


En los escritos de Ramiro son constantes los comentarios y las afirmaciones favorables hacia ciertos sectores de la C.N.T. Así en el número 14 de La Conquista del Estado, aparece una página entera dedicada al Con­greso Extraordinario de la C.N.T. y en la cual afirma Ramiro: “Hemos de estar junto a la C.N.T. en estos momentos de inmediata batalla sindical, en estos instantes de ponderación de fuerzas sociales. Así creemos cumplir con nuestro deber de artífices de la conciencia y de la próxima y genuina cultura de España”.


En el número 11 de dicha publicación aparece también publicado un diá­logo entre Ramiro y Álvarez de Sotomayor, miembro por entonces de la C.N.T., en el cual el dirigente jonsista afirma: “Los Sindicatos únicos -C.N.T.- movilizan las fuerzas obreras de más bravo y magnífico carácter revoluciona­rio que existen en España. Gente soreliana con educación antipacifista y gue­rrera… cuando llegue el momento de enarbolar las diferencias radicales, nos­otros lo haremos; pero mientras tanto, los consideramos como camaradas y en muchas ocasiones dispararemos con ellos, en afán de destrucción y de muer­te contra la mediocridad y la palidez burguesas”.


Dentro de la C.N.T. no faltaron las disidencias y las escisiones, provo­cadas en gran medida por las discrepancias entre los sindicalistas revolu­cionarios y los comunistas libertarios de la F.A.I., ello posibilitó más con­tactos y encuentros con elementos del Partido Sindicalista de Ángel Pesta­ña, y con agrupaciones locales cenetistas.


Ramiro hace desde las páginas del número 3 de La Patria Libre un llamamiento “al grupo disidente de la C.N.T., a los treinta, al Partido Sindicalista que preside Ángel Pestaña.. A los posibles sectores marxistas que hayan aprendido la lección de octubre, a Joaquín Maurín y a sus camaradas del Bloque Obrero y Campesino”, a los que les dice: “Romped todas las amarras con las ilusiones internacionalistas, con las ilusiones liberal bur­guesas, con la libertad parlamentaria. Debéis saber que en el fondo esas son las banderas de los privilegiados, de los grandes terratenientes y de los ban­queros. Pues toda esa gente es internacional, porque su dinero y sus nego­cios lo son. Es liberal, porque la libertad les permite edificar feudalmente sus grandes poderes contra el Estado Nacional del Pueblo. Es parlamentarista porque la mecánica electoral es materia blanda para los grandes resor­tes electorales que ellos manejan: la prensa, la radio, los mítines y la pro­paganda cara” [24].


Fue un llamamiento de Frente Unido Contra el Sistema y a él acudieron numerosos dirigentes y militantes de base de la C.N.T. y de partidos de extrema izquierda, entre ellos, Guillen Salaya, Nicasio Álvarez de Sotomayor, Olalla, Pascual Llórente, Enrique Matorras, José Guerrero Fuensalida; Luis Ciudad… entre otros. Todos ellos entendieron las consignas jonsistas de unir lo nacional y lo social. Juntos alzaron la bandera de la revolución proletaria nacional.


Evidentemente, y lamentablemente, hoy la C.N.T. dista mucho del compromiso revolucionario que demostraron años atrás sus camaradas, pero estamos seguros que a pesar de ello, dentro de sus filas seguirán habiendo gentes que luchen por el verdadero sindicalismo revolucionario.


Ramiro y Europa.


No sería en absoluto gratuito afirmar que hoy Ramiro sería un conven­cido entusiasta europeísta. Desde el fin de la II Guerra Mundial ha queda­do claro que la independencia y autarquía de pequeños espacios nacionales está condenada al fracaso; y sólo en los grandes espacios geopolíticos se puede articular una alternativa global. Ello unido a la unificadora raíz cul­tural de los europeos, hace de EUROPA un atractivo proyecto en común.


Y esto lo entendió perfectamente Ramiro cuando se pregunta: “¿No es llegada la hora de que España mire y perciba los campamentos europeos? ¿No es ya de todo punto imprescindible que España entre en la realidad europea? Porque eso queremos” [25].


¿Alguien puede dudar de la vocación europea de Ramiro? Repito, hoy Ramiro sería un fervoroso europeísta, un eurorevolucionario, y eso a pesar de todos aquellos supuestos Nacional-Sindicalistas actuales que siguen encerrados, en pleno del siglo XXI, en el coto privado de “SU” España.


Muerte, silencio y memoria.


El día 29 de octubre de 1936 era asesinado Ramiro Ledesma Ramos, su delito no fue otro que ser el fundador del Nacional-Sindicalismo. La justicia del Frente Popular y de sus milicias anarco-comunistas consistía en “pasear a los fascistas” [26], nada que envidiar a aquellos, que prostitu­yendo la camisa azul, cambiaron su filiación japista (de las JAP), por la de falangista y se dedicaban a “pasear a los rojos”. Los sueños y las aspiraciones de Rami­ro murieron con él, su deseo de unir lo nacional y lo social se quedaría en un bello y heroico gesto. En frente de su casa natal de Alfaraz, provincia de Zamora, se erigió el único recuerdo a la memoria del fundador del Nacional-Sindicalismo. Un monolito triste, sencillo y pobre, inaugurado 25 años después de su asesinato, en él se puede leer: “La Falange de Zamora a Ramiro Ledesma Ramos. 29 de Octubre de 1936 – 29 de Octubre de 1961″. Este fue el homenaje del régimen franquista al líder jonsista. Segu­ramente, este “olvido” del régimen fue lo mejor que le podía haber pasado a Ramiro y a su ideología.


Un olvido que alcanzó no sólo a la figura de Ramiro Ledesma, sino también a sus escritos, sus artículos periodísticos, sus obras completas nunca editadas [finalmente fueron editadas en su centenario por Ediciones Nueva República, n.d.a.]. Incluso, ya sabemos que este “olvido” llegó al ocultamiento de iniciativas políticas impulsadas por Ramiro después de la fusión con Falange y tras su salida de ella. Por ejemplo, el 14 de enero de 1935 nacía en Barcelona un nuevo partido político. Su lema: “El interés general por encima del interés particular”. Sus promotores: los jonsistas José Ma Pobla­dor Álvarez y Emilio de Lasarte Rouzart. Sus fines:


Queremos: La rotunda unidad geográfica y política de España.


Queremos: El sometimiento de todas las actividades económicas, ele­mentos de riqueza y de las personas a las conveniencias nacionales, es decir: A la pujanza de España y a la prosperidad del pueblo.


Queremos: La eliminación de los partidos internacionales cuyos fines representan la destrucción de España.


Queremos: La sindicación obligatoria de todos los productores, dentro de un estado Nacional-Sindicalista como base de la unanimidad social española.


Queremos: Que el Estado garantice a todos los trabajadores el derecho al pan, a la justicia y a la vida digna.


El nombre de este nuevo partido, que contaba con el apoyo y consentimiento de Ramiro Ledesma Ramos, era Partido Español Nacional Sindica­lista (P.E.N.S.).


El P.E.N.S. no realizó prácticamente actividades. Los acontecimientos se precipitaron, el pueblo español se encaminaba hacia una inevitable guerra civil. Fue uno de los últimos intentos jonsistas de mantener unificadas esas dos palancas de las que hablaba Ramiro, la nacional y la social, mejor dicho, socialista.


Muchos son los militantes de la extrema derecha que ensalzan y vitorean a Ramiro por sus exaltaciones anticomunistas y patrióticas, pero estos mismos elementos cierran los ojos ante sus proclamas sociales y proleta­rias; ante sus críticas al nacionalismo patriotero reaccionario y ante su pro­fundo sentido de superación de las viejas ideas caducas.


Cualquier persona conocedora de las propuestas Nacional-Bolcheviques de los años treinta, verá en las ideas y palabras de Ramiro, al genui­no representante español de esta tendencia.. Y ciertamente, queda claro que para los jonsistas la conjugación de lo social y de lo nacional significó la unión de voluntades revolucionarias procedentes de la derecha y de la izquierda, ansiosos todos ellos de una nueva España y de una nueva con­cepción de la comunidad popular.


Fueron sin lugar a dudas los primeros Nacional-Bolcheviques españo­les y tal como diría el propio Ramiro Ledesma Ramos al final de su genial ¿Fascismo en España?, “tanto a él como a sus camaradas les venía mejor la camisa roja de Garibaldi que la camisa negra de Mussolini” [27].

Por Juan Antonio Llopart

Notas:

[1] A finales de 1939 se intentó reorganizar en la clandestinidad FE JONS. Entre otros participaron: Emilio Rodríguez Tarduchy, Patricio González de Canales, Nar­ciso Perales, Ricardo Sanz, Luis de Caralt, J.. Pérez de Cabo y Juan José Domínguez. J. Pérez de Cabo es fusilado, Patricio González de Canales es detenido, Nar­ciso Perales es confinado… La oposición Nacional-Sindicalista al régimen de Fran­co jamás cesaría desde el Decreto de Unificación. Siempre estuvo presente y es justo afirmarlo y reivindicarlo. Muchos fueron los Nacional-Sindicalistas que defendieron la verdad del Nacional-Sindicalismo, pero eso sería tema para otro artí­culo.


[2] “Consideren todos los camaradas hasta que punto es ofensivo para la Falange el que se proponga tomar parte como comparsa en un movimiento que no va a conducir a la implantación del Estado Nacional-Sindicalista… sino a reinstaurar una mediocridad burguesa conservadora, orlada, para mayor escarnio, con el acompañamiento coreográfico de nuestras camisas azules”. (José Antonio Primo de Rive­ra).


[3] Discurso a las Juventudes de España, pág. 20.


[4] Ramiro Ledesma Ramos. Escritos políticos (1935-1936), pág. 31.


[5] Ramiro Ledesma Ramos. Tomás Borras, pág. 689.


[6] Programa político de las J.O.N.S. JONS. Órgano teórico de las J.O.N.S., Madrid, año 1, cuaderno n° 1, Mayo de 1933, contraportada.


[7] La Patria Libre. Órgano de las J.O.N.S., Madrid, año I, nº 5, 16 de marzo de 1935, pág. 1.


[8] JONS. Órgano teórico de las J.O..N.S., Madrid, año I, cuaderno n° 7, Diciem­bre de 1933, pág. 335.


[9] Ramiro Ledesma Ramos, un romanticismo de acero. José Cuadrado Costa, pág. 37.


[10] La Patria Libre. Órgano de las J.O.N.S., Madrid, año 1, n° 4, 9 de marzo de 1935, pág. 4. [II] Ibídem.


[12] La Conquista del Estado, Madrid, año 1, n° 6, 18 de abril de 1931, pág. 6. [13] Ensayo de Pedro Laín Enlralgo en Ramiro Ledesma Ramos. Tomás Borras, págs 297-298. [14] Ramiro Ledesma Ramos. Tomás Borras, pág. 298.


[15] La Patria Libre. Órgano de las J.O.N.S., Madrid, año 1, n° 2, 23 de febrero de 1935, pág. 3. [16] Ramiro Ledesma Ramos. Tomás Borras, pág. 203.


[17] La Conquisto del Estado. Madrid, año 1, n” 3, 28 de marzo de 1931, pág. 2.


[18] Del documento de fusión de las JONS y FE. Reproducido en: Ramiro Ledes­ma Ramos. Escritos Políticos (1935-1936), pág. 111.


[19] Ramiro Ledesma Ramos. Biografía Política. José María Sánchez Diana, págs, 209 y 210.


[20] La Contrarrevolución Falangista. Raúl Martín, pág. 211.


[21] La Patria Libre. Órgano de las J.O.N.S., Madrid, año I, n° 6, 23 de marzo de 1935, pág. 1.


[22] La Patria Libre. Órgano de las J.O.N.S., Madrid, año I, n° 3, 2 de marzo de 1935, pág. 1, y, La Patria Libre. Órgano de las J.O.N.S., Madrid, año 1, n° 6, 23 de marzo de 1935, pág. 4.


[23] Ramiro Ledesma Ramos. Escritos Políticos (1935-1936), pág. 155.


[24] La Patria Libre. Órgano de las J.O.N.S., Madrid, año 1, n” 3, 2 de marzo de 1935, pág. I..


[25] La Patria Libre. Órgano de las J.O.N.S., Madrid, año 1, n” 2, 23 de febrero de 1935, pág.. 3.


[26] Entiéndase por “fascista” en la terminología de estos partidos a aquellos que no piensan como ellos. En efecto, según las “mentes pensantes” de estas ideologí­as, “fascista” lo es Indalecio Prieto, Pestaña, Ramiro de Maeztu, cualquier católico o el mismo Ramiro Ledesma Ramos.



[27] Ramiro Ledesma Ramos. Escritos Políticos (1935-1936), pág. 155.

viernes, 24 de abril de 2015

Consignas de la Revolución

 

    Las JONS actuarán a la vez en un sentido político, social y económico. Y su labor tiene que resumirse en una doctrina, una organización y una acción encaminadas a la conquista del Estado. Con una trayectoria de abajo a arriba, que se inicie recogiendo todos los clamores justos del pueblo, encauzándolos con eficacia y absorbiendo funciones orgánicas peculiares del Estado enemigo, hasta lograr su propia asfixia. Para todo ello están capacitados los nuevos equipos españoles que  van llegando día  a día con su juventud a cuestas. Son hoy, y lo serán aún más mañana, la justificación de nuestro Partido, la garantía de su realidad y, sobre todo, los sostenedores violentos de su derecho a detener revolucionariamente el vivir pacífico, melindroso y burgués de la España vieja.

    Nuestra revolución requiere tres circunstancias, necesita esgrimir tres consignas con audacia y profundidad. Estas:

    1) SENTIDO NACIONAL, SENTIDO DEL ESTADO.- Incorporamos a la política de  España un propósito firme de vincular a la existencia del Estado los valores de Unidad e Imperio de la Patria. No puede olvidar español alguno que aquí, en la península,  nació la  concepción moderna del Estado. Fuimos, con Isabel y Fernando, la primera Nación del mundo que ligó e identificó el  Estado con el ser mismo nacional, uniendo sus destinos de un modo indisoluble y permanente. Todo  estaba ya allí en el Estado, en el Estado nacional,  y los primeros, los intereses feudales de los nobles, potencias rebeldes que equivalen a las resistencias liberal-burguesas con que hoy tropieza nuestra política.

    Hay en nosotros una voluntad irreprimible, la  de ser españoles, y las garantías de unidad, de permanencia y defensa  misma de la Patria las encontramos precisamente en la  realidad categórica del Estado.  La Patria es unidad, «seguridad  de que no hay enemigos, disconformes, en sus recintos». Y  si el Estado no es intérprete de esa unidad ni  la garantiza  ni la logra, según ocurre en períodos transitorios y  vidriosos de  los pueblos, es entonces un Estado antinacional, impotente y frívolo.

    Disponemos, pues, de un asidero absoluto. Quien se sitúe fuera de la órbita nacional, de su servicio, indiferente a la unidad de sus fines, es un enemigo, un insurrecto y, si no se expatría, un traidor. He aquí el único pilar firme, la única realidad de veras profunda que está  hoy vigente en el mundo. Se había perdido la noción de unidad  coactiva que es una Patria, un Estado nacional, y al recuperarla descubrimos que es sólo en su esfera donde radican poderes suficientemente vigorosos y legítimos para destruir sin vacilación todo conato de disidencia.

    Rechazamos ese absurdo tópico de que el pueblo español es ingobernable y anárquico. Estamos, por el contrario, seguros de que abrazará con fervor la primera  bandera unánime, disciplinada  y profunda que se le ofrezca con lealtad y brío.

    2) SENTIDO DE LA  EFICACIA, DE LA ACCIÓN.- Antes que a ningún otro, las JONS responderán a un imperativo de acción, de milicia. Sabemos que nos esperan jornadas duras porque no nos engañamos acerca de la potencia y temibilidad de los enemigos que rugen ante nosotros. Sépanlo todos los «jonsistas» desde el primer  día: nuestro  Partido nace más con  miras a la acción que a la palabra. Los pasos primeros, las victorias que den  solidez y temple al Partido, tienen que ser de orden ejecutivo, actos de presencia.

    Naturalmente, las  JONS sienten la necesidad de que en el plazo más breve la mayoría de los españoles conozca su carácter, su  perfil ideológico y su existencia política. Bien. Pero un hecho ilustra  cien  veces más rápida y eficazmente que un programa escrito.  Y nosotros renunciaríamos a todo intento de captación doctrinal y teórica si no tuviéramos a la vez fe  absoluta en la capacidad del pueblo español para hinchar de  coraje sus empresas. Pues la lucha  contra el marxismo, para que alcance y logre eficacia, no puede plantearse ni tener realidad en el plano de los principios  teóricos, sino allí donde está ahora acampado, y es presumible que no bastarán ni servirán de mucho las razones.

    Estamos seguros de que no se asfixiará nunca en España una empresa nacional de riesgo por falta de españoles heroicos que la ejecuten. Pero hace muchos años que el Estado  oficial se encarga de desnucar  toda tendencia valerosa de los españoles, borrando de ellos las ilusiones nacionales y educándolos en una moral cobarde, de pacifismo y renuncia, aunque luego los haga soldados obligatorios y los envíe a Marruecos  influidos por la sospecha de que batirse y morir por la Patria es una tontería.

    Necesitamos camaradas impávidos, serenos ante las peripecias más crudas. Nacemos para una política  de sacrificio y riesgo. Pues aunque el enemigo marxista se nutre de residuos extrahispánicos, de  razas que hasta aquí vivieron parasitaria y ocultamente en nuestro país con características cobardes, el engaño y la falacia de sus propagandas le han conseguido quizá la adhesión de núcleos  populares densos. Y el  marxismo no tolerará sin violencia  que se difunda y propague entre las masas nuestra  verdad nacional y sindicalista,  seguros de  la rapidez de  su propia derrota.

    El éxito de las JONS radicara en que el Partido desarrolle  de un  modo permanente tenacidad, decisión y audacia.

    3) SENTIDO SOCIAL, SINDICALISTA.- Nuestro propio pudor de  hombres actuales nos impediría hacer el menor gesto político sin  haber  sentido e interpretado previamente la angustia social de  las masas españolas. Las JONS llevarán, sí, calor nacional  a los hogares, pero también eficacia  sindicalista, seguridad económica. Fuera del Estado, a extramuros del servicio nacional, no admitimos jerarquía de  clases  ni  privilegios.  La Nación española no puede ser más tiempo una sociedad a  la deriva, compuesta de una parte por egoísmos sin freno, y, de otra, por apetencias imposibles y  rencorosas.  Las masas  populares tienen derecho a reivindicaciones de linaje muy vario, pero nosotros destacamos y señalamos dos  de ellas de un modo primordial: Primera, garantía de que el capital industrial  y financiero no tendrá nunca en  sus manos los  propios destinos nacionales, lo que supone el establecimiento de un riguroso control en  sus operaciones, cosa tan sólo posible en un régimen  nacional de sindicatos. Segunda, derecho permanente al trabajo y  al pan, es decir, abolición radical del paro forzoso.

    Es una necesidad en  la España de hoy liberar de las embestidas marxistas las economías privadas de los españoles. Pero  sólo en nombre de un régimen justo que imponga sacrificios comunes y consiga para el pueblo trabajador la estabilidad y satisfacción de su  propia vida podría ello efectuarse. Nosotros nos sentimos con fuerza moral para indicar  a  unos y a otros las limitaciones decisivas. Se trata de  un problema  de dignidad  nacional y  de disciplina. Si el mundo es materia, y para el hombre no hay otra realidad y poderío que el que emana de la  posesión de  la riqueza, según proclama y  predica el marxismo, los actuales poseedores hacen bien en  resistirse a ser expoliados. Pero el marxismo es un error monstruoso, y nadie puede justificarse en  sus normas.

    Nosotros, el nacional-sindicalismo, salvará a las masas españolas, no lanzándolas rencorosamente contra la propiedad y la  riqueza de los otros, sino incorporándolas a un orden hispánico donde residan y radiquen una vida  noble, unos servicios eminentes y  la gran emoción nacional de  sentirse vinculados a una Patria, a una cultura superior, que los españoles hemos de alimentar y  nutrir con talento, esfuerzo y dignidad.

    Sabemos que hoy en España la necesidad más alta es recoger y exaltar todos los heroísmos angustiados de las masas, que van entregándose, una tras otra, a experiencias demoledoras e infecundas. Habrá, pues, que hincharse de coraje, de razón  y de voluntad, y luego, a flechazo limpio, dar a todos  una orden de marcha, imperativa  y férrea, a salvarse, quieran o no, tras de la PATRIA, EL PAN Y LA  JUSTICIA, según reza la consigna  central y fundamental de las JONS.

Por Ramiro Ledesma Ramos,

Extraído por SDUI de: «JONS», nº 2, Junio 1933

sábado, 7 de marzo de 2015

Acción Política



I. LA ACCIÓN POLÍTICA 

Las juventudes españolas, como sujetos históricos de la revolución nacional, tienen sobre todo que elegir, sin posibilidad de opción, como campo y teatro de su presencia, éste: la acción política. Y ello, nunca para incrustarse en sus banderas actuales ni para servir lo más mínimo los problemas que en ella se planteen, sino con esta doble finalidad: primera, apoderarse de las zonas rectoras, donde en realidad se atrincheran los poderes más directamente responsables de la inercia hispana; segunda, acampar en el seno mismo de las eficacias populares, en el torbellino real de las masas. 
No es, pues, en la ciencia, en la religión, en la sabiduría profesional, en el culto doméstico, en el deporte, donde la acción y la presencia de las juventudes debe manifestarse en esta coyuntura anómala de la Patria: ES EN LA ACCIÓN POLÍTICA. Aquí tienen que confluir los bríos, considerando aquéllas otras cosas como valores que en este momento deben subordinarse a los propósitos de la revolución nacional, objetivo en el fondo de índole política, y reconociendo que aquellos son inoperantes, parciales, e inadecuados por sí solos para las tareas históricas que hoy nos corresponden.

España no recobrará su gran destino ni los españoles recobrarán su vida digna, CON RAPIDEZ Y URGENCIA, por el camino de la sabiduría, ni por el de la misión religiosa ni por el de la preparación profesional ni por el hecho de que todos seamos buenos deportistas. Todo eso, AUN LOGRADO, podría muy bien convivir con la desgracia histórica de España, con su servidumbre, con su disgregación y con su esclavitud internacional. 

El timón de la rapidez, de la urgencia es el que permita desarticular y vencer el poder político dominante, sustituirlo, y emprender con las masas españolas la edificación y conquista histórica de la Patria. Eso requiere ir a la acción política, aun con el propósito evidentemente de reducir a cenizas la política partidista, mendaz y urdidora de desastres. 

Presentar a las juventudes el camino de la acción política es mostrarle el lugar concreto donde reside el timón histórico que ellas precisamente necesitan, donde está —y en manos ineptas, insensibles o traidoras— el trasmutador eléctrico, mediante el que se dan los dramáticos apagones o se encienden y abrillantan las rutas históricas. 

No hay escepticismo peor ni doctrina más perniciosa e impotente para las juventudes que el caer en el apartamiento, la desilusión y el desprecio inactivo por las movilizaciones y eficacias del linaje político. Quienes las adopten se condenan sin remisión a un limbo permanente, a una eterna infancia de imbéciles y de castrados. 

La primera preocupación estratégica es, pues, la creación de un órgano de acción política, bien acorazado para resistir las sirenas, para despreciar los contubernios y para dar el golpe definitivo al artilugio político de los partidos en que se basa y apoya el Estado vigente. A la política, pues, no en papel de rivales de estos o aquellos partidos, sino en rivalidad permanente y absoluta con el sistema entero. Política contra las políticas. Partido contra los partidos.

II. ACCIÓN DIRECTA 

Que las juventudes tienen que adoptar una táctica de acción directa, es decir, una moral de desconfianza hacia todo lo que no proceda de ellas y una decisión de imponer por sí mismas las nuevas normas, es algo en realidad incuestionable.  

Eso va implícito en la actitud que antes hemos dicho corresponde a nuestros jóvenes: la actitud del soldado. El soldado practica siempre la acción directa, y es por su propia calidad, el único que la representa en toda su gran fecundidad y relieve moral.
Las juventudes son asimismo, como sector social, las únicas que imprimen a la acción directa, no un sentido particularista, de exacerbación y desorbitación de una clase, sino el carácter íntegramente nacional y humano, la justificación profunda de su violencia para con los valores parásitos y para los intermediarios provistos de degradación. 

La acción directa garantizará a nuestras juventudes su liberación de todo mito parlamentarista, de todo respeto a lo que no merece respeto, de toda posternación ante ídolos vacíos y falsos. Pues se verá siempre en peligro, al aire, en plena vida ascética y de gran dimensión emocional, de gran potenciación histórica. 

En la práctica de la acción directa se efectúa además algo que en nuestra Patria es urgentísimo: la posible aparición y selección de las nuevas minorías rectoras, procedentes de las masas, surgidas de ellas y sustituidoras, por propio y auténtico derecho de conquista, de las minorías tradicionales o procedentes de los partidos y sectas políticas dominantes. 

La acción directa no es siempre ni equivale a la violencia armada. Es en primer lugar la sustentación de una actitud de ruptura, de una moral de justicia rígida contra la decrepitud o la traición, de una confianza plena, totalitaria, en lo que se incorpora y trae. 

La violencia, la ruptura, tendrá en nuestras juventudes, como realizadoras e impulsoras de la revolución nacional, un eco profundo de realización moral, de heroísmo, de firmeza y de entereza. 

Precisamente por ello cabe adscribir tres justificaciones, tres dimensiones a la violencia de las juventudes, de las cuales una sola, cualquiera de ellas, bastaría y se autojustificaría de modo suficiente: 

a) Como valor moral de ruptura, como desprendimiento y rebelión contra valores decrépitos, traidores e injustos. 

b) Como necesidad, es decir, como principio obligado de defensa, como táctica ineludible en presencia de los campamentos enemigos (España está hoy poblada de verdaderos campamentos, en pie de guerra). 

c) Como prueba, como demostración de entereza, de capacidad y de la licitud histórica que mueve a los soldados de la revolución nacional.

Estas justificaciones vedan a la acción directa de las juventudes de toda caída en el crimen, en el bandidaje y en la acción política vituperable, que es la que va siempre ligada a un signo individual, anárquico y de pequeños grupos visionarios. 

 Por Ramiro Ledesma Ramos.

Extraído por SDUI de: "Discurso a las juventudes de España"