lunes, 4 de mayo de 2015

Frente Sindicalista Revolucionario: Oposición Falangista al Franquismo



En 1963 se crea el Frente Nacional de Trabajadores, bajo la dirección de Narciso Perales y Ceferino Maestú, y poco después su rama estudiantil, el Frente de Estudiantes Sindicalistas (FES) a cuyo frente estaban Jorge Perales, Sigfredo Hillers y José Real, y en el que se agrupaban elementos disidentes de la Escuela Provincial de Mandos del Frente de Juventudes, junto a militantes más jóvenes. El F.E.S. se caracterizó por una reivindicación del falangismo joseantoniano que incurría, en opinión del resto de las organizaciones falangistas, en un excesivo dogmatismo, apelando a una ortodoxia fuera de tiempo.

Poco tiempo después, los conflictos surgidos entre el Frente Nacional de Trabajadores y el Frente de Estudiantes Sindicalistas, acerca de las directrices que se debían seguir, pero motivados por también determinados antagonismos personales, dieron lugar a la escisión de ambos grupos, convirtiéndose el Frente Nacional de Trabajadores en el Frente Sindicalista Revolucionario.

El FSR, dirigido por Narciso Perales, atrajo en 1966 a sus filas a Manuel Hedilla, lo que sin duda era una baza importante de cara a la competencia con el resto de los grupos disidentes. Hedilla, designado en abril de 1937 Jefe Nacional de FE de las JONS, en “ausencia” de José Antonio Primo de Rivera, había sido encarcelado por contravenir las órdenes dictadas por Franco una vez promulgado el Decreto de Unificación. Desde 1947, año en el que se puso fin al confinamiento al que fue sometido a la salida de la cárcel, Hedilla se había propuesto su rehabilitación política, lo que implicaba, aunque fuera indirectamente, un reavivamiento de los planteamientos que ya venían defendiendo desde hacía más de dos décadas los sectores falangistas disidentes, los cuales encontraban ahora una importante ayuda para su causa, aunque solo fuera por el mito que representaba Hedilla en cuanto represaliado del franquismo. Sin embargo, Hedilla no tardará en desligarse del FSR y acabará fundando, impulsado por sectores falangistas más conservadores, una nueva agrupación política, el Frente Nacional de Alianza Libre, de escasa significación.

A partir de entonces, la línea ideológica del FSR será marcada por Narciso Perales hasta que, a partir de 1970, recobren nuevo vigor los sectores sindicalistas que han ido abandonando sus orígenes falangistas. Este grupo acabará conformando, años después, el Partido Sindicalista.

Lo que a simple vista percibimos al pasar las páginas de las publicaciones del FES y de una buena parte de los boletines de los Círculos Doctrinales José Antonio (especialmente a partir de 1965), es la inclusión de un amplio número de escritos y discursos de las jefaturas de la primitiva Falange, en especial de los textos de José A. Primo de Rivera, y un constante recurrir a las efemérides de la historia del falangismo y a su calendario necrológico (asesinato de Matías Montero, ejecución de Primo de Rivera, el Cuartel de la Montaña) para elaborar una serie de escritos escasamente novedosos y en los que se insistía machaconamente en el hecho de que el programa falangista no había sido cumplido por el franquismo.

Nada parecido se encuentra en las páginas elaboradas por el F.S.R. En ellas, siguiendo la tesis de Perales de salvar la “substancia” más que la forma, que se considera perdida, y dado que de lo que se trataba era de procurar la atracción no sólo de falangistas dispersos sino de potenciales militantes del anarcosindicalismo, o de gentes no vinculadas a ninguna doctrina política en especial pero descontentos con la escasa atención que recibían las clases menos privilegiadas por parte del régimen, el nombre de Falange no aparecía por ninguna parte y la terminología falangista, a la que se recurría en escasas ocasiones (y de la que se prescinde desde finales de 1971), era tamizada o sometida a un proceso de readecuación, lo que para los puristas joseantonianos constituía una evidente distorsión o traición.

En el primer manifiesto doctrinal del F.S.R. encontramos unas líneas básicas de definición, sustentadas en un contenido anticapitalista, anticomunista, antiburgués y obrerista, enlazando con los posicionamientos de la disidencia falangista (con una clara referencia al “Movimiento que no se mueve”). El F.S.R., en opinión de sus dirigentes, nace para hacer frente:

  - A la explotación de los asalariados, que cada día perciben una parte proporcionalmente menor del producto de su esfuerzo, potenciado cada día más por la técnica.

  - A la especulación de solares y viviendas, el fraude financiero y comercial, el cohecho de los funcionarios públicos, la impunidad para los delincuentes y capitalistas.

  - Al crecimiento de los grupos financieros que manejan los resortes del Estado a su beneficio.

  - A los intelectuales que quieren canalizar el descontento del pueblo español de forma que se salve el capitalismo con la apariencia de una democracia falsa: la democracia burguesa.

  - A los comunistas que pretenden poner el Movimiento Obrero al servicio de una de las dos potencias imperialistas, y hacer triunfar en España una revolución traicionada y fracasada en Rusia, Polonia, Hungría, Checoslovaquia, etc.; y que acabó en otra forma de explotación a los trabajadores.

  - A la sociedad burguesa, corrompida por la propaganda, el erotismo, el lujo y la comodidad.

Por José Luis Rodríguez Jiménez y D. Antonio Fernández García.

Extraído de: La extrema derecha en España del Tardofranquismo a la consolidación de la democracia (1967-1982)

sábado, 2 de mayo de 2015

Oda al Dos de Mayo

  

Oigo, patria, tu aflicción,
y escucho el triste concierto
que forman,tocando a muerto,
la campana y el cañón.

Sobre tu invicto pendón
miro flotantes crespones,
y oigo alzarse a otras regiones
en estrofas funerarias,
de la iglesia a las plegarias,
y del Arte las canciones.

Lloras porque te insultaron
los que su amor te ofrecieron...
¡A ti, a quien siempre temieron
porque tu gloria admiraron:
a ti, por quien se inclinaron
los mundos de zona a zona;
a ti, soberbia matrona,
que libre de extraño yugo,
no has tenido más verdugo
que el peso de tu corona!

Doquiera la mente mía
sus alas rápidas lleva,
allí un sepulcro se eleva
cantando tu valentía;
desde la cumbre bravía
que el sol indio tornasola
hasta el África, que inmola
sus hijos en torpe guerra,
¡no hay un puñado de tierra
sin una tumba española!

Tembló el orbe a tus legiones,
y de la espantada esfera
sujetaron la carrera
las garras de tus leones;
nadie humilló tus pendones
ni te arrancó la victoria,
pues de tu gigante gloria
no cabe el rayo fecundo
ni en los ámbitos del mundo
ni en los libros de la Historia.

Siempre en lucha desigual
canta su invista arrogancia
Sagunto, Cádiz, Numancia,
Zaragoza y San Marcial;
en tu seno virginal
no arraigan extraños fueros,
porque indómitos y fieros
saben hacer tus vasallos
frenos para sus caballos
con los cetros extranjeros...

Y hubo en la tierra un hombre
que osó profanar tu manto...
¡Espacio falta a mi canto
para maldecir su nombre...!
Sin que el recuerdo me asombre,
con ansia abriré la historia;
presta luz a mi memoria,
y el mundo y la patria a coro
oirán el himno sonoro
de tus recuerdos de gloria.

Aquel genio de ambición
que, en su delirio profundo,
cantando guerra hizo al mundo
sepulcro de su nación,
hirió al íbero león,
ansiando a España regir,
y no llegó a percibir,
ebrio de orgullo y poder
que no puede esclavo ser
pueblo que sabe morir.

¡Guerra!, clamo ante el altar
el sacerdote con ira;
¡guerra!,repitió la lira
con indómito cantar;
¡guerra! gritó el despertar
el pueblo que al mundo aterra;
y cuando en hispana tierra
pasos extraños se oyeron.,
hasta las tumbas se abrieron
gritando: ¡Venganza y guerra!

La Virgen con patrio ardor
ansiosa salta del lecho;
el niño bebe en el pecho
odio a muerte al invasor;
la madre mata su amor,
y cuando calmada está,
grita al hijo que se va:
"¡Pues que la patria lo quiere,
lánzate al combate y muere;
tu madre te vegará...!"

Y suenan patrias canciones
cantando santos deberes,
y van roncas las mujeres
empujando los cañones;
al pie de libre pendones
el grito de patria zumba.
Y el rudo cañón retumba,
y el vil invasor se aterra,
y al suelo le falta tierra
para cubrir tanta tumba...

Mártires de la lealtad,
que del honor al arrullo
fuisteis de la patria orgullo
y honra de la Humanidad.
En la tumba descansad,
que el valiente pueblo íbero
jura con rostro altanero
que, hasta que España sucumba
no pisará vuestra tumba
la planta del extranjero.

Por Bernardo López García

viernes, 1 de mayo de 2015

La Autenticidad del Nacionalsindicalismo



La aparición del Fascismo italiano en 1919 y el Nacionalsocialismo alemán en 1933 trajo consigo en el resto de países europeos intentos - más o menos fallidos - de copias "baratas" de estos movimientos. Ejemplo claro de esto es el movimiento Fascista inglés de Mosley. Cuando los triunfos del Fascismo y del Nacionalsocialismo, en Italia y Alemania respectivamente, se hicieron cada vez más notorios, los intentos de exportación y copia de estos movimientos fieles a la particular idiosincrasia de su nación, aumentaron. Estos intentos de exportación y copia fueron, como era de esperar, un estrepitoso fracaso. No se daban cuenta, estos traidores a su pueblo, que fracasaban porque el Fascismo y el Nacionalsocialsmo eran movimientos genuinos y propios del pueblo italiano y germano.

Han pasado más de 70 años, y ahora no ya sólo se intenta implantar en España un movimiento ajeno a él, a su esencia, a sus tradiciones, a sus costumbres, a su idiosincrasia y a su pueblo, sino que además, se intentan implantar movimientos bajo los mismo lemas anacrónicos y muertos del s. XX. Increíble, pero cierto.

Y es que sumado a las siempre presentes importaciones traidoras ahora se han sumado las ancianidades. Ancianidades que no hacen más que inmiscuirse y entorpecer la auténtica revolución hispánica y juvenil.

No hay otra palabra mejor para describir a los plagiadores, que la de traidores. Traidores a su pueblo, a su historia y a su patria. España no se salvará ensalzando la raza germánica y a sus pensadores, ni tampoco intentanto reconstruir la Nueva Roma. España es - y esto es una afirmación irrefutable - un pueblo rico en grandes virtudes, genuinas y particulares. Virtudes que ningún otro pueblo posee. Virtudes que nos han llevado a formar el mayor Imperio conocido jamás por la historia.  Pueblo que vió nacer a Cervantes y de él la obra cumbre de la literatura española, la obra que define a la perfección al pueblo español, noble, bravío y justo.

"Nadie puede creer en serio que para conducir al pueblo español hacia jornadas triunfales, en pos de la Patria, el pan y la justicia, sea conveniente, ni necesario, ni posible, mostrarle una estampita, en un cromo, lo bien que funciona una marca política en este país o en aquél.

España se salvará extrayendo de sí el coraje, el contenido y las formas de una política, pariendo con sangre de sacrificio y dolor de autenticidad el futuro de sus rutas.

No podemos encomendar a ningún país extranjero el hallazgo de nuestra gloria y de nuestra propia salvación. Somos bravíos y genuinos. Pueblo entero, creador y sabio."(1)

Sumemos al grito de: ¡No más reyes de estirpe extranjera! El de: ¡No más ideologías de esencia extranjera!

Luchemos por nuestro pueblo, el español. Recuperamos nuestra autenticidad, la hispánica. Luchemos por el verdadero ideal español, el nacionalsindicalista.

Por Mario Montero
____________

(1): Ramiro Ledesma Ramos; JONS, nº 1, Mayo 1933. 

martes, 28 de abril de 2015

Bombacci: De Lenin a Mussolini



El 29 de abril de 1945 eran pasados por las armas los principales jerarcas fascistas a manos de los partisanos comunistas. Curiosamente entre éstos fascistas encontramos a Nicola Bombacci, el que fuera una de las máximas figuras del comunismo italiano, ni más ni menos que el fundador del Partido Comunista italiano (PCI), amigo personal de Lenin con el que estuvo en la URSS durante los años de la Revolución (en mayúscula). Apodado el “Papa Rojo” y finalmente incondicional seguidor de Mussolini, al que se unió en los últimos meses de su régimen. Su vida, ¿es la historia de una conversión o de una traición? O fue, acaso, ¿una evolución natural de un nacional bolchevique?

Un joven revolucionario

Nicola Bombacci nace en el seno de una familia católica (su padre era agricultor, antaño soldado del Estado Pontificio) de la Romagna, en la provincia de Forli, un 24 de octubre de 1879, a escasos kilómetros de Predappio, donde también nacerá cuatro años después el que sería fundador del fascismo. Es una región donde la lucha obrera se había distinguido por su dureza y un campesinado habituado a la rebelión, tierra de pasiones extremas. Por imposición paterna ingresa en el seminario pero lo abandonará al morir su progenitor. En 1903 ingresa en el anticlerical Partido Socialista (PSI) y decide estudiar para maestro para poder servir a las clases menos favorecidas en su lucha (nuevamente las similitudes con el Duce son evidentes, llegando a estudiar en la misma Escuela superior) para pronto dedicarse en cuerpo y alma a la revolución socialista. Su capacidad de trabajo y dotes de organizador le valen serle encomendada la dirección de órganos de prensa socialista, donde irá aumentando su poder en el seno del movimiento obrero, llegará a ser Secretario del Comité Central del partido y diputado, y donde conocerá a un muchacho unos años más joven: Benito Mussolini, que no olvidemos fue la promesa del socialismo italiano antes de tornarse nacional-revolucionario.

Opuesto a la línea blanda de la socialdemocracia, Bombacci fundará junto a Gramsci el Partido Comunista de Italia tras la fractura interna del PSI y viajará a principios de los años 20 a la URSS para participar en la revolución bolchevique a donde había ido ya antes como representante del partido socialista siendo captado para la causa de los soviets. Allí traba amistad con el propio Lenin que le diría en una recepción en el Kremlin aquellas famosas palabras acerca de Mussolini: “En Italia,compañeros, en Italia sólo había un socialista capaz de guiar al pueblo hacia la revolución Benito Mussolini”, y poco después el Duce encabezaría una revolución, pero la fascista.

Como líder (Antonio Gramsci era el teórico, Bombacci el organizador) del recién creado PCI, se convertirá en el auténtico “enemigo público nº 1 de la burguesía italiana que le apoda “El Papa Rojo”. Revalidará brillantemente su acta de diputado, esta vez en las listas de la nueva formación, mientras que las escuadras fascistas comenzaban a tomar las calles enfrentándose a las milicias comunistas en sangrientos combates. Bombacci se empeñará en detener la marcha hacia el poder del fascismo pero fracasará, desde las páginas de sus periódicos lanza invectivas contra el fascismo arengando a la defensa de la revolución comunista. Es una época en que los escuadristas con camisa negra cantan canciones irreverentes como “No tengo miedo de Bombacci/ ...con la barba de Bombacci haremos spazzolini (cepillos)/ para abrillantar la calva de Benito Mussolini”. Etapa en la que el comunismo se ve inmerso en numerosas tensiones internas y el propio Bombacci entra en polémica con sus compañeros de partido; uno de los puntos de fricción es precisamente la decisión entre nacionalismo e internacionalismo. Ya había mostrado antes tendencias nacionalistas, que hacían presagiar su futura línea, cuando aún estaba en el partido socialista y como consecuencia de un documento protestando contra la acción de Fiume de D’Annunzio que quería presentar el partido, Bombacci se rebeló y escribió sobre éste que era “Perfecta y profundamente revolucionario; porque D’Annunzio es revolucionario. Lo ha dicho Lenin en el Congreso de Moscú”.

El primer fascismo

En 1922 los fascistas marchan sobre la capital del Tíber; nadie puede impedir que Mussolini asuma el poder, aunque éste no será absoluto durante los primeros años del régimen. Como diputado y miembro del Comité Central del partido así como encargado de las relaciones exteriores del mismo, Bombacci viaja al extranjero con frecuencia. Está en el IV Congreso de la Internacional Comunista representando a Italia, en el Comité de acción antifascista, se entrevista con dirigentes bolcheviques rusos. Lleva ya media vida dedicada a la causa del proletariado y no está dispuesto a cejar en su empeño de llevar a la práctica su sueño socialista. Se convierte en un ferviente defensor del acercamiento de Italia a la URSS en la cámara y en la prensa comunista, seguramente hablando en nombre y por instigación de los dirigentes moscovitas, pero utilizando un discurso nacional-revolucionario que molesta en el seno del partido, que por otro lado está en plena desbandada tras la victoria fascista. Las relaciones con el revolucionario estado soviético sería una ventaja para Italia como nación, que también ve un proceso revolucionario aunque sea fascista. Inmediatamente le acusan de herético y piden que rectifique. No pueden admitir que un comunista exija, como hace Bombacci, “superar la Nación (sin) destruirla, la queremos más grande, porque queremos un gobierno de trabajadores y agricultores”, socialista y sin negar la Patria “derecho incontestable y sacro de todo hombre y de todo grupo de hombres”. Es la llamada “Tercera Vía” donde el nacionalismo revolucionario del fascismo pudiera encontrarse con el socialismo revolucionario comunista.

Bombacci es progresivamente marginado en el seno del PCI y condenado al ostracismo político, aunque no dejaría de tener contactos con algunos dirigentes rusos y la embajada rusa para la que trabajaba, además un hijo vivía en la URSS. Creía sinceramente en la revolución bolchevique y que, a diferencia de los camaradas italianos, los rusos tenían un sentido nacional de la revolución por lo que jamás renegará de su amistad hacia la URSS ni siquiera cuando se adhiera definitivamente al fascismo.

Con la expulsión definitiva del partido en 1927 Bombacci entra en una etapa que podemos calificar como los años del silencio que llegan hasta 1936 cuando lanzará su editorial y revista homónima bautizada La Verità (La Verdad) y que culminará en 1943 en una progresiva conversión hacia el fascismo. Sin embargo es demasiado fácil considerar que Bombacci simplemente se pasó con armas y bagajes al fascismo como pretenden los que le acusan de ser un “traidor”. Asistiremos a un proceso lento de acercamiento, no al fascismo sino a Mussolini y a la ala izquierdista del movimiento fascista, donde Bombacci se siente arropado y en familia, cercano a sus planteamientos revolucionarios, su corporativismo y sus leyes sociales de este fascismo del que “todo postulado es un programa del socialismo” dirá en 1928 reconociendo su identificación.

Comprobamos así como Bombacci, no es un fascista pero defiende los logros del régimen y la figura de Mussolini. No se acercó al partido fascista –jamás se adhirió al Partido Nacional Fascista- aún su amistad reconocida con Mussolini, no aceptó cargos que le pudieran ofrecer ni renegó de sus orígenes comunistas. Su independencia valía más. Sin embargo se convenció que el Estado Corporativo propuesto por el fascismo era la realización más perfecta, el socialismo llevado a la práctica, un estadio superior al comunismo. Jamás camuflaría sus ideales, en 1936 escribía en la revista La Veritá, confesando su adhesión al fascismo pero también al comunismo:

El fascismo ha hecho una grandiosa revolución social, Mussolini y Lenin. Soviet y Estado fascista corporativo, Roma y Moscú. Mucho tuvimos que rectificar, nada de qué hacernos perdonar, pues hoy como ayer nos mueve el mismo ideal: el triunfo del trabajo.

Mientras esto sucedía Bombacci tiene un largo intercambio epistolar con el Duce intentando influir en el antaño socialista en su política social. El máxime historiador del fascismo, Renzo de Felice, ha escrito al respecto que Bombacci tiene el mérito de haber sugerido a Mussolini más de una de las medidas adoptadas en esos años 30. En una de estas misivas, fechada en julio de 1934, propone un programa de economía autárquica (que aplicará Mussolini) que, dice Bombacci al Duce, es muestra de su “voluntad de trabajar más en aquello que ahora concierne, en el interés y por el triunfo del Estado Corporativo...”, como hace también desde las páginas de su revista donde una y otra vez batalla por una autarquía que haga de Italia un país independiente y capaz de enfrentarse a las potencias plutocráticas (entiéndase EE.UU. pero también Francia e Inglaterra). Por ello apoya decididamente la intervención en Etiopía en 1935, pero no como campaña colonial sino como preludio del enfrentamiento entre los países “proletarios” (entre los que estaría la Italia fascista) y los “Capitalistas” que irremediablemente deberá llegar, esa “revolución mundial (que) restablecerá el equilibrio mundial”. La acción italiana sería una “típica e inconfundible conquista proletaria” destinada a derrotar a las potencias “capitalistas” y cuya experiencia “deberá ser asumida... como un dato fundamental para la redención de las gentes de color, aún bajo la opresión del capitalismo más terrible”.

Contra Stalin

Entre los años 1936 y 1943, difíciles para el fascismo pues se inician los conflictos armados preludio de la derrota, Bombacci acrecienta su adhesión ideológica a Mussolini. Ya es un hombre que tiene casi sesenta años, ha visto cómo muchos de sus sueños socialistas no se han realizado, pero es un eterno idealista y no está dispuesto a abandonar la lucha por el socialismo, por “esa obra de redención económica y de elevación espiritual del proletariado italiano que los socialistas de primera hora habíamos iniciado”. Su editorial es una ruina económica, sus biógrafos han dejado constancia de las dificultades y penurias que sufre. Le habría bastado un paso oportunista e integrarse en el fascismo oficial y habría dispuesto de todas las ayudas del aparato del Estado pero no quiere perder su independencia aunque en ocasiones deba aceptar subvenciones del Ministerio de Cultura Popular.

Coincide esta etapa con una profunda reflexión de sus errores del pasado y una serie de ataques al comunismo ruso se habría vendido a las potencias capitalistas traicionando los postulados de Lenin. Así, escribe Bombacci en noviembre de 1937, las relaciones entre la URSS y los países democráticos sólo tenía una expoliación que delataría todo lo demás, “la razón es una sola, frívola, vulgar, pero real: el interés, el dinero, el negocio” por lo que podía este antaño comunista declarar abiertamente que “nosotros proclamamos con la conciencia limpia que la Rusia bolchevique de Stalin ha devenido una colonia del capitalismo masónico-hebraico-internacional...” La alusión antisemita no es nueva en Bombacci, ni en los teóricos socialistas de principios de siglo, pues no debemos olvidar que el antisemitismo moderno tuvo sus más fervientes defensores precisamente entre los doctrinarios revolucionarios de finales del siglo XIX cuando el judío encarnaba la figura del odiado capitalista. En Bombacci no encontramos un antisemitismo racialista sino social, acorde con los planteamientos mediterráneos del problema judío a diferencia del anti-judaísmo alemán o galo.

Cuando llega la segunda guerra mundial, y especialmente al estallar en el frente del Este, Bombacci participa de lleno en las campañas anticomunistas del régimen. Como dirigente comunista que ha viajado a la URSS su voz se hace oír. Ahora bien, no reniega de sus ideales, sino que profundiza en su tesis que Stalin y sus acólitos han traicionado la revolución. Escribe numerosos artículos contra Stalin, sobre las condiciones reales de vida en el llamado paraíso comunista, las medidas adoptadas por éste para destruir todos los logros del socialismo leninista. En 1943, poco antes de la caída del fascismo, concluía Bombacci resumiendo su posición en un folleto de propaganda:

Cuáles de las dos revoluciones, la fascista o la bolchevique, hará época en el siglo XX y quedará en la historia como creadora de un orden nuevo de valores sociales y mundiales? ¿Cuáles de las dos revoluciones ha resuelto el problema agrario interpretando verdaderamente los deseos y aspiraciones de los campesinos y los intereses económicos y sociales de la colectividad nacional? ... ¡Roma ha vencido! ... Moscú materialista semi-bárbara, con un capitalismo totalitario de Estado-Patrono, quiere unirse a marchas forzadas (planes quinquenales), llevando a la miseria más negra a sus ciudadanos, a la industrialización existente en los países que durante el siglo XIX siguieron un proceso de régimen capitalista burgués. Moscú completa la fase capitalista. ... Roma es bien otra cosa. ... Moscú, con la reforma de Stalin, se retrata institucionalmente al nivel de cualquier Estado burgués parlamentario. Económicamente hay una diferencia sustancial, porque, mientras en los Estados burgueses el gobierno está formado por delegados de la clase capitalista, el gobierno está en manos de la burocracia bolchevique, una nueva clase que en realidad es peor que esa clase capitalista porque sin control alguno dispone del trabajo, de la producción y de la vida de los ciudadanos...

La República Social Italiana

Cuando Mussolini es depuesto en julio de 1943 y rescatado por los alemanes unos meses después, el Partido Nacional Fascista se ha derrumbado. La estructura orgánica ha desaparecido, los mandos del partido, provenientes de las capas privilegiadas de la sociedad se han pasado en masa al gobierno de Badoglio e Italia se encuentra dividida en dos (al sur de Roma los aliados avanzan hacia el norte). Mussolini reagrupa a sus más fieles, todos ellos viejos camaradas de primera hora o jóvenes entusiastas, casi ninguno dirigente de alto rango, que aún creen en la revolución fascista y proclama la República Social Italiana. Inmediatamente el fascismo parece volver a sus orígenes revolucionarios y Nicola Bombacci se adhiere a la proclamada república y presta a Mussolini todo su apoyo. Su sueño es poder llevar a cabo la construcción de esa “República de los trabajadores” por la que tanto él como Mussolini combatiesen a principios de siglo juntos. Como Bombacci se le unen otros conocidos intelectuales de izquierda al nuevo gobierno como Carlo Silvestri (diputado socialista, después de la guerra defensor de la memoria del Duce), Edmondo Cione (filósofo socialista que será autorizado a crear un partido socialista aparte del Partido Fascista Republicano), etc.

El primer contacto con Mussolini lo tiene el 11 de octubre, hace apenas un mes de la proclamación de la RSI, y es epistolar. Bombacci le escribe a Mussolini desde Roma, una ciudad donde el fascismo se ha derrumbado estrepitosamente, los romanos han destruido todos los símbolos del anterior régimen en las calles, pero donde quedan muchos fascistas de corazón, y es ahora el momento que elige para declarar a Mussolini que está con él. No cuando todo eran parabienes y alegrías sino en los momentos difíciles como tan sólo hacen los verdaderos camaradas:

Estoy hoy más que ayer totalmente con usted” –le confiesa Bombacci- “la vil traición del rey-Badoglio ha traído por todos lados la ruina y el deshonor de Italia pero le ha liberado de todos los compromisos pluto-monárquicos del 22. Hoy el camino está libre y a mi juicio se puede sólo recorrer al resguardo socialista. Ante todo: la victoria de las armas. Pero para asegurar la victoria debe tener la adhesión de la masa obrera. ¿Cómo? Con hechos decisivos y radicales en el sector económico-productivo y sindical... Siempre a sus órdenes con el gran afecto de treinta años ya.

Mussolini, acosado por la situación militar pero más resuelto que nunca en llevar a cabo su revolución ahora que se ha desprendido de los lastres del pasado, autoriza que los sectores más radicales del partido asuman el poder y se inicia una etapa denominada de “Socialización” (nombre propuesto por Bombacci y aceptado por el Duce) que se traducirá en la promulgación de leyes claramente de inspiración socialista, en cuanto a la creación de sindicatos, cogestión de las empresas, distribución de beneficios, nacionalización de los sectores industriales de importancia. Todo ello resumido en los 18 puntos del primer (y único) congreso del Partido Fascista Republicano en Verona, un documento redactado por Mussolini y Bombacci conjuntamente, que debía convertirse en las bases del Estado Social Republicano. En política exterior intentará convencer a Mussolini que había que firmar la paz con la URSS y proseguir la guerra contra la plutocracia anglosajona, resucitar el eje Roma-Berlín-Moscú de los pensadores geopolíticos del nacional-bolchevismo de los años veinte, una propuesta que parece haber tenido éxito en Mussolini que escribirá varios artículos para la prensa republicana al respecto aún sabiendo que esta propuesta tenía una tenaz oposición por parte de un amplio sector del partido, en particular de Roberto Farinacci. Bombacci viaja al norte y se reinstala cerca de su amigo Walter Mocchi, otro veterano dirigente comunista convertido al fascismo mussoliniano que trabaja para el Ministerio de Cultura Popular.

Si para muchos el último Mussolini era un hombre acabado, títere de los alemanes, no deja de sorprender la adhesión que recibiera de hombres como Bombacci, un verdadero idealista, de altura imponente, con la barba crecida y una oratoria atrayente, alérgico a todo lo que pudiera significar encasillarse o aburguesarse, que tampoco ahora aceptará ni sueldo ni prebendas (sólo a principios de 1945 aparecerá su nombre en una lista de propuestas de nóminas del ministerio de Economía o como Jefe de la Confederación Única del Trabajo y de la Técnica). Bombacci se convertirá en asesor personal y confidente de Mussolini, para atraer de nuevo a las bases del partido de los trabajadores. Propone la creación de comités sindicales, abiertos a no militantes fascistas, elecciones sindicales libres, viajará a lo largo de las fábricas del industrializado norte (Milán-Turín) explicando la revolución social del nuevo régimen y el porqué de su adhesión. Parece que nuevamente el viejo combatiente revolucionario rejuvenece, tras un mitin en Verona y varias visitas a empresas socializadas escribe al Duce el 22 de diciembre de 1944: “He hablado una hora y 30 minutos en un teatro entregado y entusiasta... la platea, compuesta en la mayor parte por obreros ha vibrado gritando: Sí, queremos combatir por Italia, por la república, por la socialización... por la mañana he visitado la Mondadori, ya socializada, he hablado con los obreros que forman parte del Consejo de Gestión que he encontrado lleno de entusiasmo y comprensión de esta nuestra misión”. Mientras la situación militar se deterioraba por momentos y los grupos terroristas comunistas (los trágicamente famosos GAP) ya habían decidido eliminarle por el peligro que conllevaba su actividad para sus objetivos.

Pero la guerra está llegando a su fin. Benito Mussolini, aconsejado por el diputado ex-socialista Carlo Silvestri y Bombacci, propone entregar el poder a los socialistas, integrados en el Comité Nacional de Liberación, antes que a los dirigentes derechistas del sur. Sin embargo fracasan. En abril de 1945 las autoridades militares alemanas se rinden a los aliados, sin informar a los italianos, es el fin. Abandonados y solos.

Crepúsculo de un nacional-revolucionario

Durante los últimos meses de la RSI Bombacci continuó, incluso entonces, la campaña para recuperar a las masas populares y evitar que se decantasen por el bolchevismo. A finales de 1944 se publicaba un opúsculo titulado Esto es el Bolchevismo, reproducido en el periódico católico Crociata Italica en marzo de 1945, Bombacci insiste en las críticas hacia las desviaciones estalinistas del comunismo real que ha destruido el verdadero sindicalismo revolucionario en Europa con las injerencias rusas. Estas últimas semanas de vida de la experiencia republicana Bombacci está al lado de los que aún creen posible una solución de compromiso con el enemigo y así evitar la ruina del país. Leal hasta el final se quedará con Mussolini aún cuando todo ya definitivamente esté perdido, proféticamente habla de ello a sus obreros en una de sus últimas apariciones públicas, el 14 de marzo de 1945:

Hermanos de fe y de lucha... yo no he renegado a mis ideales por los cuales he luchado y por los que, si Dios me concede de vivir aún más, lucharé siempre. Pero ahora me encuentro en las filas de los colores que militan en la República Social Italiana, y he venido otra vez porque ahora que sí va en serio y es verdaderamente decisivo reivindicar los derechos de los obreros...

Nicola Bombacci, siempre fiel, siempre sereno, acompañará a Mussolini en su último y dramático viaje hasta la muerte. El 25 de abril está en Milán. El relato de Vittorio Mussolini, hijo del Duce, de su último encuentro con su padre, a quien le acompañaba Bombacci, nos muestra la entereza de éste:

Pensé en el destino de este hombre, un verdadero apóstol del proletariado, un tiempo enemigo acérrimo del fascismo y ahora al lado de mi padre, sin ningún cargo ni prebenda, fiel a dos jefes diversos hasta la muerte. Su calma me sirvió de consuelo.

Poco después, tras haberse Mussolini separado de la columna de sus últimos fieles para ahorrarles tener que compartir su destino, Bombacci es detenido por un grupo de partisanos comunistas junto a un grupo de jerarcas fascistas. La mañana del 28 de abril era colocado contra el paredón en Dongo, al norte del país, a su lado Barracu, un valeroso excombatiente, mutilado de guerra; Pavolini, el poeta-secretario del partido; Valerio Zerbino, un intelectual; Coppola, otro pensador. Todos gritan ante el pelotón que los asesina “¡Viva Italia!” mientras y no deja de ser una paradoja, fiel reflejo de la controvertida personalidad de Nicola Bombacci, que éste, mientras caía su cuerpo acribillado por las balas de los comunistas, gritase: “¡Viva el Socialismo!".

Por Erik Norling

Extraído de: "Fascismo Revolucionario".

domingo, 26 de abril de 2015

Cogestión Pública



1. ¿Qué es?
 
La autogestión obrera es un modo de organización empresarial en el que la dirección y la gestión de cada empresa recae sobre sus trabajadores. La cogestión es una fórmula en la que los trabajadores se hacen cargo parcialmente de  tal dirección y gestión, conservando el capital la otra parte de tales funciones. Lo que aquí se propone es una cogestión pública para la mediana y gran empresa, pues el control de cada empresa recaería en sus trabajadores, pero también en representantes del estado nacionalista elegidos para ese fin (no en el capital, pues es evidente que en un estado auténticamente nacionalista no tiene cabida la propiedad privada de la mediana y gran empresa).
 
2. ¿Por qué la cogestión pública?
 
Hay tres razones.

Por un lado, es una cuestión de principio. Sin socialismo no hay nacionalismo, o mejor, todo estado nacionalista debe incluir en su formación el principio socialista. En caso contrario, no habrá Volksgemeinschaft, sino lucha de cada cual en pos de intereses muy particulares. La mera titularidad pública de la mediana y gran empresa no garantiza principio socialista alguno, sino estatismo. Hay que introducir el principio socialista en los fundamentos productivos de la nación. La cogestión pública obrera sirve a ello.
 
Por otro, es una política que ayuda a conservar el poder nacionalista del gobierno y del propio estado. Hay varias razones económicas por las que la producción y/o distribución de determinados bienes y servicios no puede realizarse sino por empresas de tamaño mediano o grande. Además, dado el actual nivel de conciencia del pueblo, el desarrollo del estado nacionalista no ha de oponerse a la presencia de la iniciativa privada en aquellas actividades productivas que pueden ser realizadas a pequeña escala. Un ejemplo perfecto de ello es la pequeña propiedad campesina, sostenida a base del trabajo del propietario y de su familia. Otros serían el pequeño comercio, o pequeños talleres artesanos. Cuando la actividad económica, por razones de escala, requiere de empresas de mediano o gran tamaño, permitir que siga operando la iniciativa privada se contrapone al correcto desarrollo del estado nacionalista. Estas empresas privadas dejadas a su libre desenvolvimiento se convierten en entidades de gran poder, que se desborda y, conservando su naturaleza económica, devienen también poderes sociales y políticos. Ante esta situación el estado nacionalista se halla amenazado por  unos intereses privados que desvirtúan su esencia nacionalista.
 
¿Qué es una mediana empresa? En nuestro ámbito, convencionalmente se caracteriza a una empresa como mediana en función de tres variables: número de empleados, facturación anual y activos totales que reúnen. El criterio tradicionalmente más sólido resulta ser el número de empleados y aquí una mediana empresa es aquella que tiene entre 50 y 250 empleados. Pero este es un criterio imperfecto; la hegemonía liberal ha traído la lacra de la externalización, lo cual significa que una empresa puede tener nominalmente un número de trabajadores bastante inferior al de aquellos que trabajan efectivamente en ella y/o para ella en exclusiva. Un estado nacionalista debe considerar como mediana empresa aquella con más de 10 empleados. Hay a quién una empresa semejante puede no parecer muy grande, pero empresas de ese tamaño en el contexto de una pequeña localidad pueden fácilmente ser “entidades de gran poder, que se desborda y, conservando su naturaleza económica, devienen también poderes sociales y políticos”. El estado nacionalista debe nacionalizar cualquier empresa de más de 10 empleados. Ese es el límite que tal estado debe permitir a la iniciativa privada. Evidentemente, para evitar el fraude en esto, ningún individuo puede ser propietario de más de una empresa y ésta ha de tener un número no superior a los 10 empleados. Y tampoco puede ser un individuo propietario de una empresa a cuenta de otro.
 
Por tanto, la cogestión pública de la mediana y gran empresa es positiva per se, pero también por el efecto de conservación del poder político que tiene, a diferencia del estado actual de cosas, en el que el poder político no es un auténtico poder y es subsidiario de determinados intereses económicos (aparecen así en Europa los gobiernos de ocupación, que sustituyen a los antiguos gobiernos de base nacional).
   
El tercer motivo es que la cogestión pública puede ayudar a plantear y llevar a cabo de una forma ordenada y justa el necesario cambio de modelo económico. El capitalismo es un sistema económico muy despilfarrador de recursos, como materias primas escasas y energía. Muchas mercancías se producen sin existir una necesidad real de ellas, siendo esta necesidad artificialmente creada mediante la propaganda económica o publicidad. Un estado nacionalista debe orientar la producción de una manera racional y siempre en función de las necesidades reales de la nación, campo que incluye la industria armamentística, la investigación sobre energía y la conquista espacial.
 
3. Ejemplos históricos

Autogestión yugoslava(1)
 
En la empresa yugoslava se distinguen dos poderes, uno de gestión, que fija la política de la empresa, y que reside en los consejos obreros y, sobre todo, en las asambleas de personal, y otro de dirección, que ejecuta la política fijada por el primero, y que reside en el personal directivo.
 
La asamblea de personal adopta las principales decisiones de política general. El consejo obrero, integrado por los trabajadores elegidos por el personal del centro en votación secreta, supervisa y hace gestión ordinaria y elige al personal directivo.
 
A partir de 1974 se instituyeron las llamadas “organizaciones básicas de trabajo asociado”, compuestas por unidades de producción y gestión definidas y de menor tamaño que la empresa, como un taller o un departamento. Son los sujetos básicos de la autogestión.
 
Hay bastante polémica acerca del éxito o del fracaso de este sistema, si se compara con otros de inspiración comunista. Sí ha servido para combatir la organización tiránica típica tanto de la empresa privada capitalista como de la empresa estatal comunista, así como para mejorar la educación de los trabajadores. Los conflictos no han desaparecido, como era fácil prever y existe ambigüedad con respecto a la eficacia organizativa de este modelo, a pesar del evidente desarrollo económico experimentado.
 
Codeterminación en la República Federal de Alemania(2)
    



Las primeras industrias en acceder a la codeterminación, a través de dos leyes, una de 1951 y otra de 1956, fueron las minera y metalúrgica, algo conocido como el modelo de la “Montan-Mitbestimmung”. Es el modelo de codeterminación que llegó más lejos en Alemania Occidental y, por lo tanto, el que más nos interesa aquí (la Ley de Codeterminación de 1976, para empresas de más de 2.000 empleados excepto las mineras y metalúrgicas, tiene mucho menor alcance). Se materializa en la participación de los trabajadores en dos instituciones. Por un lado, en el consejo de administración, que es un órgano de control, y en el que representantes obreros (miembros del consejo de empresa así como sindicalistas) y representantes de los accionistas tienen el mismo número de miembros, rompiendo el empate un miembro en principio no vinculado a ninguna de las dos partes y considerado neutral. Por otro, en la dirección de la empresa, elegida por el consejo de administración, y en la que se crea la figura del director de trabajo, ocupado de la gestión del personal y de los asuntos sociales, y que necesita obligatoriamente de la confianza de los trabajadores.
 
Este modelo refuta la afirmación de que la cogestión no puede ser rentable.
 
República Social Italiana
 
En el Manifiesto de Verona, aprobado por el congreso del Partido Fascista Republicano en el congreso celebrado en dicha ciudad el 14 de noviembre de 1943, se acuerda poner en marcha la cogestión obrera de las empresas, además de otras medidas tendentes a transformar el estado en socialista. El punto 12 es el destinado a la cogestión y dice así:
 
«En toda empresa (industrial, privada, paraestatal y estatal) las representaciones de técnicos y operarios cooperarán íntimamente, por medio del conocimiento directo de su gestión, en la tarea de fijar salarios equitativos, así como en la justa distribución de las ganancias entre el fondo de reserva, beneficio al capital accionista y participación de los obreros en dichas ganancias.
    
En algunas empresas, esto podrá implantarse concediendo más amplias prerrogativas a las actuales Comisiones de fábrica. En otros casos, sustituyendo los Consejos de Administración por Consejos de empresa compuestos de técnicos y operarios y de un representante del Estado. Finalmente, también puede efectuarse mediante una cooperativa parasindical».
 
Los puntos 10 y 11, por su parte, sirven de base para la socialización de grandes empresas privadas.
 


Lo importante es que esto se llevó a la práctica. Según Norling: «Esta política nacional-revolucionaria podría haber quedado en mera especulación ideológica o de efectos propagandísticos pero el gobierno fascista republicano inmediatamente se pone en acción. El 13 de enero de 1944, unos meses después del congreso de Verona, se promulga la ley de bases previa a la ley de socialización. “Premisa fundamental para la creación de la nueva estructura de la economía italiana”, que se materializa en el decreto ley de la socialización aprobado por el Consejo de Ministros el 12 de febrero de ese mismo año. En esta ley se recogen principios como la cogestión de las empresas, nacionalización de aquellas que se requieran para el desarrollo de la economía nacional, reparto de beneficios, etc.»3. El decreto ley comienza con la cogestión, al que dedica los 29 primeros artículos. A partir del artículo 30 y hasta el 41 trata de la nacionalización de las empresas privadas. Este artículo 30 dice así: «La propiedad de empresas que comprendan sectores básicos para la independencia política y económica del país, así como aquellas que suministren materias primas, energía y servicios indispensables al normal desarrollo de la vida social, puede ser asumida por el Estado según las normas del presente decreto. Cuando la empresa sea considerada de actividades productivas diversas, el Estado puede asumir tan sólo una parte de la propiedad de dicha empresa. Por lo demás, el estado puede participar en el capital de las empresas privadas». Los artículos 42 hasta el 45, con el que concluye, hablan del reparto de beneficios.
 
A pesar de la oposición de la burguesía italiana y del ejército alemán, el 22 de enero de 1945 se logra socializar la importante empresa FIAT. A partir del 1 de febrero la socialización se extiende a otras empresas. La derrota fascista ante la alianza de las fuerzas de ocupación anglonorteamericanas y los marxistas italianos pone fin a la socialización fascista y las empresas vuelven a manos de la burguesía.
____
(1) J. Castillo, “La experiencia de autogestión yugoslava”.

(2) Hans-Werner Franz, “La codeterminación en la República Federal de Alemania”.

(3) Erik Norling. "Fascismo revolucionario" .

Fuente: Círculo Identitario Nietzsche

viernes, 24 de abril de 2015

Consignas de la Revolución

 

    Las JONS actuarán a la vez en un sentido político, social y económico. Y su labor tiene que resumirse en una doctrina, una organización y una acción encaminadas a la conquista del Estado. Con una trayectoria de abajo a arriba, que se inicie recogiendo todos los clamores justos del pueblo, encauzándolos con eficacia y absorbiendo funciones orgánicas peculiares del Estado enemigo, hasta lograr su propia asfixia. Para todo ello están capacitados los nuevos equipos españoles que  van llegando día  a día con su juventud a cuestas. Son hoy, y lo serán aún más mañana, la justificación de nuestro Partido, la garantía de su realidad y, sobre todo, los sostenedores violentos de su derecho a detener revolucionariamente el vivir pacífico, melindroso y burgués de la España vieja.

    Nuestra revolución requiere tres circunstancias, necesita esgrimir tres consignas con audacia y profundidad. Estas:

    1) SENTIDO NACIONAL, SENTIDO DEL ESTADO.- Incorporamos a la política de  España un propósito firme de vincular a la existencia del Estado los valores de Unidad e Imperio de la Patria. No puede olvidar español alguno que aquí, en la península,  nació la  concepción moderna del Estado. Fuimos, con Isabel y Fernando, la primera Nación del mundo que ligó e identificó el  Estado con el ser mismo nacional, uniendo sus destinos de un modo indisoluble y permanente. Todo  estaba ya allí en el Estado, en el Estado nacional,  y los primeros, los intereses feudales de los nobles, potencias rebeldes que equivalen a las resistencias liberal-burguesas con que hoy tropieza nuestra política.

    Hay en nosotros una voluntad irreprimible, la  de ser españoles, y las garantías de unidad, de permanencia y defensa  misma de la Patria las encontramos precisamente en la  realidad categórica del Estado.  La Patria es unidad, «seguridad  de que no hay enemigos, disconformes, en sus recintos». Y  si el Estado no es intérprete de esa unidad ni  la garantiza  ni la logra, según ocurre en períodos transitorios y  vidriosos de  los pueblos, es entonces un Estado antinacional, impotente y frívolo.

    Disponemos, pues, de un asidero absoluto. Quien se sitúe fuera de la órbita nacional, de su servicio, indiferente a la unidad de sus fines, es un enemigo, un insurrecto y, si no se expatría, un traidor. He aquí el único pilar firme, la única realidad de veras profunda que está  hoy vigente en el mundo. Se había perdido la noción de unidad  coactiva que es una Patria, un Estado nacional, y al recuperarla descubrimos que es sólo en su esfera donde radican poderes suficientemente vigorosos y legítimos para destruir sin vacilación todo conato de disidencia.

    Rechazamos ese absurdo tópico de que el pueblo español es ingobernable y anárquico. Estamos, por el contrario, seguros de que abrazará con fervor la primera  bandera unánime, disciplinada  y profunda que se le ofrezca con lealtad y brío.

    2) SENTIDO DE LA  EFICACIA, DE LA ACCIÓN.- Antes que a ningún otro, las JONS responderán a un imperativo de acción, de milicia. Sabemos que nos esperan jornadas duras porque no nos engañamos acerca de la potencia y temibilidad de los enemigos que rugen ante nosotros. Sépanlo todos los «jonsistas» desde el primer  día: nuestro  Partido nace más con  miras a la acción que a la palabra. Los pasos primeros, las victorias que den  solidez y temple al Partido, tienen que ser de orden ejecutivo, actos de presencia.

    Naturalmente, las  JONS sienten la necesidad de que en el plazo más breve la mayoría de los españoles conozca su carácter, su  perfil ideológico y su existencia política. Bien. Pero un hecho ilustra  cien  veces más rápida y eficazmente que un programa escrito.  Y nosotros renunciaríamos a todo intento de captación doctrinal y teórica si no tuviéramos a la vez fe  absoluta en la capacidad del pueblo español para hinchar de  coraje sus empresas. Pues la lucha  contra el marxismo, para que alcance y logre eficacia, no puede plantearse ni tener realidad en el plano de los principios  teóricos, sino allí donde está ahora acampado, y es presumible que no bastarán ni servirán de mucho las razones.

    Estamos seguros de que no se asfixiará nunca en España una empresa nacional de riesgo por falta de españoles heroicos que la ejecuten. Pero hace muchos años que el Estado  oficial se encarga de desnucar  toda tendencia valerosa de los españoles, borrando de ellos las ilusiones nacionales y educándolos en una moral cobarde, de pacifismo y renuncia, aunque luego los haga soldados obligatorios y los envíe a Marruecos  influidos por la sospecha de que batirse y morir por la Patria es una tontería.

    Necesitamos camaradas impávidos, serenos ante las peripecias más crudas. Nacemos para una política  de sacrificio y riesgo. Pues aunque el enemigo marxista se nutre de residuos extrahispánicos, de  razas que hasta aquí vivieron parasitaria y ocultamente en nuestro país con características cobardes, el engaño y la falacia de sus propagandas le han conseguido quizá la adhesión de núcleos  populares densos. Y el  marxismo no tolerará sin violencia  que se difunda y propague entre las masas nuestra  verdad nacional y sindicalista,  seguros de  la rapidez de  su propia derrota.

    El éxito de las JONS radicara en que el Partido desarrolle  de un  modo permanente tenacidad, decisión y audacia.

    3) SENTIDO SOCIAL, SINDICALISTA.- Nuestro propio pudor de  hombres actuales nos impediría hacer el menor gesto político sin  haber  sentido e interpretado previamente la angustia social de  las masas españolas. Las JONS llevarán, sí, calor nacional  a los hogares, pero también eficacia  sindicalista, seguridad económica. Fuera del Estado, a extramuros del servicio nacional, no admitimos jerarquía de  clases  ni  privilegios.  La Nación española no puede ser más tiempo una sociedad a  la deriva, compuesta de una parte por egoísmos sin freno, y, de otra, por apetencias imposibles y  rencorosas.  Las masas  populares tienen derecho a reivindicaciones de linaje muy vario, pero nosotros destacamos y señalamos dos  de ellas de un modo primordial: Primera, garantía de que el capital industrial  y financiero no tendrá nunca en  sus manos los  propios destinos nacionales, lo que supone el establecimiento de un riguroso control en  sus operaciones, cosa tan sólo posible en un régimen  nacional de sindicatos. Segunda, derecho permanente al trabajo y  al pan, es decir, abolición radical del paro forzoso.

    Es una necesidad en  la España de hoy liberar de las embestidas marxistas las economías privadas de los españoles. Pero  sólo en nombre de un régimen justo que imponga sacrificios comunes y consiga para el pueblo trabajador la estabilidad y satisfacción de su  propia vida podría ello efectuarse. Nosotros nos sentimos con fuerza moral para indicar  a  unos y a otros las limitaciones decisivas. Se trata de  un problema  de dignidad  nacional y  de disciplina. Si el mundo es materia, y para el hombre no hay otra realidad y poderío que el que emana de la  posesión de  la riqueza, según proclama y  predica el marxismo, los actuales poseedores hacen bien en  resistirse a ser expoliados. Pero el marxismo es un error monstruoso, y nadie puede justificarse en  sus normas.

    Nosotros, el nacional-sindicalismo, salvará a las masas españolas, no lanzándolas rencorosamente contra la propiedad y la  riqueza de los otros, sino incorporándolas a un orden hispánico donde residan y radiquen una vida  noble, unos servicios eminentes y  la gran emoción nacional de  sentirse vinculados a una Patria, a una cultura superior, que los españoles hemos de alimentar y  nutrir con talento, esfuerzo y dignidad.

    Sabemos que hoy en España la necesidad más alta es recoger y exaltar todos los heroísmos angustiados de las masas, que van entregándose, una tras otra, a experiencias demoledoras e infecundas. Habrá, pues, que hincharse de coraje, de razón  y de voluntad, y luego, a flechazo limpio, dar a todos  una orden de marcha, imperativa  y férrea, a salvarse, quieran o no, tras de la PATRIA, EL PAN Y LA  JUSTICIA, según reza la consigna  central y fundamental de las JONS.

Por Ramiro Ledesma Ramos,

Extraído por SDUI de: «JONS», nº 2, Junio 1933

miércoles, 22 de abril de 2015

Líneas para una Lucha Revolucionaria



Sobre la estrategia y la táctica de la acción revolucionaria

El deber fundamental de la van­guardia revolucionaria (...) con­sistirá en la destrucción -en su actual contenido- de los instrumentos del capitalismo, y en erradicar los mitos, las costumbres, la mentalidad de slo­gans y de lugares comunes que el sistema ha impuesto.

No se trata de "reformar" el siste­ma, no de defender algunas de sus re­alidades frente a otras –las contradic­ciones en el seno del sistema siempre se resuelven por el interés superior del sistema mismo-, sino de acabar con el sistema en sí y en cuanto tal, de individualizar los puntos de auto­nomía, de resistencia, y de preparar la revuelta como un ataque a los mis­mos fundamentos del capitalismo. Se trata de edificar una fuerza re­al y libre de toda pasión doctrinaria, capaz de llevar primero al conoci­miento, y después a la responsabilización, y por fin a la lucha a todos los individuos que hasta ahora no han sido integrados en el sistema productivo-consumista: el subproletariado, las minorías revolucionarias del pro­letariado industrial y campesino, los estudiantes, o cualquier hombre libre que opere en un determinado sector (ejército, magistratura, mundo de la técnica y de la investigación...), hombres de pensamiento extraño a la "inteligentzia" y al intelectualismo del sistema.

La desintegración en el interior de los países capital-imperialistas y la revuelta de los pueblos del Tercer Mundo ha conducido a la asimilación por parte de la burguesía de los canales potencialmente revoluciona­rios; mientras el pueblo progresiva­mente se va aburguesando, el colo­nialismo político ha cambiado su ros­tro por un colonialismo exclusiva­mente económico-cultural. La van­guardia revolucionaria deberá tener presente de guardarse de las tesis "fatalistas" y de las eventuales promesas de los profetas pseudo-científicos: sólo una voluntad lúcida es la que puede formar la historia, y esa fuerza debe traducirse en acciones dirigidas contra el sistema; la vanguardia revolucionaria deberá ocupar sin premura el espacio político-social en donde esa voluntad pueda traducirse en fuerza y en acciones reales.

En la presente situación histórica, la única realidad revolucionaria es aquella que se opone al enemigo real: el capital-imperialismo, y la que deli­nea la marcha hacia un orden huma­no auténtico, y este orden, al día ac­tual, sólo puede estar representado por una Europa liberada a través de la lucha del pueblo. Una Europa que adquiera su uni­dad en la maduración y en la conver­gencia revolucionaria de los pueblos europeos: no un Tercer Bloque dis­puesto a ocupar su lugar imperialista, sino una fuerza-guía de todos los pueblos oprimidos por la Santa Alianza soviético-americana, una Eu­ropa capaz de liberar al hombre de la opresión del dinero y de las técnicas de la usura.

La lucha de las vanguardias revo­lucionarias de los países europeos debe –sin perder de vista la lucha de los pueblos del Tercer Mundo- ten­der a encontrar la salida justa para to­dos los pueblos de Europa. Y para conseguir esto no sirven los lanzamientos de programas, la estéril idolatría de los esquemas inte­lectuales que ahogan la realidad histórica actual. La única lucha cohe­rente consiste en acentuar las contra­dicciones y los puntos débiles del sis­tema para acelerar así la crisis per­manente.

La Vanguardia Revolucionaria nace de la realidad de un tipo huma­no que no ha sido "integrado" y que se organiza "desde la realidad". Es capital que la Vanguardia Revolucio­naria tenga siempre presente el peli­gro representado por la infinita capa­cidad de absorción y de instrumentalización de la sociedad burguesa para anular la combatividad revoluciona­ria de los hombres libres: si no quiere servir de juego al sistema, la Van­guardia Revolucionaria no debe intentar "imitar" a la "democracia" (tal y como hacen los reformistas pseudo-revolucionarios); ni siquiera "in­vocar" a la "democracia" (como ha­cen los "rebeldes"); y mucho menos "insistir" en la "democracia" (como hacen los intelectuales populistas y los sindicatos, siervos del capitalis­mo).

El problema fundamental consiste en extirpar las desvirilizantes costum­bres mentales impuestas por la filosofía y por la "cultura" burguesa, en refutar sus pretendidos logros, desmitificar sus mitos y en negar su fal­sa realidad. Necesitamos habituar a las masas en la lucha permanente y en la nega­ción sistemática de todo aquello que es "oficial" y "típico" de "esta" so­ciedad y de "esta" cultura: sólo así podremos romper los vínculos de fondo que unen a las masas con la sociedad de consumo; sólo así podre­mos impedir cualquier compromiso entre las fuerzas revolucionarias y el poder burgués: Por la Cultura contra la "cultura oficial", por la Ciencia contra la "ciencia oficial", por la Mo­ral contra la "moralidad oficial".

Al conducir a las masas a la lucha -incluso reivindicativa-, la acción re­volucionaria no debe mirar tanto hacia las mejoras materiales, cuanto al cambio radical de valores y de cos­tumbres, así como de las estructuras sociales, para eliminar la sustancia materialista y capitalista.

Todas las acciones políticas, so­ciales, culturales, sindicales, son vá­lidas en cuanto sirven para mantener y acentuar un estado de tensión ideal y social en un sentido revolucionario antiburgués, y la validación de la uti­lidad de dichas acciones prescindirá siempre de los resultados contingen­tes de las acciones mismas; para ello, la Vanguardia Revolucionaria no de­be tomar nunca como un fin en sí la conquista de objetivos parciales (un gran peligro, pues pudiera suponer un parcial agotamiento de los moti­vos de la lucha revolucionaria), sino que estos objetivos deben servir para acrecentar la tensión revolucionaria, que no debe cesar hasta la obtención de nuevos "mitos" y de nuevos auténticos valores provocados por la acción educativa sobre las masas de la Lucha del Pueblo.

Sobre la moralidad de la acción revolucionaria

En la praxis de Lotta di Popolo (Lucha del Pueblo), y en la clara vi­sión interior de los hombres que de­ben conducirla, será esencial el do­tarse de una ética nueva.

Las masas están hoy en día edu­cadas en el culto al "bien económi­co" y a la "propiedad" (privada o pú­blica, da igual) en una sociedad en la cual la medida de los hombres está basada únicamente en el bien econó­mico, y cuyo último fin ético es la tu­tela de este bien económico. La fun­ción primera y determinante de la Lucha Revolucionaria será la de ele­var a las masas a la capacidad de concebir valores, digninades y pode­res que no tengan conexión alguna con la "fuerza económica", en la vi­sión de un orden más alto, donde, aún reconociendo que el "poseer" es un complemento necesario de la personalidad humana, no se absolutice la importancia de este medio, de iure, como la única realidad sostenible.

La Lucha Revolucionaria, por tanto, contra todo juicio negativo ba­sado sobre la interpretación burguesa del derecho y de la moral, posee un altísimo contenido ético: su moral está basada en el hombre que puede realizarse a sí mismo, del hombre que pretende reconquistar el derecho de "hacerse" su propio destino: vol­viendo a elevar al hombre sobre las estructuras, al centro de la historia.

La Lucha Revolucionaria es siempre un acto moral en cuanto que pretende liberar al hombre de las fuerzas que le son extrañas, en cuanto que es un instrumento del hombre para reconquistar su propio destino, en cuanto que es un instrumento si­tuado frente a las presuntuosas abs­tracciones intelectuales lejanas a la plenitud humana.

¿Qué se pretende?

La Sociedad Integral, el nuevo mundo que intentamos construir, no es la Ciudad del Sol, la "Utopía" o el Paraíso Terrenal; la lucha y las con­tradicciones seguirán existiendo, pero devolviendo al hombre sus pasiones, su realidad y sus exigencias psíqui­cas. Será una sociedad, por lo tanto, liberada de las leyes de la usura y de las entidades metafísicas que le son extrañas al ser humano.

La diferencia sustancial entre "esta" sociedad y la sociedad revolucio­naria consistirá, de hecho, en que el poder político no estará condicionado por el poder económico; en que el ca­pital no será el motor y el fin del mo­vimiento social, sino sólo un instru­mento de la convivencia civil bajo la coordinación del poder político; que el poder político promoverá la partici­pación directa de cada individuo -según su propio grado de responsabi­lidad- en la vida común; y, ante todo, que el ser humano podrá reconquistar la integridad de sus capacidades crea­tivas individuales y su irrenunciable dimensión humana de responsabili­dad y de dignidad que solo pueden ser posibles en un orden que no ob­serve a los ciudadanos como "masas" o como "clases", sino como un con­junto de hombres individualizados y caracterizados, como personas.

Nuestra lucha no nace en nombre de una ideología -esquema antihistó­rico que ha sido privado de todo sig­nificado y de toda actualidad en el de­venir de la vida en común- sino en nombre de una Visión del Hombre, del Mundo y de la Historia vista inte­riormente y expresada vitalísticamente -a través de la praxis de la Lucha Revolucionaria- en un existencialismo activo.

Pretender delinear la Sociedad In­tegral, es decir, lugar en el cual el hombre sea creador, partícipe y res­ponsable, significa reducir la Lucha del Pueblo en esquemas paralizantes.

Nunca seremos teorizadores o rí­gidos doctrinarios -a los que la Histo­ria consume y devora-. Nuestra pre­tensión es liberar al hombre del alto precio pagado por el progreso tec­nológico en las exigencias de la usura internacional. No tenemos ni el pre­texto ni la intención de racionalizar la historia. Los revolucionarios quere­mos ser portadores de valores que se afirman con la conquista del poder: las ideas sólo caminan en la voluntad y en el coraje de los hombres.

Extracto de un panfleto clandestino del grupo nacional-revolucionario italiano Lotta di Po­polo fechado en mayo-junio de 1971.

Fuente: Pueblo Indómito