sábado, 12 de diciembre de 2015

Metafísica del Nacional-Bolchevismo



LA DEFINICIÓN APLAZADA
El término “Nacional-Bolchevismo” puede indicar imágenes muy diversas. En sí, emergió en Alemania y en Rusia para reflejar la intuición, por parte de algunos teóricos políticos, del carácter nacional de la Revolución bolchevique de 1917, carácter oculto a la fraseología del marxismo internacionalista ortodoxo. En el contexto ruso, “nacional-bolchevique” fue la denominación habitual de aquellos comunistas orientados hacia la conservación del Estado y (consciente o inconscientemente) continuadores de la línea geopolítica de la misión de la Gran-Rusia. Pero “nacional-bolcheviques” rusos se encuentran tanto entre los blancos (Ustrialov, los “smeno-vekhovisij”, los euroasiáticos de izquierda) como entre los rojos (Lenin, Stalin, Radek, Lezhnev, etc.) (1). En Alemania el fenómeno análogo se asoció a las formas de nacionalismo de extrema izquierda de los años 20 y 30 del siglo XX, en cuyos ambientes se daba una combinación de ideas socialistas no-ortodoxas, ideas nacionalistas y actitudes positivas a un entendimiento con la Unión Soviética. Entre los nacional-bolcheviques alemanes, el más coherente y radical fue sin duda Ernst Niekisch; pero en este movimiento también encontramos personajes destacados de la Revolución Conservadora alemana, como Ernst Jünger, Ernst von Salomon, August Winnig, Karl Otto-Paetel, Harro Schulzen-Beysen, Hans Zehrer, así como miembros del Partido Comunista, como Laufenberg e Wolfheim, pero también figuras espontáneas del ala izquierda del NSDAP, como Otto Strasser y Joseph Goebbels.
En verdad, el concepto de “Nacional-Bolchevismo”, por amplitud y profundidad, atraviesa las corrientes políticas. Todavía hoy, para llegar a una comprensión adecuada, debemos examinar problemas de orden teórico y filosófico de orden más global, concernientes a las definiciones de “derecha” y de “izquierda”, de “nacional” y de “social”. La doble palabra “nacional-bolchevismo” encierra un significado paradójico. ¿Cómo pueden dos nociones mutuamente excluyentes combinarse en un único término?
Independientemente de los éxitos alcanzados por las reflexiones de los nacional-bolcheviques, que se resienten sin duda de las limitaciones del contexto histórico específico, la idea de una aproximación de la izquierda al nacionalismo y de la derecha al bolchevismo se revela inesperada y sorprendentemente fecunda, abriendo nuevos horizontes a la comprensión de la lógica histórica, del desarrollo social y del pensamiento político.
Nuestro punto de vista no será un hecho político particular y concreto: si Niekisch escribió esto, si Ustrjalov evaluó un cierto fenómenos de tal modo, si Savitskij apuntó esta argumentación, y demás. Debemos, por el contrario, intentar la observación del fenómeno desde un punto de vista sin precedentes: aquello mismo que lo hizo posible la existencia de tal combinación “nacional y bolchevique”. Obrando tal estaremos en condiciones no sólo de describir el fenómeno, sino también de comprenderlo y ―gracias a ello― de comprender muchos otros aspectos de nuestra época paradójica.
LA INESTIMABLE CONTRIBUCIÓN DE KARL POPPER.
En la ardua tarea de definir la esencia del “nacional-bolchevismo” es difícil algo mejor que la referencia a las investigaciones sociológicas de Karl Popper, y especialmente a su trabajo fundamental “La sociedad abierta y sus enemigos”. En esta obra ponderosa, Popper propone un modelo en base al cual todos los tipos de sociedad se reparten en grandes líneas en dos categorías principales: las sociedades abiertas y las sociedades no abiertas, siendo estas últimas obra de los enemigos de la sociedad abierta. Según Popper, las sociedades abiertas se basan en el rol central del individuo y sobre sus características fundamentales: racionalidad, discrecionalidad, ausencia de una teleología global en la acción, etc. El sentido de la sociedad abierta consiste en el rechazo de todas las formas de Absolutos no compatibles con la individualidad y con su naturaleza.. Una sociedad tal es abierta” a causa de la variedad de las combinaciones ilimitadas de los átomos individuales (aunque privados de sentido y de finalidad); teóricamente, una sociedad de este género debiera estar dirigida a conseguir un equilibrio dinámico ideal. El mismo Popper se declara un firme partidario de la sociedad abierta.
El segundo tipo de sociedad es definido por Popper como “hostil a la sociedad abierta”. Queriendo prevenir las posibles objeciones, no la llama “sociedad cerrada”, pero usa frecuentemente el término “totalitaria”. En cualquier caso, según Popper, la simple aceptación o rechazo del concepto de “sociedad abierta” constituye un criterio de clasificación para cualquier doctrina política, social o filosófica.
Enemigos de la “sociedad abierta” son quienes propugnan todo género de modelos teoréticos fundados sobre el Absoluto, en vez del rol central del individuo. El Absoluto, incluso cuando se elige por libre elección, invade inmediatamente la esfera individual, transforma radicalmente su proceso evolutivo, viola coercitivamente la integridad atomista del individuo sometiéndolo a cualquier otro impulso individual externo. El individuo vienen inmediatamente limitado por el Absoluto, y por lo tanto la sociedad pierde su condición de “apertura” y la posibilidad de un libre desarrollo en todas las direcciones. El Absoluto pone fines y límites, establece dogmas y normas, plasma al individuo como el escultor plasma sus materiales.
Popper hace iniciar la genealogía de los enemigos de la “sociedad abierta” con Platón, a quien considera el fundador del totalitarismo en filosofía y padre del “oscurantismo”. Después, paso a paso, continúa con Schlegel, Schelling, Marx, Spengler y otros pensadores modernos, todos puestos en común, en su clasificación, por un indicio: la introducción de construcciones metafísicas, éticas, sociológicas y económicas fundadas sobre principios que niegan la “sociedad abierta” y el rol central del individuo. Y sobre este punto Popper es absolutamente justo.
El elemento más importante del análisis de Popper es el hecho de que pensadores y políticos sean catalogados como “enemigos de la sociedad abierta” independientemente de sus convicciones de “derecha” o de “izquierda”, “reaccionarias” o “progresistas”. Popper pone el acento sobre otro punto sustancial y sobre un criterio más fundamental, que unifica ideologías y filosofías en apariencia contradictorias. Marxistas, conservadores, fascistas, algunos social-demócratas, todos ellos pueden ser identificados como “enemigos de la sociedad abierta”. Al mismo tiempo, liberales como Voltaire o pesimistas reaccionarios como Schopenhauer pueden descubrirse unidos en el conjunto de los amigos de la sociedad abierta.
La fórmula de Popper es esta: o “la sociedad abierta” o “sus enemigos”
LA SANTA ALIANZA DEL OBJETIVO
La definición más acertada y apreciada de “nacional-bolchevismo”, será ahora la siguiente: “El nacional-bolchevismo es la super-ideología común a todos los enemigos de la sociedad abierta”. No es sólo una entre las ideologías hostiles a tal sociedad, sino precisamente su antítesis consciente, total y natural. El nacional-bolchevismo es un tipo de ideología que se apoya en la completa y total negación del individuo y en su rol central; y en la cual el Absoluto ―en cuyo nombre el individuo es negado― asume su sentido más amplio y general. Osaremos decir que el nacional-bolchevismo justifica cualquier versión del absoluto, cualquier refutación de la “sociedad abierta”. En el nacional-bolchevismo está inscrita la tendencia a universalizar el Absoluto a cualquier coste, a promover una ideología y un programa político tales que sean la encarnación de todas las formas intelectuales hostiles a la “sociedad abierta”, reconociendo un común denominador e integrando un bloque conceptual y político indivisible.
Naturalmente, en el transcurso histórico, las varias tendencias hostiles a la “sociedad abierta” fueron también hostiles las unas hacia las otras. Los comunistas han negado indignados su semejanza a los fascistas, y los conservadores han negado tener nada que ver con ambas corrientes citadas. En la práctica, ninguno entre los “enemigos de la sociedad abierta” admite ninguna relación con las otras ideologías análogas, considerando al mismo tiempo este parangón como una crítica denigratoria. Al mismo tiempo, las diferentes versiones de la misma “sociedad abierta” se han desarrollado en estrecha unión recíproca, demostrando una clara conciencia de su parentela ideológica y filosófica. El principio del individualismo ha sabido unir a la monarquía protestante inglesa con el parlamentarismo democrático de Norteamérica, donde en sus inicios el liberalismo se combinó graciosamente con la posesión de esclavos.
Fueron precisamente los nacional-bolcheviques los primeros en intentar una coalición de las varias ideologías hostiles a la “sociedad abierta”; ellos revelaron la existencia de aquel eje común que ―al parecer de sus adversarios ideológicos ― reunía en torno a sí todas las posibles alternativas al individualismo y a la sociedad por él fundada.
Los primeros nacional-bolcheviques históricos construyeron su teoría sobre la base de aquel impulso profundo y casi del todo irreflexivo. El blanco de la crítica nacional-bolchevique fue el individualismo, de “derechas” tanto como de “izquierdas”. En la “derecha”, el individualismo se expresaba en la economía, en la “teoría del libre mercado”; en la izquierda, en el liberalismo político: la “sociedad igualitaria”, la ideología de los “derechos humanos “, y similares.
En otras palabras, los nacional-bolcheviques supieron identificar la esencia de su posición metafísica y la de sus adversarios.
En el lenguaje filosófico, “individualismo” se identifica prácticamente con “subjetivismo”. Si operásemos una lectura de la estrategia nacional-bolchevique a este nivel, podríamos afirmar que el nacional-bolchevismo es netamente contrario a lo “subjetivo” y netamente favorable a lo “objetivo”. La cuestión entonces no se pone en los términos materialismo o idealismo, sino en los términos idealismo objetivo y materialismo objetivo (a un lado de la barricada) o idealismo subjetivo y materialismo subjetivo (al otro) (2).
Así, la filosofía política del nacional-bolchevismo sostiene la natural unidad de las ideologías fundadas sobre la posición central de lo objetivo, al cual se le confiere un status idéntico a aquel del Absoluto, independientemente de cómo sea interpretado este carácter de los objetivo. Podemos decir que la máxima metafísica suprema del nacional-bolchevismo es la fórmula hinduísta “El Atman es Brahman”. En el hinduismo, el “Atman” es el Ser humano supremo, trascendente e indiferente al “yo” individual, pero al mismo tiempo interno a este último como su parte más íntima y misteriosa, huidiza a los condicionamientos de lo inmanente. El Atman es el Espíritu interior, en su sentido objetivo y supraindividual. El “Brahman” es la Realidad Absoluta, que abarca al individuo desde el exterior, el carácter objetivo exterior elevado a su fuente primaria y suprema. La identidad del Arman y el Brahman en su unidad trascendente es el sello de la metafísica hindú y, sobre todo, el punto de partida de la realización espiritual. Se trata de un elemento común a todas las doctrinas sagradas, sin excepción. En todas se presenta la cuestión de la finalidad fundamental de la existencia humana, de la superación del “sí mismo”, de la expansión hacia otros límites del pequeño “yo” individual.; el camino que se aleja de este “yo”, interior o exterior, conduce al mismo éxito victorioso. De aquí lo paradójico de la tradición iniciática, expresado en la famosa fórmula del evangelio: “quien quiera ganar su vida la perderá”. El mismo significado está contenido en la genial afirmación de Nietzsche: “Lo humano es aquello que debe ser superado”. El dualismo filosófico entre “subjetivo” y “objetivo” ha influenciado todo el curso de la historia en la esfera más concreta de la ideología, siguiendo las especificaciones de la política y del ordenamiento social. Las diferentes versiones de la filosofía “individualista” se han concretado progresivamente en el campo ideológico del liberalismo y de la política liberal-democrática. Se trata del macro-modelo de “sociedad abierta” del cual se ha ocupado Popper. La “sociedad abierta” es el último y más maduro fruto del individualismo vuelto en ideología y realizándose en una política concreta. Es por ello que nos obligamos a desarrollar el problema de un máximo común modelo ideológico para los autores de la percepción “objetiva”, de un programa sociopolítico universal para los “enemigos de la sociedad abierta”. El resultado que obtendremos será la ideología del nacional-bolchevismo.
En paralelo a la radical innovación de esta filosofía discriminante, operada verticalmente respecto a los esquemas habituales (como idealismo-materialismo), los nacional-bolcheviques señalan una nueva línea de confín en política. Derecha e izquierda son ahora ambas divididas en dos sectores. La extrema izquierda (comunistas, bolcheviques, “hegelianos de izquierda”), vienen a combinarse en la síntesis nacional-bolchevique con los extremistas nacionalistas, estatalistas, sostenedores de la idea del “Nuevo Medievo”, en breve, con todos los “hegelianos de derecha” (3).
Los enemigos de la “sociedad abierta” han retornado a su terreno metafísico común.
LA METAFÍSICA DEL BOLCHEVISMO O MARX VISTO DESDE LA DERECHA
Aclaremos ahora el modo de entender los dos componentes de la expresión “nacional-bolchevismo” en un significado puramente metafísico.
Como es sabido, el término “bolchevismo” hizo su aparición en el curso del debate interior en el seno del POSDR (Partido Obrero Social-Democrático Ruso), para definir la fracción que se situó junto a las tesis de Lenin. Recordemos que la política de Lenin en el ámbito de la socialdemocracia rusa se caracterizaba en su extrema radicalidad, en el rechazo de los compromisos, en la acentuación del carácter elitista del partido y en el “blanquismo” o teoría de la conspiración revolucionaria. En seguida, los hombres que llevaron a término la Revolución de Octubre y tomaron el poder en Rusia fueron llamados “bolcheviques”. Pero, en la fase post-revolucionaria, casi de súbito, el término perdió su significado circunscrito y pasó a ser entendido como sinónimo de “mayoritario”, de “política pan-nacional”, de “integración nacional” (“bolchevique”, en ruso, puede traducirse aproximadamente como “representante de la mayoría”). Se llegó así a una fase en la que el “bolchevismo” fue percibido como una versión nacional, puramente rusa, del comunismo y del socialismo, en contraposición a las abstracciones dogmáticas de los marxistas y, al mismo tiempo, de las tácticas conformistas de las otras tendencias socialdemócratas. Una similar interpretación del bolchevismo” fue en larga medida característica de la Rusia, y fue aquella la que predominó en Occidente. La mención del “bolchevismo” en reacción al término “nacional-bolchevismo” no se limita todavía a este significado histórico. Estamos en presencia de una determinada política, común a todas las tendencias de la izquierda radical de naturaleza socialista o comunista que podemos definir “radical”, “revolucionaria” o “antiliberal”. La referencia es a aquel aspecto de la teoría de la izquierda que Popper define como “ideología totalitaria” o como “teoría de los enemigos de la sociedad abierta”. Por lo tanto, no es posible reducir el “bolchevismo” al influjo de la mentalidad rusa sobre la doctrina de la socialdemocracia. Se trata de una determinada componente siempre presente en todas las filosofías de izquierda, y que puede libremente desarrollarse al margen de las condiciones en la Rusia de 1917.
En los últimos tiempos, una cuestión viene interrogando a los historiadores más objetivos: ¿La ideología fascista, es realmente “de derechas”? Y el mismo hecho de expresar esta duda apunta naturalmente en la dirección de la posible interpretación del “fascismo” como fenómeno más bien complejo, que presenta una gran cantidad de trazos típicamente “de izquierda”. Y aquí anotamos la cuestión simétrica: ¿el “comunisno”, es realmente “de izquierdas”? Tal pregunta no ha llegado a los medios académicos, pero la cuestión se hace urgente: es necesario cubrir esta demanda.
Es difícil negar al comunismo trazos auténticamente “de izquierdas”, como la apelación a la racionalidad, al progreso, al humanismo, al igualitarismo, etc. Pero, al lado de estos, presenta aspectos que se presentan, sin sombra de duda, al margen de un marco de “izquierdas” y que se asocian a la esfera de lo irracional, del antihumanismo y del totalitarismo. Estos son en su conjunto los elementos de “derechas” presentes en la ideología comunista, que definimos como “bolcheviques” en su sentido más general, Antes, en el mismo marxismo, aparecen dos elementos sospechosos, desde el punto de vista progresista, de ser “auténticamente” de “izquierdas”. Se trata de la herencia de los socialistas utópicos franceses y del hegelianismo de izquierdas. Sólo la ética de Feuerbach contrasta con la esencia “bolchevique” de la construcción ideológica de Marx, confiriendo al conjunto entero una colorista terminología humanista y progresista.
Los socialistas utópicos, ciertamente incluidos por Marx en el conjunto de sus maestros predecesores, fueron los espontáneos de un particular mesianismo místico y los predecesores de un “retorno a la Edad de Oro”. Prácticamente, todos fueron miembros de sociedades secretas y esotéricas, fuertemente impregnadas de una atmósfera de misticismo, escatología y predicciones apocalípticas. Este un universo en el cual se intercalaban motivos sectarios y ocultismos religiosos, cuyo sentido se reducía al siguiente esquema: “El mundo moderno es intrínsecamente malvado, pues ha perdido la dimensión de lo sacro. Las instituciones religiosas son corruptas y han perdido la bendición de Dios (un tema común entre las sectas extremistas protestantes, como los anabaptistas y los “viejos creyentes” rusos). El mundo está gobernado por el mal, el engaño, el materialismo y el egoísmo. Pero los iniciados sabemos del próximo retorno de una Edad de Oro, y la favoreceremos con rituales enigmáticos y aciones ocultas”
Los socialistas utópicos proyectaron este modelo, común al esoterismo mesiánico occidental, sobre la realidad social, y revistieron de semblanzas políticas y sociales el siglo áureo del porvenir. Ciertamente, era un intento de racionalización del mito escatológico, pero al mismo tiempo era una intromisión en la política del carácter sobrenatural del Reino venidero, del “Regnum”, y evidentemente en sus programas sociales y en sus manifiestos, donde no es difícil encontrar descripciones de las maravillas de la futura sociedad comunista (navegantes que cabalgan a lomos de delfines, manipulación de las condiciones meteorológicas, comunidad de esposas y libertad sexual, vuelos humanos, etc.). Es absolutamente evidente el carácter cuasi-tradicional de esta dirección política: un misticismo escatológico radical, la idea del retorno a los Orígenes, que justifican plenamente la clasificación de esta componente no sólo a la “derecha”, sino incluso a la “extrema derecha”.
Ahora lleguemos a Hegel y a su dialéctica. Es ampliamente conocido que las convicciones políticas personales del filósofo fueron extremadamente reaccionarias. Pero esta no es la cuestión. Si examinamos el fundamento metodológico de la dialéctica hegeliana (y fue precisamente el método dialéctico el que Marx tomo prestado, en muy amplia medida, de Hegel), descubriremos una doctrina perfectamente tradicionalista, incluso escatológica, que hace uso de una terminología específica. Además, tal terminología refleja la estructura del acercamiento iniciático, esotérico, a los problemas gnoseológicos, bien distante de la lógica puramente profana de Descartes y Kant; éstas tendrían por fundamento el “sentido común”, las especificaciones gnoseológicas de aquella “conciencia de la vida cotidiana” de la cual (vale la pena anotarlo) todos los liberales, y en particular Karl Popper, son apologistas.
La filosofía de la historia de Hegel es una versión del mito tradicional, integrada en una teleología puramente cristiana. La Idea Absoluta, alienada de sí misma, deviene el mundo (recordemos la fórmula del Corán: “Allah era un tesoro escondido que quería ser descubierto”). Encarnándose en la historia, la Idea Absoluta ejerce una influencia desde el exterior sobre los hombres, como “astucia de la Razón”, predeterminando el carácter providencial de la trama de los de los eventos. Para tal fin, mediante el adviento del Hijo de Dios, la perspectiva apocalíptica de la realización total de la Idea Absoluta se desvela al nivel subjetivo, que, por efecto de aquelllo, de “subjetivo” se hace “objetivo”. “El Ser y la Idea son una misma cosa”, es decir: “el Atman es Brahman”. Esto deviene en un determinado Reino particular, en un Imperio del Fin que el nacionalista alemán Hegel identificó con Prusia. La Idea Absoluta es la tesis; la alienación en la historia es la antítesis; su realización en el Reino escatológico es la síntesis. La gnoseología hegeliana se funda sobre esta visión ontológica. Distinta de la racionalidad común –que se apoya sobre las leyes de la lógica formal, obra sólo con afirmaciones positivas y se limita a las actuales relaciones de causa/efecto- la “nueva lógica” de Hegel asume como objeto aquella especial dimensión ontológica de la cosa, integrada en su aspecto potencial, inaccesible a la “conciencia de la vida cotidiana”, pero ampliamente empleada en las corrientes místicas de Paracelso, Jakob Boheme, los hermetistas y los rosacrucianos. El hecho de un sujeto o afirmación (al cual se reduce la gnoseología “cotidiana” de Kant) es para Hegel sólo una de las tres hipóstasis. La segunda hipóstasis es la “negación” de aquel hecho, entendida no como pura nada (según la visión de la lógica formal) sino como una particular modalidad de existencia supraintelectual de una cosa o de una afirmación.. La primera hipóstasis es el “Ding für uns” (la cosa para nosotros); la segunda hipóstasis el “Ding an sich” (la cosa en sí). Pero, a diferencia de la perspectiva kantiana, la “cosa en sí” es interpretada no como algo trascendente y puramente apofático, no como un no-ser gnoseológico, sino como un ser-en-otro-modo gnoseológico. Y ambas hipóstasis relativas desembocan en la Tercera, la síntesis, que abraza tanto la afirmación como la negación, la tesis tanto como la antítesis. Así, considerando el proceso de pensamiento en su coherencia, la síntesis tiene lugar después de la “negación”, en cuanto que segunda negación o “negación de la negación”. En la síntesis se complementan tanto la afirmación como la negación. La cosa co-existe con su propia muerte, que según una particular perspectiva ontológica y gnoseológica no es vista como vacío, sino como otro-modo-de-ser de la vida, como alma.
El pesimismo gnoseológico kantiano, raíz de la meta-ideología liberal, es derribado, es descubierto como “irreflexión”, y el “Ding an sich” (la cosa en sí) deviene “Ding fuer sich” (cosa para sí). La razón del mundo y el mismo mundo se combinan en la síntesis escatológica, donde la existencia y la no-existencia estarán ambas presentes, sin excluirse recíprocamente. El Reino Terrenal del Fin, dirigido por la casta de los iniciados (la Prusia ideal) se integrará con la Nueva Jerusalén descendida a la Tierra. Será el final de la historia y el comienzo de la Era del Espíritu Santo.
Este escenario mesiánico escatológico fue tomado en préstamo por Marx y aplicado a una esfera diferente, a la esfera de las relaciones económicas. Una pregunta interesante: ¿por qué hizo Marx tal cosa? La “derecha” está presta a responder citando su “falta de idealismo”, su “naturaleza grosera” (cuando no sus intentos subversivos). Explicaciones sorprendentemente simplistas, que han mantenido su polaridad en el curso de varias generaciones de reaccionarios. De manera más verosímil, Marx –que estudió a fondo la economía política inglesa- fue seducido por la semejanza entre las teorías liberales de Adam Smith, que ven la histor4ia como un movimiento progresivo hacia la sociedad de libre mercado y la universalización de un denominador común monetario material, y el concepto hegeliano que expresa la antítesis histórica, vale decir la alienación de la Idea Absoluta en la historia. De modo genial, Marx ha identificado la máxima alienación del Absoluto en el Capital.
Del análisis de la estructura del capitalismo y de su desarrollo histórico Marx extrae el conocimiento de la mecánica de la alienación, la fórmula alquímica de sus reglas de funcionamiento. Y esta comprensión mecánica –las fórmulas de la antítesis- fue sólo la primera y necesaria condición para la Gran Restauración tras la Última Revolución. Para Marx, el Reino del comunismo por venir no era solamente el progreso, sino el éxito final, la “revolución” en el sentido etimológico del término. No por casualidad el propio Marx definió el estadio primero de la humanidad como “comunismo de las cavernas”. La tesis es el “comunismo de las cavernas”, la antítesis es el Capital, la síntesis es el comunismo mundial. Comunismo es sinónimo de Fin de la Historia, de Era del Espíritu Santo. El materialismo, la focalización sobre las relaciones económicas e industriales, no testimonia el interés de Marx por la praxis, sino de su aspiración a la transformación mágica de la realidad y de su rechazo radical de los sueños compensatorios de todos los soñadores irresponsables que no han hecho sino agravar el elemento de alienación con su inacción. Según una lógica similar, los alquimistas medievales podrían ser tachados de “materialistas” y de sedientos de riquezas para todos aquellos que no tengan en consideración su simbolismo profundamente espiritual e iniciático que se encierra en sus discursos sobre la destilación de la orina, sobre la transmutación del oro en plomo y sobre la conversión de los minerales en metales.
Estas tendencias gnósticas presentes en Marx y en sus predecesores fueron recogidas por los bolcheviques rusos, crecidos en un ambiente donde la fuerza enigmática de las sectas rusas, el mesianismo nacional, las sociedades secretas y el los tratados apasionantes y románticos de los rebeldes formaron el fermento contra un régimen monárquico alienado, secularizado y degenerado. Moscú era la “Tercera Roma”; el pueblo ruso era un pueblo deíforo (portador de Dios); Rusia estaba destinada a salvar al mundo: todas estas ideas estaban permeabilizadas en la vida cotidiana del pueblo ruso, en sintonía con la inclinación a escoger un sujeto esotérico en el marxismo. Pero frente a las fórmulas estrictamente espirituales, el marxismo ofrecía una estrategia económica, política y social, clara y concreta, comprensible a la gente simple y apta para formar una base a disposición de su naturaleza social y política.
Fue este “marxismo de derechas” el que triunfó en Rusia bajo el nombre de “bolchevismo”. Pero esto no significa que se trate de una cuestión únicamente rusa: tendencias análogas se han presentado en los partidos comunistas de todo el mundo cuando estos no se han degradado al nivel de la socialdemocracia parlamentaria conforme al espíritu liberal. Así, no es sorprendente que el socialismo revolucionario haya triunfado integralmente, además de Rusia, el los países del Extremo Oriente: China, Corea, Vietnam, etc. Precisamente los pueblos y las naciones más tradicionalistas, menos progresistas y “modernos” (o sea, menos “alienados al Espíritu), aquellos más “a la derecha”, que reconocieron en el comunismo una esencia mística, espiritual, “bolchevique”.
El nacional-bolchevismo tomó como propia esta tradición bolchevique, este “comunismo de la derecha” cuyos orígenes hacían referencias a las antiguas sociedades iniciáticas y a las doctrinas espirituales de eras remotas. El aspecto económico del comunismo no vienen aquí negado, pero se considera como un medio de la práctica teúrgica, mágica, como un instrumento particular para la transformación social. La única cosa que se les aparece inadecuada y caduca en el discurso marxista, en la cual aparecen los temas accidentales y obsoletos del humanismo, es el progresismo.
El marxismo de los nacional-bolcheviques equivale a Marx menos Feuerbach, es decir, menos el evolucionismo y menos aquel humanismo inercial que ahora emerge en el mundialismo globalizador.
METAFÍSICA DE LA NACIÓN
Por supuesto, también la otra componente del término “nacional-bolchevismo” merece ser explicada. El concepto de “nación” es todo menos simple; su interpretación puede ser de naturaleza biológica, política, cultural, económica. Nacionalismo puede significar tanto la exaltación de la “pureza racial” o de la “homogeneidad étnica”, como la agregación de los individuos atomizados con el fin de asegurarse un “optimum” de condiciones económicas en un espacio geográfico limitado.
La componente “nacional” del nacional-bolchevismo (en su sentido ya histórico, ya metahistórico, absoluto) es especial. En el curso de la historia, los círculos nacional-bolcheviques se han distinguido por la tendencia a leer el concepto de nación en su significado imperial, geopolítico. Para los seguidores de Ustrjalov, los “euroasiáticos de izquierda”, por no hablar de los nacional-bolcheviques soviéticos, el “nacionalismo” es super-étnico, está asociado al mesianismo geopolítico, al “lugar de desarrollo”, a la cultura, al fenómeno-nación a escala continental. También en los escritos de Niekisch y de sus seguidores alemanes encontramos la idea del Imperio continental “de Vladivostok a Flessing”, junto a la idea de la “Tercera Figura Imperial” (Das Dritte imperiale Figur).
En todos los casos, se trata de la cuestión de la interpretación geopolítica y cultural de la nación, ajena de la mínima traza de racismo o miras de “pureza étnica”.
Esta lectura cultural y geopolítica de la “nación” se fundamenta en el dualismo geopolítico que en las obras de Halford MacKinder encontró su primera definición clara y dio paso a la escuela de Haushofer y de los “euroasiáticos” rusos. La agregación imperial de las naciones orientales, unidas en torno a Rusia constituye el posible esqueleto de la nación continental, consolidada en la elección “ideocrática” y en el rechazo de la plutocracia, por una dirección socialista revolucionaria contra el capitalismo y el “progreso”.
Es significativo que Niekisch insistiese al afirmar que en Alemania el “Tercer Reich” debiera ser erigido en torno a Prusia, protestante y potencialmente socialista, genética y culturalmente asociada a Rusia y al mundo eslavo, y no en torno a la Baviera católica y occidental, gravitando en torno a la órbita del modelo capitalista (4). Pero, junto a esta versión “gran-continental” del nacionalismo –la cual, por inciso, corresponde exactamente a las reivindicaciones mesiánicas universales específicas del nacionalismo escatológico y ecuménico ruso- también existe en el nacional-bolchevismo una interpretación más restringida, la cual, respecto a la escala continental, no se presenta como una contradicción, sino como su definición en un nivel inferior.
En este último caso la nación se entiende en modo análogo al concepto de “Narod” (pueblo-nación) interpretado por los “narodniki” (populistas) rusos, o sea: como un ente integral, orgánico, por su esencia refractario a cualquier subdivisión anatómica, dotado de un destino particular y de una estructura única.
Según la doctrina Tradicional, un determinado Ángel, un determinado ser celestial, se encarga de la vigilia de cada una de las naciones de la Tierra. Ese Ángel es el sentido histórico de la nación particular, destino fuera del tiempo y del espacio, pero constantemente presente en las vicisitudes históricas de la nación. El Ángel de la nación no es algo vago o sentimental, nebuloso, sino una esencia intelectual luminosa, un “pensamiento de Dios, como dice Herder. Su estructura es visible en las realizaciones históricas de la nación, en las instituciones sociales y religiosas que la caracterizan, en su cultura. Toda la trama de la historia nacional no es otra cosa que el texto de la narración de la cualidad y de la forma de aquel luminoso Ángel nacional. En las sociedades tradicionales el Ángel de la nación se manifiesta de forma personal en la “Re Divini”, en los grandes héroes, en los sabios y en los santos, aun cuando su realidad sobrehumana lo hace independiente de su portador humano. Por lo tanto, una vez caídas las dinastías monárquicas, puede encarnarse en una forma colectiva, en un orden, en una clase, en un partido.
Así, la nación, entendida como categoría metafísica, no se identifica con la multitud de los individuos concretos con la misma sangre o que hablan la misma lengua, sino con la misteriosa entidad angélica que se manifiesta a lo largo de todo su recorrido histórico. Es el análogo de la Idea Absoluta de Hegel, pero en forma minúscula. El intelecto nacional se desprende de la multitud de sus individuos y de nuevo se concreta –en su aspecto consciente, “cumplido”- en la élite nacional en el curso de determinados períodos escatológicos de la historia.
Estamos en un punto muy importante: estas dos interpretaciones de la “nación”, ambas aceptables para la ideología nacional-bolchevique, tienen una tierra común, un punto mágico en la cual ambas se fundamentan. Se trata de Rusia y de su misión histórica. Es significativo que en el nacional-bolchevismo alemán la “rusofilia” desempeñó el papel de piedra angular sobre la cual erigir su visión política, social y económica. La interpretación rusa (y en gran medida soviética) de la “nación rusa” como comunidad mística abierta, destinada a portar la luz de la salvación y de la verdad al mundo entero en la época del fin de los tiempos; en esta visión se funden tanto la concepción gran-continental como la histórico-cultural de la nación. En esta perspectiva, el nacionalismo ruso y soviético deviene el fulcro ideológico del nacional-bolchevismo, no sólo en los confines de Rusia y de la Europa Oriental, sino a nivel planetario. El Ángel de Rusia se desvela cual Ángel de la integración, como ser luminoso particular que busca unir teológicamente las otras esencias angélicas en el interior de sí, sin cancelar la individualidad de cada uno, pero elevándolos a la escala imperial universal. No es un hecho accidental que Erich Mueller, discípulo y colaborador de Ernst Niekisch, había escrito en su libro titulado “Nacional-Bolchevismo”: “Si el Primer Reich fue católico, y el Segundo Reich protestante, el Tercer Reich deberá ser ortodoxo, ortodoxo y soviético”.
En el caso específico estamos frente a una cuestión en extremo interesante. Si los ángeles de las naciones son individualidades diferentes, los destinos de las naciones en el curso de la historia, y sus correspondientes instituciones sociales, políticas y religiosas reflejan la formación de las fuerzas del mismo mundo angélico. Y lo que es más fascinante: esta idea, absolutamente teológica, y brillantemente confirmada por el análisis geopolítico, demuestra la interrelación entre las condiciones de existencia geográficas, territoriales, de las naciones, y su cultura, psicología, e incluso sus inclinaciones sociales y políticas. Así toma gradual explicación el dualismo entre Oriente y Occidente, e incluso el dualismo étnico: la tierra, la Rusia “ideocrática” (el mundo eslavo más las otras etnias euroasiáticas) contra la isla, el Occidente plutocrático anglosajón. El orden angelical de Eurasia contra la armada atlántica del capitalismo. La verdadera naturaleza del “Ángel” del capitalismo (que según la Tradición tiene el nombre de Mammón) no es difícil de adivinar.
EL TRADICIONALISMO O EVOLA VISTO DESDE LA IZQUIERDA
Cuando Karl Popper “desenmascara” a “los enemigos de la sociedad abierta”, hace un uso constante del término “irracionalismo”. Y es lógico, porque la misma “sociedad abierta” se basa en la regla del sentido común y sobre los postulados de la “conciencia ordinaria”. De principio, los autores más abiertamente antiliberales tienden a justificarse y a objetar de frente la acusación de “irracionalismo”. Los nacional-bolcheviques aceptan conscientemente el esquema de Popper, aceptando esta acusación, aun cuando expresando una valoración del todo opuesta. Las motivaciones principales de los “enemigos de la sociedad abierta” y de sus más acérrimos y coherentes adversarios, los nacional-bolcheviques, no nacen en los solares del racionalismo. En la presente cuestión nos es imprescindible la obra de los escritores tradicionalistas, y en primer lugar de René Guènon y Julius Evola.
Tanto en la obra de Guènon como en la de Evola se expone al detalle la mecánica del proceso cíclico, en el cual la corrupción del elemento tierra (y de la correspondiente conciencia humana), la desacralización de la civilización y el moderno “racionalismo” con todas sus lógicas consecuencias, son considerados como una de las fases de la degeneración. Lo irracional no es interpretado por los tradicionalistas como una categoría negativa o peyorativa, sino como una gigantesca esfera de la realidad, imposible de estudio con los solos métodos del análisis y del sentido común. Por lo tanto, sobre este tema la doctrina tradicional no desafía las sagaces conclusiones del liberal Popper, sino que concuerda con él, pero apuntando en la dirección opuesta. La Tradición se fundamenta en el conocimiento supra-intelectual, sobre el ritual iniciático que provoca la fractura de la consciencia, sobre las doctrinas expresadas en símbolos. El intelecto discursivo tiene un valor tan solo auxiliar, y no reviste ningún significado decisivo. El centro de gravedad de la Tradición se coloca dentro de una esfera no sólo no racional, sino incluso no-humana; y no se trata de la bondad de la intuición, de la previsión o de los presupuestos, sino de la confianza de la particular experiencia iniciática.
Lo irracional, desenmascarado por Popper como punto central de la doctrina de los “enemigos de la sociedad abierta”, es en verdad el eje de lo Sacro, el núcleo y fundamento de la Tradición. Estando así las cosas, las diversas ideologías antilibrales –incluidas las ideologías revolucionarias “de izquierda”- deben tener una relación con la Tradición.
Ahora bien, si esto aparece obvio en el caso de las ideologías de “extrema derecha”, hiperconservadoras, es un asunto problemático en el caso de las ideologías de “izquierda”. Ya hemos tocado la cuestión tratando del concepto de “bolchevismo”. Pero aquí nos topamos con otra cuestión: las ideologías revolucionarias antiliberales, especialmente el comunismo, el anarquismo y el socialismo revolucionario, pregonan la radical destrucción no sólo de las relaciones capitalistas, sino también de las instituciones tradicionales (monarquía, iglesia, organizaciones religiosas…) ¿Cómo combinar este aspecto del antiliberalismo con el tradicionalismo? Es significativo que el mismo Evola (y en cierta medida Guénon, si bien esto no puede ser afirmado sin duda, en cuanto que su comportamiento en las confrontaciones de la “izquierda” no fue nunca explícito) negó cualquier carácter tradicional a las doctrinas revolucionarias, considerándolas como la máxima expresión del espíritu contemporáneo, de la degradación y de la decadencia, aun cuando la vivencia personal de Evola tuvo períodos –especialmente los primeros y los últimos- durante los cuales manifestó puntos de vista nihilistas, anarquistas, teniendo como única respuesta positiva el “cabalgar el tigre”, que vale decir hacer causa común con las fuerzas del declive y del caos, con el fin de sobrepasar el punto crítico de la “decadencia de Occidente”. Pero aquí no nos ocuparemos de la experiencia histórica de Evola en cuanto figura política. En su lugar importa resaltar cómo en sus escritos políticos –también incluso en su período intermedio, de máximo conservadurismo- viene acentuada la necesidad de hacer apelación a cualquier tradición esotérica, el caso de que, en general, no se encontraba del todo en línea con los modelos monárquicos y clericales predominantes entre los conservadores europeos que con él tuvieron contactos políticos. No se trata solamente de su anti-cristianismo, sino de su marcado interés por la tradición tántrica y por el budismo, que en el contexto del tradicional conservadurismo hinduísta son considerados heterodoxos y subversivos. Por otro lado son absolutamente escandalosas las simpatías de Evola por personajes como Giuliano Kremmerz, Maria Naglovska y Aleister Crowley, que fueron situados por Guénon entre los representantes de la “contra-tradición”, entre las tendencias negativas y destructoras del esoterismo.
Así, si Evola se reclama constantemente en la “ortodoxia tradicional” y critica violentamente las doctrinas subversivas de la izquierda, al mismo tiempo hizo apelación a una heterodoxia evidente. Hecho significativo fue el reconocerse entre los seguidores de la “Vía de la mano izquierda”. Y aquí llegamos a un punto específicamente conectado con la metafísica del nacional-bolchevismo. En efecto, vemos como se combinan paradójicamente no sólo dos tendencias políticas antagónicas (“derecha” e “izquierda”), no sólo dos sistemas filosóficos de los cuales el uno es a primera vista la negación del otro (idealismo y materialismo), sino incluso dos tendencias en el seno mismo de la Tradición, la positiva (ortodoxa) y la negativa (subversiva). En el caso específico, Evola es un autor significativo, donde se observa una cierta discrepancia entre su doctrina metafísica y sus convicciones políticas, basadas –según nuestra opinión- en ciertos prejuicios reacios a morir, típicos de los círculos políticos de la extrema derecha “mitteleuropea” contemporánea.
En aquel espléndido libro sobre el tantrismo que es “Lo Yoga della potenza” (5), Evola describe la estructura iniciática de las organizaciones tántricas (kaula) y su jerarquía típica (6). Esta jerarquía se muestra verticalmente en la postura hacia la misma jerarquía sacra, característica de la sociedad hindú. El ritual tántrico (como la misma doctrina budista) y la participación en sus iniciaciones traumáticas comportan en cierta medida la cancelación de todas las estructuras políticas y sociales ordinarias, asegurando que “quien recorre el camino corto no necesita de apoyos externos”. Para los fines tántricos no tiene ninguna importancia ser un brahaman o un chandala (representante de las castas inferiores). Todo depende del cumplir las complejas operaciones iniciáticas y de la autoridad de la experiencia trascendente. El tantra es una especie de “sacralidad de izquierdas”, fundada sobre la convicción de la insuficiencia, de la degeneración y del carácter alienado de las instituciones sacras ordinarias. En otros términos, el esoterismo “de izquierdas” se opone al esoterismo “de derechas” no en cuanto que sea la negación, sino a causa de una particular afirmación paradójica versada sobre el carácter auténtico de la experiencia y sobre el carácter concreto de la auto-transformación. Es evidente que nos encontramos de frente con esta realidad del esoterismo “de izquierdas” en el caso de Evola y de aquellos místicos que están en el origen de las ideologías socialistas y comunistas. La critica destructiva evoliana hacia la Iglesia no es una mera negación de la religión, sino una particular forma estática del espíritu religioso que insiste sobre la naturaleza absoluta y concreta de la auto-transformación “aquí y ahora”. El fenómeno de los “viejos creyentes” (7), las autoinmolaciones de los “kristis”, pertenencen a la misma especie. El mismo Guènon, en un artículo titulado “El quinto Veda”, dedicado al tantrismo, escribe que en determinados períodos cíclicos, próximos al fin del Kali-Yuga, las instituciones tradicionales pierden su fuerza vital, y por lo tanto la auto-realización metafísica debe tomar métodos y vías nuevas, no ortodoxas; este es el motivo de que sólo existiendo cuatro Vedas, la doctrina tántrica sea llamada “el quinto Veda”.
En otras palabras, a medida que las instituciones tradicionales conservadoras decaen (es el caso de la monarquía, de la iglesia, de las instituciones sociales, de las castas, etc.), siempre asumen un rol de primer grado aquellas particulares prácticas iniciáticas, arriesgadas y peligrosas, vinculadas a la “Vía de la mano izquierda”. El tradicionalismo típico del nacional-bolchevismo, en su significado más general es el “esoterismo de izquierdas”, que copia en su sustancia los principios del “kaula” tántrico y la doctrina de la “trascendencia destructiva”. El racionalismo y el humanismo de estampa individualista han golpeado de muerte a aquellas instituciones del mundo contemporáneo que nominalmente se reclaman “sacras”. El restablecimiento de la Tradición en sus proporciones reales según la vía del gradual mejoramiento de las condiciones existentes, es imposible. Además, toda apelación a la evolución y a la gradualidad no conduce sino a la expansión del liberalismo. En consecuencia, la lección de Evola para los nacional-bolcheviques consiste en acentuar aquellos elementos directamente conectados a las doctrinas “de la mano izquierda”, a la realización espiritual traumática en la concreta esperanza de transformación y revolución de aquellos usos y costumbres que han perdido toda justificación de orden sagrado.
Los nacional-bolcheviques entienden lo “irracional” no simplemente como “no-racional”, sino como “activa y agresiva destrucción de lo racional”, como lucha contra la “conciencia cotidiana” (y contra el “comportamiento cotidiano”), como inmersión en el elemento de la “nueva vida”, aquella particular existencia mágica del “hombre diferenciado” que ha rechazado toda prohibición y norma exterior.
TERCERA ROMA, TERCER REICH, TERCERA INTERNACIONAL
Dos solas variantes teóricas de los “enemigos de la sociedad abierta” fueron capaces de vencer temporalmente al liberalismo: el comunismo ruso (y chino) y los fascismos europeos. Entre estos dos extremos se colocaron los nacional-bolcheviques, exponentes de una ocasión histórica única que no vio la luz, sutil formación de políticos clarividentes, constreñidos a actuar en los márgenes del fascismo y del comunismo, condenados a asistir al fracaso de sus esfuerzos ideológicos y políticos a favor de una integración.
En el nacional-socialismo alemán prevaleció la nefasta y quebrada línea católico-baviera de Hitler; en cuanto a los soviéticos, refutaron obstinadamente proclamar las motivaciones místicas inherentes a su ideología, desangrando espiritualmente y castrando intelectualmente al bolchevismo.
El primero en caer fue el fascismo, después llegó el turno de la última ciudadela antiliberal: la U.R.S.S. A primera vista, el año 1991 señala la clausura del encuentro geopolítico con Mammón, el Ángel cosmopolita del capitalismo. Pero, contemporáneamente, deviene clara como el Sol no sólo la verdad metafísica del nacional-bolchevismo, sino también la absoluta justicia histórica de sus primeros representantes. Solamente el discurso político de los años 20 y 30 del siglo XX que había conservado su actualidad se encontraba en los textos de los euroasiáticos rusos y de los revolucionarios-conservadores “de izquierda” alemanes. El nacional-bolchevismo es el último asilo de los “enemigos de la sociedad abierta”, al menos que estos no quieran persistir en sus doctrinas superadas, históricamente inadecuadas y totalmente ineficaces.
Si la extrema izquierda rechaza ser el apéndice vanal y oportunista de la socialdemocracia, si la extrema derecha no quiere ser usada como terreno de reclutamiento, como fracción extremista del aparato represivo del sistema liberal, si los hombres que poseen sentimientos religiosos no encuentran satisfacción en los miserables sucedáneos moralistas ofertados por sacerdotes de cultos imbéciles o en un pseudoespiritualismo primitivo, entonces sólo les resta una vía: el nacional-bolchevismo.
Al otro lado de la “derecha” y de la “izquierda”, hay una sola e indivisible Revolución, aquella que se contiene en la tríada dialéctica: “Tercera Roma – Tercer Reich – Tercera Internacional”.
El reino del nacional-bolchevismo, el “Regnum”, el Imperio del Fin; he aquí el cumplimiento perfecto de la más grande Revolución de la historia, al mismo tiempo continental y universal. Hablamos del retorno de los ángeles, la resurrección de los héroes, la insurrección de los corazones contra la dictadura de la razón. Esta Última Revolución es tarea del acéfalo, el portador sin cabeza de cruz, hoz y martillo, coronado por el sol de la esvástica eterna.
NOTAS
(1) Durante los últimos años del régimen soviético, el término “nacional-bolcheviques” hacía referencia a algunos círculos conservadores del P.C.U.S., los denominados “estatalistas”, y en esta acepción la expresión asume un significado peyorativo. Pero estos “nacional-bolcheviques” tardosoviéticos, en primer lugar, no se reconocen en este nombre, y en segundo lugar no formularon de modo coherente sus puntos de vista, ni siquiera en una ideología aproximativa. Naturalmente, estos “nacional-bolcheviques” estaban en cierto modo ligados a la línea política de los años 20 y 30 del siglo XX, pero esta conexión se basaba más que nada en la inercia, y no era racionalmente reconocida.
(2) Si las primeras tres nociones (“materialismo objetivo” o simplemente “materialismo”, “idealismo objetivo” e “idealismo subjetivo”), son de uso corriente, el término “materialismo subjetivo” requiere ulteriores explicaciones. “Materialismo subjetivo” es la ideología –típica de la sociedad de consumo- según la cual la satisfacción de las necesidades individuales de naturaleza material y física es la primera motivación de la acción. Sobre esta base, la realidad no consiste en las estructuras de la conciencia individual como en el idealismo subjetivo), sino en el conjunto de las sensaciones individuales, en las emociones de rango más bajo, en los miedos y en los placeres, en los estratos inferiores de la psique humana, conectados con las funciones corporales y vegetativas. A nivel filosófico se corresponde al sensismo y al pragmatismo así como a algunas corrientes psicológicas, como el freudismo. Por otra parte, todas las tentativas de revisionismo político en el seno del movimiento comunista, del maquinismo al bernsteinismo, se acompañaron sobre el plano filosófico con la tendencia subjetivista y a varias versiones del “materialismo subjetivo”, cuya extrema manifestación quizás sea el freudo-marxismo.
(3) En el lado opuesto se tiene el proceso inverso: revisionistas kantianos en las filas de la socialdemocracia, liberales de izquierda, progresistas que revelaron su proximidad a los conservadores de derecha que reconocían los valores del mercado, del libre cambio y de los derechos humanos.
(4) La desastrosa victoria de la línea hitleriana, austro-bávara y eslavófoba, fue proféticamente reconocida por Niekisch, en 1932, tal como lo declara en el libro “Hitler, una fatalidad alemana”. Es sorprendente como Niekisch predijo todas las trágicas consecuencias de la victoria de Hitler para Rusia, Alemania y la idea de Tercera Posición.
(5) Traducido y publicado en España con el nombre de “El Yoga Tántrico”, cuando el autor rechazó él mismo este nombre para su obra (N del T).
(6) Es significativo que la descripción de las sectas tántricas recuerda de modo sorprendente las tendencias escatológicas europeas, la secta de los “raskolniki” (cismáticos) rusos, los “kristis” y… las organizaciones revolucionarias.
(7) Los “viejos creyentes” rusos constituyen una secta cismática de la iglesia ortodoxa que se remonta a los tiempos del Ducado de Moscú. Durante una época fue la fe abrazada por la mayoría de los cosacos.
Los “kristis” son una secta cuyos ritos se fundamentan en bailes extáticos y frecuentemente orgiásticos y en varios modos de flagelación y mutilación. A esta secta pertenecía Rasputín (N del T).

Por Alexander Duguin

domingo, 6 de diciembre de 2015

El materialismo histórico y la cuestión nacional española



«En la Europa occidental, continental, la época de las revoluciones democrático-burguesas abarca un intervalo de tiempo bastante determinado, aproximadamente de 1789 a 1871. Ésta fue precisamente la época de los movimientos nacionales y de la creación de los Estados nacionales. Terminada esta época, la Europa Occidental había cristalizado en un sistema de Estados burgueses que, además, eran, como norma, Estados nacionalmente homogéneos. Por eso, buscar ahora el derecho a la autodeterminación en los programas de los socialistas de la Europa Occidental significa no comprender el abecé del marxismo»(Lenin, Sobre el derecho de las naciones a la autodeterminación.)

En numerosas publicaciones digitales españolas ligadas a determinados grupos, asociaciones, partidos, etc., que se mueven, o dicen moverse, en las coordenadas del marxismo, del materialismo histórico o del comunismo (nos estamos refiriendo, para hablar claro, a Rebelión, la Haine, Kaos en la Red, y otras publicaciones de este estilo...), aparecen Euskal Herria o los Països Catalans, o Galizia, Asturies, ... como sociedades políticas «realmente existentes», actuando, funcionando de hecho, como referencias políticas positivas y ya en marcha. Digamos que se asume, así sin más, la realidad tanto histórica como presente de la nación catalana, de la nación vasca, de la gallega... –o de otros fragmentos de la nación española como puedan ser Andalucía, Asturias, Extremadura...– sin mayores explicaciones, convirtiendo por paralogismo lo que no son sino unidades administrativas regionales (surgidas en el XIX) en verdaderas sustancias metafísicas, «culturas», mónadas prácticamente incomunicables y que reclaman su propio estatuto político frente a España (frente al «Estado español»).

Es más, la evidencia casi axiomática del carácter «nacional» de esas realidades es de tal naturaleza para estos grupos, a pesar de la confusión en la delimitación de las mismas [1], que aquel que ose plantear alguna duda al respecto es enviado ipso facto, por la fuerza de la propia evidencia, a la clase de la «extrema derecha», reaccionaria, cavernícola y facha contra la que estos grupos dicen luchar principalmente («antifascistas»). Es así que, según se desprende de tal evidencia, esta «conciencia nacional» fragmentaria procede al parecer de «la izquierda», de la izquierda comunista para más señas –o por lo menos tiene que ver de algún modo directamente con ella–, dejando para la derecha, para la extrema derecha (fascismo), toda otra perspectiva que conserve la referencia a España como unidad nacional.

Así ocurre en efecto que España, en tanto que sociedad política, es generalmente concebida desde tales instancias como una pura fantasía cuya unidad no es sino un reflejo ideológico, superficial –superestructural– producido por la ideología que para muchos representa, sin duda, el no va más de la política más reaccionaria: el nacional-catolicismo, entendido como la forma característicamente española de fascismo. España es, por así decir, una emanación entre otras, pero muy significativa, de la voluntad de poder de esas fuerzas de la derecha (criptofascistas) que durante siglos, casi atávicamente, han actuado en la península desplazando al «pueblo», al demos, o mejor, a «los pueblos», de su protagonismo político. Es así que, de este modo, con la llegada de la democracia a la península, la idea de España, esto es, España misma, debe por fin desaparecer en virtud de la propia determinación política de aquellos «pueblos» sojuzgados por ese nacional-catolicismo dominante. Y es que, sea como fuera, una vez derrotado el criptofascismo en España, España misma se disolverá con él en tanto que puro reflejo ideológico suyo. España y democracia son así, según estas coordenadas, dos ideas incompatibles, al ser aquella producto de las fuerzas sociales (oligárquicas, aristocráticas, autoritarias, dictatoriales, tiránicas...) que impiden la realización de esta, que impiden la realización de una «verdadera democracia» que pondría de manifiesto la realidad «plurinacional» en la que al parecer verdaderamente consiste la península ibérica (la implantación de este «comunismo», sin embargo, curiosamente, dejaría intacto a Portugal, tratado por estos grupos con mucha mayor benevolencia y simpatía que España –sin tampoco ofrecer muchas explicaciones sobre ello–).

Es decir, en definitiva, si aún existe España es porque la democracia, la democracia socialista (que incluye el «derecho de autodeterminación de los pueblos»), todavía no se ha realizado en ella plenamente (el criptofascismo lo impide una y otra vez), siendo así que ese «demos» realizado, es decir, hecho gobierno tras la revolución, nunca puede ser español, sino que, eo ipso, se convierte en vasco, catalán, gallego... quedando España disuelta con la propia disolución del criptofascismo que la engendró [2].

Digamos, en resolución, que en ese «otro mundo posible» del que constantemente se habla en estas publicaciones, se supone sobrevenido tras la destrucción revolucionaria del capitalismo (algo así como el Juicio Final), España desaparece y desaparece en función de la reaparición de aquellos pueblos que, sojuzgados, eclipsados por el fascismo dominante, salen por fin libres a la luz, la luz de la «autodeterminación» democrática (omni determinatio est negatio, la auto-determinación es, al caso, la negación de España) [3].

Ahora bien, y esta es la cuestión que aquí queremos tratar, ¿qué tiene que ver esta conciencia nacional fragmentaria, la de la España «plurinacional», con el materialismo histórico?; y, por otro lado, ¿qué tiene que ver la disolución de España, por la vía de la secesión, según se viene promoviendo desde estas publicaciones «altermundistas», con el comunismo?

Pues bien, como respuesta a ambas cuestiones, en este artículo se trata de probar:

I. La incompatibilidad, digamos teórica, entre la idea de la «España plurinacional» y el materialismo histórico;
II. La incompatibilidad práctica entre la secesión aplicada a España, sea por la vía del federalismo o por la del «independentismo», y el comunismo.

I. La conciencia nacional fragmentaria jamás puede brotar del materialismo histórico

«Nosotros estamos, indudablemente, por el centralismo democrático. Somos contrarios a la federación... Estamos, en principio, contra la federación, que debilita los vínculos económicos y es una forma inservible para lo que es un solo Estado. ¿Quieres separarte? Bien, vete al infierno, si puedes romper los vínculos económicos, o, mejor dicho, si la opresión y los rozamientos originados por la ‘convivencia’ son tales que corroen y destruyen los lazos económicos. ¿No quieres separarte? Entonces, perdona, pero no resuelvas por mí, no pienses que tienes ‘derecho’ a la ‘federación’.» (Lenin en su carta a Shaumian).

Decimos que este altermundismo, en tanto que «comunismo» sui generis, parte de la evidencia, procedente al parecer del materialismo histórico, de que tanto Euskal Herria, como Galiza, Catalunya, etc., son «naciones», y no fragmentos de una nación, y que, curiosamente, llevan siglos, en algunos casos hasta milenios, con «voluntad» de ejercer una soberanía que poseen «de derecho» pero que, sin embargo, invariablemente, les es negada «de hecho». A España, sin embargo, desde esas mismas coordenadas, no se le reconoce existencia histórica como nación, siendo considerada en esencia como un mero subproducto de la ideología fascista-españolista. Es decir, España se identifica plenamente sin más con el «nacionalismo español», según el altermundismo, y su historia es la historia del «nacionalismo español», cuya trayectoria se resuelve en la represión y sometimiento «imperialista» ejercidos sobre los «pueblos peninsulares» y aún más allá (América, etc.).

Ahora bien, ¿de dónde proceden estas evidencias cuya negación, además, conducen al parecer directamente al fascismo?, ¿es esta concepción, con tales premisas, coherente o compatible lógicamente con el materialismo histórico, según se presume desde la propia consideración altermundista? Veamos.

El materialismo histórico parte, como postulado lógico, ontológico y metodológico frente al idealismo (expresado por Marx en el célebre Prólogo a la Contribución a la crítica de la economía política), del «ser social» como determinante de la «conciencia» (y no al revés), siendo así que esta «conciencia nacional euskaldún», como la catalanista o la galleguista, no se explican por sí mismas si no que requieren, en tanto que fenómenos suyos (y como cualquier otra forma de conciencia), un «ser social» que esté a su base.

Pues bien, ¿son acaso el aberchalismo, como el catalanismo y el galleguismo, formas de conciencia transparentes, y no deformadas, no ideológicas, de la realidad social a la que remiten?, es decir, ¿se encuentran a la base de estas formas de conciencia, en tanto que «ser social» suyo, a «Euskal Herría», a «Catalunya» o a «Galiza» como naciones en efecto ya formadas y en marcha, solo que reprimidas u oprimidas por el «Estado español», según se postula desde el aberchalismo, el catalanismo o el galleguismo?; dicho de otro modo, ¿es la existencia histórica, real, del País Vasco, Cataluña o Galicia como naciones «realmente existentes» lo que determina la evidencia (aberchale, catalanista, galleguista) de su carácter nacional?

Nosotros, desde luego, y ya lo adelantamos, negamos que esto sea así: la nada histórica de ese fantástico ente llamado «Euskal Herría» (lo mismo puede decirse de Galiza o de Catalunya y los Països Catalans) no puede generar la conciencia nacional correspondiente, como tampoco puede brotar de Cataluña o de Galicia al no haberse estas constituido nunca como sociedades políticas soberanas; y es que de la nada, nada sale, siendo así que la formación de esa conciencia nacionalista, que no nacional, hay que explicarla por otras vías (que más adelante –al final– indicaremos).

Pero, además, también negamos, y esto ya lo hacemos ad hominem (siendo este el objetivo fundamental de nuestro artículo), que la afirmación del carácter nacional de estos fragmentos de España pueda proceder del materialismo histórico marxista, un materialismo histórico en el que precisamente dicen moverse tales grupos y facciones «antifascistas».

Y es que, ¿qué pruebas se ofrecen por parte del altermundismo de la existencia histórica, real, de «Euskal Herría», de «Galiza» o de «Catalunya» como entidades nacionales?, ¿qué instituciones, qué formas de organización productivas, administrativas, judiciales, militares, diplomáticas... se pueden ofrecer desde el materialismo histórico que hablen de la existencia histórica de semejantes «naciones»?, ¿en dónde están las pruebas documentales y monumentales de la existencia de tal entramado institucional, con una trayectoria, un curso, que se pueda relatar históricamente, y cuya referencia sean, respectivamente, Catalunya, Euskal Herria, Galiza... como entidades soberanas?

Para el altermundismo, en efecto, y aquí comienzan nuestras sospechas, es suficiente, como prueba de la existencia nacional, con la propia «voluntad» de serlo; es decir, la mera presencia actual de esa «voluntad» de ser nación entre algunas facciones o grupúsculos de esas regiones, es suficiente según este altermundismo (es la suficiencia de un entimema), para hablar de la realidad histórica nacional de «Euskal Herría», Catalunya o Galiza..., siendo así que estas realidades sociales y culturales se revelan de manera prístina, sin ningún tipo de deformación, a través de la izquierda aberchale, del catalanismo republicano y del nacionalismo gallego como formas de conciencia características suyas. Una realidad, además, de la que no se puede dudar, dicen, sin recaer en el fascismo, cosa que precisamente se hace desde toda otra perspectiva política que actúe contemplando la conservación de España como unidad nacional.

Nos encontramos aquí pues, curiosamente, y siempre según el altermundismo, ante formas de conciencia por lo visto completamente depuradas de cualquier deformación ideológica (aberchalismo, catalanismo y galleguismo) que nos informan, a su vez, de un modo cristalino y transparente, insistimos, de la existencia de sociedades arcádicas (autogestionarias, en equilibrio perfecto tanto social, como medioambiental), surgidas in illo tempore, y que llevan luchando siglos, hasta milenios, intentando restaurar, frente al nacionalismo fascista e imperialista, esa soberanía perdida (autogestionaria y perfecta) que el «Estado español» suplantó (aunque se supone no aniquiló).

Ahora bien, desde la doctrina marxista, y aquí comienzan sus claros desajustes con este altermundismo que se dice representativo suyo, no es, desde luego, la mera «voluntad» de los miembros individuales que componen una sociedad lo que explica su surgimiento o constitución, sino que, más bien, es la sociedad un resultado de la acción productiva de los individuos que la componen pero, justamente, con «independencia de su voluntad»:

«La estructura social y el Estado brotan del proceso de vida de determinados individuos; pero de estos individuos, no como puedan presentarse ante la imaginación propia y ajena, sino tal y como realmente son; es decir, tal y como actúan y como producen materialmente y, por tanto, tal y como se desarrollan sus actividades bajo determinados límites, premisas y condiciones materiales, independientes de su voluntad» (Marx y Engels, La Ideología alemana, L´eina editorial, pág. 17.)

Precisamente la voluntad individual, invariablemente ideologizada, se mueve generalmente conforme a representaciones deformadas de la realidad social, según la concepción marxista, permaneciendo la conciencia individual, por lo menos en las primeras fases del desarrollo social (en rigor en todas, salvo en la fase final), completamente opaca a la realidad de ese «ser social» que, sin embargo, se forma con el desarrollo de la propia actividad productiva individual (como es sabido, esta perspectiva es lo que ha hecho encuadrar a Marx dentro de la llamada «filosofía de la sospecha», junto a Freud y Nietzsche). Una actividad individual siempre enclasada en grupos (clases) cuya estructura imponen una dinámica que desborda completamente la conciencia individual a la que, sin embargo, a su vez, determina: precisamente es justo al final del desarrollo social (nunca al principio) cuando la conciencia individual se refunde con las condiciones objetivas que determinan la propia acción individual, constituyéndose la conciencia de este modo, y como antesala de la revolución, en «conciencia de clase». Dicho de otro modo, la conciencia individual deja de ser ideológica (deformada), justamente, cuando se convierte en «conciencia de clase», que es el paso previo de la abolición revolucionaria de todas las clases.

Una conciencia de clase, por cierto, y esto conviene subrayarlo una y mil veces, en la que no desaparece su sentido nacional (en contraste con lo que muchas veces se ha dicho), sino que lo conserva aunque no al modo burgués:

«Los trabajadores no tienen patria. Mal se les puede quitar lo que no tienen. No obstante, siendo la mira inmediata del proletariado la conquista del poder político, su exaltación a clase nacional, a nación es evidente que también en él reside un sentido nacional, aunque ese sentido no coincida ni mucho menos con el de la burguesía» (Marx y Engels, El Manifiesto Comunista, ed. Endymión, p. 62) [4].

Y es que la «nación», según la concepción marxista, no es un concepto originario, que se forme por la vía de la «voluntad» individual de ser nación, como quiere este altermundismo pseudomarxista (siendo esto, en efecto, una petición de principio parecida a aquella de Moliére de la virtud dormitiva del opio), sino que la nación es un concepto «de clase» y que, como tal, aparece en el devenir histórico como una estructura objetiva bastante tardía, y cuya dinámica envuelve y arrastra a los individuos, insistimos, aún «por encima de su voluntad». En este sentido la nación para el marxismo es, sobre todo, la «nación burguesa» (aunque con vista a su transformación revolucionaria en «nación proletaria»), y es el resultado objetivo de procesos muy complejos que tienen que ver sobre todo con la explotación industrial del medio físico y social, con la «gran industria» capitalista, y todo lo que ello supone (comercio ultramarino, crédito financiero,...).

Precisamente del desarrollo a escala global de la «gran industria», a lomos de la nación burguesa, es de donde proceden las condiciones objetivas, como corolario suyo, para la ulterior constitución del proletariado como clase universal revolucionaria:

«[...] la gran industria universalizó la competencia (la gran industria es la libertad práctica de comercio, y los aranceles proteccionistas no pasan de ser, en ella, un paliativo, un dique defensivo dentro de la libertad comercial), creó los medios de comunicación y el moderno mercado mundial, sometió a su férula el comercio, convirtió todo el capital en capital industrial y engendró, con ello, la rápida circulación (el desarrollo del sistema monetario) y la centralización de los capitales. Por medio de la competencia universal obligó a todos los individuos a poner en tensión sus energías hasta el máximo. Destruyó donde le fue posible la ideología, la religión, la moral, etc., y, donde no pudo hacerlo, las convirtió en una mentira palpable. Creó por vez primera la historia universal, haciendo que toda nación civilizada y todo individuo, dentro de ella, dependiera del mundo entero para la satisfacción de sus necesidades y acabando con el exclusivismo natural y primitivo de naciones aisladas, que hasta ahora existía. Colocó la ciencia de la naturaleza bajo la férula del capital y arrancó a la división del trabajo la última apariencia de un régimen natural. Acabo, en términos generales, con todas las relaciones naturales, en la medida en que era posible hacerlo dentro del trabajo, y redujo todas las relaciones naturales a relaciones basadas en el dinero. Creo, en vez de las ciudades formadas naturalmente, las grandes ciudades industriales modernas, que surgían de la noche a la mañana. Destruyó, donde quiera que penetrase, la artesanía y todas las fases anteriores de la industria. Puso cima al triunfo de la ciudad comercial sobre el campo [...]. La gran industria creaba por doquier, en general, las mismas relaciones entre las clases de la sociedad, destruyendo con ello el carácter propio y peculiar de las distintas nacionalidades. Finalmente, mientras la burguesía de cada nación seguía manteniendo sus intereses nacionales aparte, la gran industria creaba una clase que en todas las naciones se movía por el mismo interés y en la que quedaba ya destruida toda nacionalidad; una clase que se desentendía realmente de todo el viejo mundo y que, al mismo tiempo, se le enfrentaba. La gran industria hacía insoportable al obrero no sólo la relación con el capitalista, sino incluso el mismo trabajo» (Marx y Engels, La Ideología alemana, L´eina editorial, págs. 60-61.)

La «gran industria», pues, impulsada por la nación burguesa (y la nación burguesa por la industria), es el gran demiurgo del Presente político, según el marxismo, un Presente dominado sí por el capitalismo internacional, pero en el que, a su vez, se ponen las bases de la internacionalización de los intereses del proletariado (y su constitución como «clase universal»), en cuanto que la dinámica industrial desborda los intereses de la propia nación burguesa (plegados y reducidos al círculo del estado burgués). Una internacionalización, en cualquier caso, que tampoco significa para el marxismo, insistimos, la disolución «en sentido cosmopolita» de la nación, sino que el sentido nacional se conserva con la toma revolucionaria del poder político por parte del proletariado (ulteriormente, una vez consumada la revolución, el Estado caería por sí mismo).

Así pues, según el materialismo histórico, la nación se constituye (y no se destruye) en el contexto de la revolución industrial, siendo el imperialismo, como «fase superior del capitalismo», el modo por el que tiene lugar su expansión global.

En definitiva, según el marxismo, es la gran industria lo que conforma a la nación y no la abstracta, tautológica, y vacía «voluntad» individual (y es que fijar la constitución de la nación en la voluntad de serlo es puro idealismo, poniendo a la realidad a caminar de cabeza).

¿Qué tiene que ver pues la nación, tal como es concebida por el materialismo histórico, con esa «nación» altermundista, constituida «originariamente» al margen de la industria capitalista, incluso al margen del Estado, sin más?

Ocurre aquí que el altermundismo (e incluimos aquí especialmente al aberchalismo [5]), lejos de mantenerse en las coordenadas del materialismo histórico, lo que hace es practicar la confusión, además de bulto, entre «nacionalidad» y «nación», categorías bien distinguidas por el materialismo histórico (etnológica una, política la otra), y que en absoluto cabe confundirlas si es que queremos mantenernos en estas coordenadas:

«La nacionalidad no es todavía la nación, sino una agrupación de tribus afines por su idioma y origen, que viven en el mismo territorio. Las naciones surgen al desaparecer la dispersión feudal, en la época del capitalismo ascensional, sobre la base de la comunidad de vida económica, relacionada, a su vez, con la creación del mercado nacional»(Konstantinov, El Materialismo histórico, ed. Grijalbo, pág. 243.)

Y es que, en la perspectiva marxista y en rigor, ¿cómo interpretar pues el carácter nacional atribuido a tales fragmentos regionales de España?, ¿qué es en fin lo que se quiere decir cuando desde el altermundismo se habla de Euskal Herria, Galiza o Catalunya como naciones?

Pues si queremos movernos en las coordenadas del materialismo histórico aparecen dos opciones, no más: o bien (a) se dice nación en un sentido étnico, concibiendo a Euskal Herría, Galicia... como «nacionalidades»; o bien (b) se dice en un sentido nacional burgués, ligado al capitalismo industrial.

En cualquiera de las dos opciones resulta absurda desde el propio materialismo histórico aplicarlas a los fragmentos de una nación ya constituida:

Por un lado, (a) afirmar el carácter étnico de «Catalunya», «Euskal Herría», etc., (o cualesquiera otro fragmento de España) como si tales regiones estuviesen organizadas tribalmente, con sus jefaturas, relaciones elementales de parentesco determinando los vínculos sociales..., como si constituyesen en fin «sociedades primitivas», resulta tan completamente disparatado que no creemos merezca la pena ser discutido. Por otro lado, (b) concebir tales fragmentos como naciones canónicas, como «naciones burguesas» resultado del modo de producción capitalista y desarrolladas al margen de España, es una concepción completamente anti-histórica por anacrónica: ¿es que Catalunya o Galiza, en tanto que poderes autónomos, suponiendo que alguna vez existieran, hicieron la revolución burguesa y están ahora ya en trance y disposición de realizar la comunista? Algunos incluso fijan la constitución «nacional» de estos fragmentos en época preindustrial, incluso en la prehistoria, ¿ya se produjo entonces ahí, en plena prehistoria, la toma del poder por parte de algo así como el «tercer estado» destruyendo el modo de producción feudal?, ¿acaso no sería algo verdaderamente llamativo por extraordinario el que se produjera una revolución burguesa en el paleolítico superior y que, así, una «nacionalidad» amaneciese ya ab initio como «nación»?, ¿y cómo es que Marx, Engels o Lenin, por ejemplo, no tuvieron en cuenta estas «referencias» tan «notables»?

Así, entre el disparate o el anacronismo, camina la consideración «nacional» de los fragmentos regionales de España, no pudiendo justificar de ningún modo su existencia como «nación» desde el materialismo histórico, por más que se convoque por parte del altermundismo esta doctrina para ello.

Es más bien el idealismo anarquista (tipo absoluto bakunista o tipo federalista prodhoniano), confundido con el materialismo histórico, lo que alimenta estas concepciones (y es que bajo el «izquierdismo» todos los gatos son pardos [6]). De este modo, al modo idealista ahora sí, se regresa en este punto a ideas sustancialistas, relacionadas con el «autós» griego (autodeterminación, autonomía, autogestión) para justificar, vía causa sui, una doctrina que, en buena medida, no es que difiera sin más del marxismo es que se opone frontalmente a él. Un idealismo que se torna muchas veces en sustancialista –es precisamente la «ideología alemana»– regresando a la idea clásica de sustancia («aquello que no necesita de otra cosa para existir»), alineada a la cultura como unidad social originaria (a veces a la raza), para proyectarla sobre el campo político y reconstituirlo (es la «Europa de los pueblos»), derribando imaginariamente las fronteras actuales, desde categorías etno-lingüísticas (por lo demás completamente oscuras y confusas) que hablan de una correspondencia biunívoca entre cultura y estado (una correspondencia que procede del Idealismo clásico –Fichte, Herder–, antagónico al marxismo [7]).

En definitiva, la tesis de la «España plurinacional» es una tesis idealista, incompatible con el materialismo histórico, al basar la condición nacional de lo que no son sino fragmentos regionales simplemente en la «voluntad» de ser nación. Una voluntad, por cierto, procedente de sectores sociales actuales bien reaccionarios (completamente refractarios al socialismo comunista), llegando a formar grupúsculos y facciones (algunas ocupando magistraturas de gobierno en municipios, autonomías, etc.) que no han tenido ningún empacho en apelar, con frecuencia, a categorías como la raza, el ADN, el RH, etc.[8] o, directamente a Dios y al «Sagrado Corazón de Jesús», para justificar sus programas políticos facciosos.

II. La secesión es incompatible con la revolución comunista

«El pequeño-burgués ‘enfurecido’ por los horrores del capitalismo es, como el anarquismo, un fenómeno social propio de todos los países capitalistas. Son del dominio público la inconstancia de estas veleidades revolucionarias, su esterilidad y la facilidad con que se transforman rápidamente en sumisión, en apatía, en fantasías, incluso en un entusiasmo ‘furioso’ por tal o cual corriente burguesa ‘de moda’». (Lenin, El izquierdismo, enfermedad infantil en el comunismo, pág. 40.)

Además, la «revolución» altermundista, entendida aplicada a España como descomposición, tampoco es compatible con la praxis revolucionaria comunista, en cuanto que esta, en ningún momento, para la transformación del estado burgués contempla su descomposición previa. Es más, al contrario, la revolución comunista supone la conservación de la unidad del estado para transformarlo de burgués, vía dictadura del proletariado, en socialista. El comunismo es un desarrollo de las contradicciones surgidas en el seno del capitalismo y que no supone en ningún momento la fragmentación disolvente del Estado, sino, insistimos, su transformación revolucionaria pero conservando la unidad. Precisamente la independencia del estado socialista, frente al capitalismo, quedaría mermada si se da «un paso atrás» fragmentario:

«Los marxistas no propugnarán en ningún caso el principio federal ni la descentralización. El Estado centralizado grande supone un progreso histórico inmenso, que va del fraccionamiento medieval a la futura unidad socialista de todo el mundo, y no hay ni puede haber más camino hacia el socialismo que el que pasa por tal Estado (indisolublemente ligado con el capitalismo)» (Lenin, Notas críticas sobre el problema nacional, Editorial Progreso, pág. 34.)

Sin embargo, desde esa concepción altermundista, impostoramente marxista, pero en realidad idealista, la «conciencia de clase» se identifica, como atributo suyo esencial, con esa «conciencia nacional» fragmentaria (conciencia nacional vasca, catalana, gallega...) por la que la unidad nacional de España desaparece para convertirse en una indefinida, desde el punto de vista unitario, «España plural». Es más, la revolución altermundista (con la realización de ese «otro mundo posible»), pasa por la supuesta rehabilitación de esos «pueblos originarios» (que ni siquiera tienen que ver con la etnología prehistórica real, sino que son inventos literarios decimonónicos), que lo que consigue realmente, no es la internacionalización del proletariado (sobre la base de la nación burguesa industrializada), sino su división contrarrevolucionaria.

Es decir, la «justicia» política altermundista supone, según tal perspectiva, resituar los límites del Estado sobre los quicios de la cultura, redefiniendo a esta de un modo etno-lingüístico completamente fantástico e imaginario. Así, lejos de fomentar la unidad de acción internacional del proletariado, lo que se produce es más bien su división, promovida en torno a compartimentos «culturales» estanco. La «cultura» se convierte así en esa unidad sustancial, autosuficiente, adornada con toda clase de atributos folklórico-literarios, a través de lo que llamaríamos con Adorno la «jerga de la autenticidad» (practicada por el nazismo), y que promueve, en contra del propósito último comunista, la división contrarrevolucionaria de la clase proletaria:

«Tal es la exigencia incondicional del marxismo. Toda prédica que propugne separar a los obreros de una nación de los obreros de otra, toda invectiva contra el «asimilismo» marxista, todo intento de oponer en las cuestiones relativas al proletariado una cultura nacional en bloque a otra cultura nacional supuestamente indivisa, etc., es nacionalismo burgués contra el que se debe llevar a cabo una lucha implacable» (Lenin, Notas críticas sobre el problema nacional, Editorial Progreso, pág. 20.)

En definitiva el secesionismo al que conduce la supuesta «liberación» altermundista, apelando a la idealista «autodeterminación», es incompatible con el comunismo de Marx, en cuanto que la supuesta restitución anticapitalista de esos «pueblos originarios» lo que hace es, sencillamente, disolver la unidad de acción del proletariado en su lucha contra el capitalismo en su fase superior imperialista:

«El proletariado no puede apoyar ningún afianzamiento del nacionalismo; por el contrario, apoya todo lo que contribuye a borrar las diferencias nacionales y a derribar las barreras nacionales, todo lo que sirve para estrechar más y más los vínculos entre las naciones, todo lo que conduce a la fusión de las naciones. Obrar de otro modo equivaldría a pasarse al lado del elemento pequeñoburgués reaccionario y nacionalista» (Lenin, Notas críticas sobre el problema nacional, Editorial Progreso, pág. 23.)

Lo que late pues, tras este altermundismo «imagine» es más bien el anarquismo, y no el materialismo histórico y que busca, a la postre, la disolución del campo político en favor de una reaparición (virtual) de la sociedad etnológica (etnicismo, indigenismo...). Así lo afirmará Bakunin con toda claridad:

«¡Abajo con las fronteras artificiales erigidas por la fuerza por los congresos despóticos de acuerdo con las supuestas necesidades históricas, geográficas y estratégicas! Entre las naciones no tendría que haber más barrera que las que respondieran a la Naturaleza, a la justicia y a las establecidas con un sentido democrático por la voluntad soberana del pueblo mismo sobre la base de sus cualidades nacionales» (Bakunin, Aufruf an die Slawen, apud. Horace B. Davis, pág. 60.)

Lenin en El Estado y la Revolución se ocupará ampliamente de mantener las distancias entre el comunismo y el anarquismo en este sentido, a través de la reivindicación comunista del centralismo. Así, dirá Lenin:

«Engels, como Marx, defiende, desde el punto de vista del proletariado y de la revolución proletaria, el centralismo democrático, la república única e indivisa. Considera la república federativa, bien como excepción y como obstáculo para el desarrollo, o bien como transición de la monarquía a la república centralizada, como «un paso adelante» en determinadas circunstancias especiales. Y entre esas circunstancias especiales se destaca la cuestión nacional... Hasta en Inglaterra, donde las condiciones geográficas, la comunidad de idioma y la historia de muchos siglos parece que debían haber «liquidado» la cuestión nacional en las distintas pequeñas divisiones territoriales del país, incluso aquí tiene en cuenta Engels el hecho evidente de que la cuestión nacional no ha sido superada aún, razón por la cual reconoce que la república federativa representa «un paso adelante». Se sobreentiende que en esto no hay ni sombra de renuncia a la crítica de los defectos de la república federativa, ni a la propaganda, ni a la lucha más decididas en pro de una república unitaria, de una república democrática centralizada.»

E insiste Lenin, más abajo, tomando distancia explícitamente respecto de Bakunin y Prodhon:

«Marx discrepa de Proudhon y de Bakunin precisamente en la cuestión del federalismo (para no hablar siquiera de la dictadura del proletariado). El federalismo es una derivación de principio de las concepciones pequeñoburguesas del anarquismo. Marx es centralista. En los pasajes suyos citados más arriba no se contiene la menor desviación del centralismo. ¡Sólo quienes se hallen poseídos de la fe supersticiosa del filisteo en el Estado pueden confundir la destrucción de la máquina del Estado burgués con la destrucción del centralismo! Y bien, si el proletariado y los campesinos pobres toman en sus manos el poder del Estado, se organizan de un modo absolutamente libre en comunas y unifican la acción de todas las comunas para dirigir los golpes contra el capital, para aplastar la resistencia de los capitalistas, para entregar a toda la nación, a toda la sociedad, la propiedad privada sobre los ferrocarriles, las fábricas, la tierra, etc., ¿acaso esto no será el centralismo? ¿Acaso esto no será el más consecuente centralismo democrático, y además un centralismo proletario?».

E, incluso, critica esta misma confusión («bastardeamiento») entre anarquismo y comunismo, practicada según Lenin por la «renegada» socialdemocracia, un «bastardeamiento» en el que, sin duda, creemos nosotros, recaería nuestro altermundismo «revolucionario»:

«El oportunista se ha desacostumbrado hasta tal punto de pensar en revolucionario y de reflexionar acerca de la revolución, que atribuye a Marx el «federalismo», confundiéndole con Proudhon, el fundador del anarquismo. Y Kautsky y Plejánov, que pretenden pasar por marxistas ortodoxos y defender la doctrina del marxismo revolucionario, ¡guardan silencio acerca de esto! Aquí encontramos una de las raíces de ese extraordinario bastardeamiento de las ideas acerca de la diferencia entre marxismo y anarquismo, bastardeamiento característico tanto de los kautskianos como de los oportunistas y del que habremos de hablar todavía.»

Concluye Lenin, por fin, terminantemente sobre este asunto:

«El federalismo es una derivación de principio de las concepciones pequeñoburguesas del anarquismo. Marx es centralista. En los pasajes suyos citados más arriba no se aparta lo más mínimo del centralismo.» [9]

Conclusión

«Entregar a toda la nación, a toda la sociedad, la propiedad privada sobre los ferrocarriles, las fábricas, la tierra, etc., ¿acaso esto no será el centralismo? ¿Acaso esto no será el más consecuente centralismo democrático y, además, un centralismo proletario?» (Lenin, El Estado y la revolución.)

Concluimos, la negación de España como nación política, afirmando la condición nacional de lo que no son sino fragmentos suyos («España plurinacional»), es en definitiva, una tesis idealista («idealismo histórico»), no materialista, y que conduce, además, directamente a un secesionismo reaccionario y no comunista. La idea de una España fragmentada, o mejor, la idea de la condición nacional de los fragmentos de España es una tesis, y lo afirmamos ad hominem (Adversus, Rebelión, Kaos en la Red...), completamente contraria al marxismo, esto es, idealista y contrarrevolucionaria.

Ahora bien, una vez que queda probado que el marxismo, strictu sensu, no puede ser fuente del nacionalismo fraccionario, la cuestión relativa al origen de la «conciencia nacional» fragmentaria (euskaldún, catalana, gallega,...) permanece intacta desde el propio materialismo histórico, y es que si la conciencia nacional-fragmentaria no procede de tales «naciones» como realidades históricas pues como tales nunca existieron ¿de dónde procede?

Pues, sencillamente, del propio proceso de descomposición de la Nación española. Este es, en efecto, el «ser social» que determina la formación de esa «conciencia nacional-fragmentaria», base de los nacionalismos y de la secesión a la que conducen. Es el proceso de descomposición de España (y por lo tanto, insistimos, se parte de su existencia como nación política) lo que genera la formación de esa conciencia nacional-fragmentaria, ideológica, y no al revés. Una ideología, en sentido marxista (como conciencia deformada) desde la que se percibe precisamente el proceso como invertido: lo que no es sino un proceso de secesión, del que estas facciones son causa, es percibido por su parte, de ahí su pujanza y arrastre social, como un proceso de «liberación». Es así que la fragmentación de España nunca puede significar la «restitución» de una libertad nacional (soberanía) para vascos, catalanes, o gallegos,... que nunca existió, sino que lo que significa es, sencillamente, la fragmentación de España. Una fragmentación cuyas partes resultantes, constituidas ya como todos nacionales, lejos de alcanzar la tan soñada «independencia», se convertirían más bien, dada su falta de autosuficiencia, en satélites dependientes de otras potencias (Francia, Alemania, EEUU, Gran Bretaña...), al no poder competir con ellas en el mercado global capitalista.

En este sentido el marxismo revolucionario español, tradicionalmente, aspiraba a otra cosa bien distinta de la que se plantea desde ese altermundismo «revolucionario» (pro aberchale, catalanista, galleguista...), y es que

«La aspiración de un español revolucionario no ha de ser que un día, quizá no lejano, siguiendo su ritmo actual, la península Ibérica quede convertida en un mosaico balcánico, en rivalidades y luchas fomentadas por el imperialismo extranjero, sino, por el contrario, debe tender a buscar la libre y espontánea reincorporación de Portugal a la gran unidad ibérica» (Joaquín Maurín, Hacia la segunda revolución, 1935.)

Notas:

[1] Es curioso observar, atendiendo a las secciones que estas revistas dedican a cada una de estas «realidades nacionales», la disparidad de criterios seguidos por sus editores en la reconfiguración del mapa peninsular. Así, observamos que Rebelión dedica una sección a «España», recogiendo bajo este epígrafe noticias relativas a «Euskal Herria», «Galiza», etc. Un epígrafe este, el de «España» que, sin embargo, desaparece en Kaos en la Red o en La Haine: en esta última publicación se habla de «Estado español», abriéndose bajo este título secciones dedicadas a Asturies, Galiza, Madrid, Països Catalans...; en Kaos en la Red, sin embargo, la cosa se enreda extraordinariamente, abriendo un apartado para el «Estado español» y otros, del mismo rango, dedicados a los Països Catalans, Madrid, Euskal Herria, Andalucía (curiosamente aquí no aparece «Asturies», se supone, quizás, incluida bajo el epígrafe «Estado español»). En Insurgente solo existe una sección para el País Vasco y otra para Andalucía, de lo demás (del resto del «Estado español» nada se sabe). No deja de ser curioso, decíamos, esta diafonía en torno a la definición de tales «Pueblos peninsulares» cuando los responsables de una y otras publicaciones son prácticamente los mismos.

[2] He aquí una «perla» representativa de este altermundismo que, hablando de la «cuestión española» afirma lo siguiente:

«He escrito alguna vez que Euskadi (o Cataluña) jamás lograrían la independencia de España porque es sencillamente imposible separarse de un país que no existe; y que, por lo tanto, para la unidad o para la separación, el requisito previo es la existencia, el aterrizaje de esa nación metafísica y violenta, aire y sangre al mismo tiempo, en los límites de sus pueblos, su reconstitución radical al margen de su historia y a partir de una soberanía cierta que decida contemporáneamente su nombre, su tamaño y su gobierno. Eso todavía está pendiente y la llamada Transición no ha hecho otra cosa que bordear de puntillas la cuestión, prolongando y agravando la paradoja: ha creído, sin ingenuidad alguna, que podía democratizar España sin refundarla democráticamente y que se podía decidir libremente su destino sin haber decidido antes libremente su existencia» (Santiago Alba, La cuestión española, http://www.rebelion.org/noticia.php?id=30796).

Es curioso que, según este prócer del altermundismo, haya que «demostrar» una prueba de existencia para España y no ocurra así lo mismo para «Euskadi» (o Cataluña), cuya existencia por lo visto es de una evidencia axiomática (aunque a su vez tampoco se sabe de dónde procede tal evidencia, porque como él mismo reconoce, todavía están esperando «Euskadi» y Cataluña, su constitución democrática). Si el criterio de existencia para una nación, según se postula pues, es la libre decisión democrática (sea esto lo que fuera), ¿quién y cómo se determina la jurisdicción que establece el sufragio para tomar tal decisión?, ¿existe alguna nación cuya existencia se haya determinado por libre decisión de sus ciudadanos?, y, si existe, ¿cómo sabían esos ciudadanos que podían tomar tal decisión si no había nación? Y es que, en efecto, para este altermundismo fundamentalista democrático, la conservación de España, con su historia, es incompatible con la democracia (v. Santiago Alba, ¿España unida o democracia?), siendo así que existen unos nacionalismo aceptables (compatibles con la democracia) y otros no (el español, por supuesto, está entre estos últimos: ver Santiago Alba, ¿Izquierdas nacionalistas?), en un planteamiento de la cuestión que constantemente pide el principio de la nación vasca, catalana....

[3] Un alegato arquetípico de esta postura lo representa el «descerebrado» artículo de Carlo Fabretti, La España descerebrada, publicado en Rebelión.org (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=57629).

[4] «Aunque en el Manifiesto Comunista, Marx y Engels utilizaron la famosa frase ‘Los obreros no tienen patria’ –como dura crítica de la marginación política y social en que habían sido sumidos los trabajadores– y de sus planteamientos internacionalistas, no por ello dejaban de constatar que el proletariado se convierte en clase nacional al asumir su función emancipatoria» (José María Laso, España: cultura y problema nacional,http://www.wenceslaoroces.org/act/hab/index.htm). Ver en Horace B Davies,Nacionalismo y socialismo, p. 28 y ss. (ed. Península) las interpretaciones que caben hacer, según este autor inglés, de este famoso pasaje del Manifiesto Comunista.

[5] Recordemos que la ETA y sus anexos han tratado de frenar, y muchas veces lo han logrado, el desarrollo industrial de las Provincias Vascongadas al oponerse, con procedimientos terroristas, a determinados proyectos y empresas que iban en este sentido (sin duda Lemoniz, es la más sonada). A través de esa idea arcádica, eco-conservacionista de «Euskal Herría», la ETA se opone totalmente al marxismo y, sobre todo, al leninismo (a pesar de considerarse emic, por lo menos en algunos momentos, un movimiento representativo suyo). Recordemos, en cualquier caso que en aquellas asambleas en las que se reunía la primera ETA, a la sombra del poder eclesiástico vascongado, se entendió el marxismo como un «fascismo de izquierdas» por parte de los seminaristas fundadores de la banda.

[6] Ver Gustavo Bueno, El Mito de la Izquierda, Ediciones B, 2003.

[7] Y es que lejos está el marxismo de semejante concepción de la Historia, partiendo Marx en general al hablar de las sociedades históricas, no de la autosuficiencia (ajuste armónico, arcádico) como principio de organización productivo y social, sino más bien de la dependencia (carestía) y de la superabundancia excedentaria (poros y penía, podríamos decir en términos platónicos):

«Cuanto menos desarrollado está el trabajo, más restringida es la cantidad de sus productos y, por consiguiente la riqueza de la sociedad, con tanta mayor influencia dominante de los lazos de parentesco sobre el régimen social. Mientras tanto en el marco de este desmembramiento de la sociedad basada en el parentesco, la productividad del trabajo aumenta sin cesar, y con ella se desarrolla la propiedad privada y el cambio, la diferencia de fortuna, la posibilidad de emplear fuerza de trabajo ajena, con ello, la base de los antagonismo de clase» (Federico Engels, El origen de la familia, de la propiedad privada y del estado, ed. Planeta, pág. 28.)

[8] Ver el documentadísimo libro de Francisco Caja, La raza catalana, Ed. Encuentro, 2009.

[9] Tengo que dar las gracias a Diego Cebrián Gala por reunir en una Nota de Facebook una antología de textos de Lenin, de la que hemos hecho uso, hablando del centralismo y su reivindicación desde el marxismo: http://www.facebook.com/profile.php?id=1278883800#!/notes/diego-cibrian-gala/marxismo-leninismo-federalista/139887242722288

Publicado en El Catoblepas, nº109, marzo 2011, pág.10

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Contra la ocupación yanki. Por una cultura de la resistencia



El director de Nosotros me pidió hace unos días una reflexión crítica sobre la penetración yankee en nuestro suelo. Espero que estas notas valgan la pena.

Es una obviedad que el modelo usaco (por usar la expresión del divisionario Carlos Mª Ydígoras) condiciona de manera sustancial la existencia de nuestro país: literalmente, con la ocupación militar y logística de partes de nuestro suelo (bases de Rota, Torrejón, Zaragoza o Gibraltar) y con la integración de España en la estructura de la OTAN (cuyo ejemplo más vergonzoso de colaboración se da en la figura del propio secretario-títere de dicho organismo, el felipista Javier Solana); política y económicamente, con la obediencia española a los protocolos de Maastricht que condicionan de un modo draconiano nuestro actuar hasta extremos impensables desde el punto de vista de la soberanía (así, hoy no gobierna el PP propiamente dicho, sino un gestor de Maastricht -que bien pudiera haber sido, con unos pocos votos más el pasado marzo, el PSOE-) y con la venta en saldos de nuestro potencial económico iniciada por Felipe González en el 82 y que hoy continúa a un ritmo día a día más vertiginoso. En cuanto a la cultura, lo que vemos en cine o TV, lo que comemos en establecimientos de comida rápida o lo que compramos en hipermercados (dentro de poco, añadiremos a la basura habitual la basura transgénica en un salto escatológico importante), lo que leemos en prensa o en obras de consumo, lo que escuchamos en música de hit-parade, lo que bailamos en las salas de moda, incluso lo que protestamos (hasta las protestas antiyankees) lleva en un altísimo porcentaje la etiqueta made in USA.

Por mi parte, y ateniéndome a este último aspecto de que, por robarnos, los ocupantes nos han expoliado hasta el genuino impulso de contestación, no voy a repetir por enésima vez el manido discurso entre quejumbroso e impotente con que suelen plantearse este tipo de artículos. No tengo humor ni paciencia para verbalismos, retoricismos, simulacros o coreografías antiamericanas.

Sólo existe un modo de acabar con esta situación: educar al personal para la guerra contra el ocupante, para la resistencia, para asumir el inevitable y descarnado conflicto (con sangre, sudor y lágrimas -como todo conflicto que se precie de ser real y no virtual-). Un hombre lo intentó más que nadie, desde el punto de vista de diseño de estrategias antiamericanas: Jean Thiriart. Un hombre que, superando todo sectarismo, defendió la convergencia en un Frente Común de terceristas e izquierdistas europeos para luchar contra el ocupante usaco y sus lacayos. Un hombre que mantuvo contactos con comunistas alemanes, chinos, rumanos, así como con terceristas árabes (egipcios, palestinos, libios) e iberoamericanos (es notable su encuentro con Perón), que creó publicaciones de combate tan notables como La Nation Europeenne y organizaciones como la transnacional Joven Europa, cuya sección italiana, una de las más activas, desarrollaría un frente común con el maoísta PCI-ML, fruto del cual surgirían experiencias como Lotta di Popolo o las Brigadas Rojas (inspiradas en el proyecto thiriartiano de Brigadas Europeas de resistencia armada al ocupante USA).

Recordemos algunas de sus consignas:

«La guerra revolucionaria comenzará atacando los bienes industriales americanos. Luego, las familias de los militares americanos. Luego, a los mismos militares. Mucho antes de que hablen las armas hay que poner en ghettos al ejército americano. Que la actitud de las poblaciones civiles sea tal que, apenas abandonen ya sus acantonamientos, eviten incluso mezclarse con las poblaciones locales

«Se trata de expulsar de Europa a los Estados Unidos. Por todos los medios

En nuestro país, a raíz de las convulsiones rusas que darán lugar al resurgimiento de las dinámicas nacional/comunistas (prácticamente dormidas en su acepción más pura desde la caída de la república de Weimar), Thiriart comienza a difundirse como moda ideológica en diversos círculos (algo nada casual teniendo en cuenta que este agitador belga es uno de los teóricos más valorados hoy por el nacional-comunismo ruso). El propio devenir de estos círculos (salvemos uno, anterior a «la moda Thiriart», que intentó difundir esta línea de pensamiento de un modo más serio: hablo de la desaparecida Asociación Sin Tregua) ha demostrado lo veleidoso de estas querencias: el único español que creyó al ciento por ciento en las intuiciones de Thiriart, José Cuadrado Costa, desarrolló su labor política fuera de España (por considerar inepto el panorama local presuntamente afín), hace más de una década que murió y hoy sus reflexiones (algunos opúsculos sueltos o la colección de escritos Ramiro Ledesma Ramos, un romanticismo de acero) no se difunden entre la Tercera Posición con la urgencia que sería deseable (un ejemplo triste de ello: hay material de Cuadrado Costa inédito en nuestro país y, sin embargo, publicado en Francia y Bélgica).

Dejando aparte la figura de Thiriart, pero manteniéndonos en su línea de pensamiento, otra forma de contribuir a una cultura de resistencia antiUSA sería la de valorar todos aquellos acontecimientos (teóricos y fácticos) insertos en esa dinámica. Resulta descorazonador pensar que la única secuencia activista químicamente pura de combate europeo contra el ocupante USA (las acciones armadas de la alemana Fracción del Ejército Rojo contra instalaciones de la OTAN) no ha sido nunca valorada o asumida por los terceristas españoles (bueno, a excepción de un servidor -ver narraciones como El triunfo de la voluntad y Escenas del fin de siglo en El Corazón del Bosque o el artículo Ulrike Meinhof, una patriota alemana en PVO) mucho más ocupados en considerar suyos (por abstractas consideraciones doctrinales) a elementos vinculados a la red atlantista Gladio o a similares operaciones de contrainsurgencia. Siguiendo el modo de razonar de Thiriart, en un combate como el que supone la liberación europea de la presencia norteamericana, debemos valorar a quienes actúan en nuestra dirección (sin importarnos su pedigree ideológico) y debemos considerar enemigos a quienes actúan a favor del enemigo (aunque su discurso sea afín al nuestro). Eso es educar de veras en una cultura de la resistencia, no con protestas rutinarias de boletín extraparlamentario ni con shows (como aquella escena imbécil del miembro de Greenpeace emulando a Spiderman sobre la coronilla del Rey en la cumbre macroeconómica celebrada en Madrid en otoño ’94 (está claro que, de haberse celebrado dicha cumbre en Argel o en Moscú, las acciones de protesta habrían sido mucho más rotundas).

Optemos seriamente por una Europa Libre o por un continente sometido. Pero basta de payasadas o de marear la perdiz.

Por Fernando Márquez, director de la revista "El Corazón del Bosque".