viernes, 30 de octubre de 2015

Entrevista a Trinidad Ledesma Ramos



«Mi hermano creía tener una
solución política para España»

Trinidad Ledesma Ramos, catedrática de Filosofía y periodista, tenía mucho que hablar de su hermano, a cuya memoria y estudio ha dedicado toda su vida. El lugar donde mantuvimos la conversación fue el despacho que siempre había ocupado Ramiro Ledesma, y que Trinidad ha mantenido igual, sin tocar nada. Sus muebles, sus libros, sus notas, su máquina de escribir... todo sigue en el mismo sitio. Antes de nada preguntamos a Trinidad si se ha contado con Ramiro Ledesma a la hora de valorar su obra y su aportación al pensamiento político nacional...

— No, por supuesto que no. Mi hermano funda las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista, y ahí estaba la doctrina nacional sindicalista. José Antonio funda dos años después Falange Española. Ramiro ha sido muy mal tratado, porque no se le ha tenido en cuanta. Ya en el año 1931, en el número veintitrés de “La Conquista del Estado”, hablaba de la formación del partido, y aparecen los estatutos, que luego, en el año 1933, los revisa y se refunden. Fue mi hermano el que los presentó en la Dirección General de Seguridad, y ahí está, avalado con su firma. Ramiro, en su libro “Discurso a las Juventudes de España”, se refería a una doctrina que luchara por la paz, por la justicia social, etc., y, sin embargo, desde hace cuarenta años ¿quién se dice que fundó el nacional sindicalismo? Yo estoy intentando editar unos libros para que se sepa la verdad, pero me moriré sin conseguirlo, aunque, sobre todo, los estudiosos ya están al corriente de los hechos verdaderos.

En cuanto a autores y obras que hablen de Ramiro Ledesma y que merezcan la pena, Trinidad Ledesma nos señala la biografía de Tomás Borrás y la de Sánchez Diana, “que contaron conmigo a la hora de escribir”“También hay otros libros que es mejor no mencionar, porque han sido insultantes y no tenían nada que ver con la verdad. Durante cuarenta años se han tergiversado las cosas, pero Franco nunca ha tenido nada que ver. Él se encontró con el problema y no pudo hacer nada.”

¿Qué puede relatarnos de sus últimos momentos en la cárcel, de su probable conversión religiosa?

—Bueno, de eso yo no sé mucho. Yo iba a la cárcel a verle, pero, las cosas como son, me daba mucho miedo, estaba aterrorizada. Íbamos las mujeres a ver a nuestros familiares, porque para los hombres era más peligroso. Nos hacían ir bastante tiempo antes de que fuera la hora de visita y nos ponían en fila. Después, todos los visitantes y los presos estábamos en la misma habitación, que era muy pequeña. Fui pocas veces, porque pasó poco tiempo desde que lo detuvieron hasta que murió, en octubre. Una de las veces me dijo que iban a celebrar juicios y mi hermano el mayor se puso en contacto con un abogado, que a pesar de ser un poco de izquierdas estuvo encantado de ayudar a Ramiro, pero nunca fue a verle a la cárcel ya lo habían trasladado a otro sitio, y no pudo verle. Lo que había ocurrido es que separaron a los que iban a matar y a los que pasarían tiempo en la cárcel, pero sin peligro para su vida. En cuanto a lo de su conversión yo, la verdad, lo que sé es a través del sacerdote que estuvo con él los últimos momentos, que era el párroco de San Ginés. Ramiro era un hombre serio y muy ético, quizá demasiado ético, que heredó, como el resto de los hermanos, la educación de los padres. Eso lo sabía yo y lo confirmé en la cárcel, a pesar, como digo, del miedo que me daba.

Según va trascurriendo la conversación llegamos al punto de los estudios de Ramiro Ledesma. Con veintipocos años ya era licenciado en Filosofía y Letras, rama de filosofía, y le quedaba una asignatura para acabar Ciencias Exactas. Además, tenía un puesto para ganarse la vida en telégrafos. Antes de dedicarse a la política, sólo vivía para el estudio. Al no tener muchos medios económicos iba al Ateneo a leer todos los libros que quería. Tenía su propio círculo de amistades, todos intelectuales, y escribió varios libros de política, como “¿Fascismo en España?”, ensayo, novela (“El sello de la muerte”) y numerosos artículos y entrevistas.

Por otro lado, también tenía otras aficiones, como el cine —excepto la comedia musical—, la música —su músico preferido era Wagner— y montar en moto y esquiar.

“Era un matemático fuera de serie”, nos dice Trinidad. “Sólo sé que estudiando segundo de facultad ya escribía paraRevista de Occidente y para La Gaceta Literaria y le encargaron una entrevista con Rey Pastor, el matemático número uno, que era español aunque residía en Buenos Aires. Esa entrevista fue publicada hasta en las mejores revistas literarias de París.”

Para su hermana, Ramiro, por el que siente verdadera pasión, era un hombre serio, honesto, valiente y ético. Confiaba en la juventud española por encima de todo; porque era la única que podía salvar a España.

“Para hablar de Ramiro necesitaríamos mucho tiempo, porque en una conversación no se puede abarcar a un hombre como él. Yo he dedicado toda mi vida, dice Trinidad, a su memoria y para desmentir falsedades que se han dicho sobre él, falsedades guiadas por intereses propios.”

— Ramiro se inicia en la vida política en el año 1930, aunque no fue de forma precipitada, ya que él tenía entonces un pensamiento muy definido. Fue una sucesión debido a su madurez mental. Iba quemando etapas, e igual que pasó de la novela al estudio universitario, pasó del estudio universitario a la política. Debido a su preparación cultural tenía ya muchas claves y se daba cuenta de que España se moría, que estaba envejecida y necesitaba savia nueva. Y en vez de haber hecho lo que otros, seguir con sus libros y con su filosofía, quiso poner en práctica sus conocimientos al servicio de España. Lo dejó todo, sabiendo el peligro que corría, pero no tuvo miedo nunca. Como ejemplo basta mencionar el periódico que fundo “La Conquista del Estado”, cuyos titulares eran un verdadero móvil para la población. Tenía artículos —que guardo todavía— a favor de la lucha contra el marxismo. Parecen escritos para una situación como la actual. Ramiro como intelectual tenía todas las puertas abiertas para ser una primera figura mundial, incluso en filosofía ya tenía una selección de textos que iban a constituir como un manifiesto, pero lo dejó todo, porque creía tener una solución política para España. Y así fue hasta el último momento, porque cuando la situación se puso mal, mi hermano mayor le dijo que se refugiase en una embajada, como hacían otros, pero él dijo: “Yo he dirigido un movimiento de este tipo para salvar a España, dando la cara, y  no me puedo esconder”.Entonces fue detenido junto a mi hermano mayor por donde estaba el Parque de Bomberos, un 1º de agosto. Después vino la cárcel y su muerte, que fue como su vida, una valentía que no todos tienen. Está enterrado en Aravaca y le voy a decir una cosa: desde el día de la liberación no le ha faltado una corona de laurel de un grupo de jóvenes que no le olvidaron. A su muerte, Ortega y Gasset, que estaba en París y le afectó mucho, dijo: “No han matado a un hombre, han matado un pensamiento”.



[Entrevista realizada por Pilar González Peña a Trinidad Ledesma Ramos, publicada en la revista Fuerza Nueva, nº 850, Madrid, 1 al 15 de octubre de 1983, p. 29 - 31]

martes, 20 de octubre de 2015

Vientos del pueblo



Vientos del pueblo me llevan,
vientos del pueblo me arrastran,
me esparcen el corazón
y me aventan la garganta.

Los bueyes doblan la frente,
impotentemente mansa,
delante de los castigos:
los leones la levantan
y al mismo tiempo castigan
con su clamorosa zarpa.

No soy de un pueblo de bueyes,
que soy de un pueblo que embargan
yacimientos de leones,
desfiladeros de águilas
y cordilleras de toros
con el orgullo en el asta.
Nunca medraron los bueyes
en los páramos de España.
¿Quién habló de echar un yugo
sobre el cuello de esta raza?
¿Quién ha puesto al huracán
jamás ni yugos ni trabas,
ni quién al rayo detuvo
prisionero en una jaula?

Asturianos de braveza,
vascos de piedra blindada,
valencianos de alegría
y castellanos de alma,
labrados como la tierra
y airosos como las alas;
andaluces de relámpagos,
nacidos entre guitarras
y forjados en los yunques
torrenciales de las lágrimas;
extremeños de centeno,
gallegos de lluvia y calma,
catalanes de firmeza,
aragoneses de casta,
murcianos de dinamita
frutalmente propagada,
leoneses, navarros, dueños
del hambre, el sudor y el hacha,
reyes de la minería,
señores de la labranza,
hombres que entre las raíces,
como raíces gallardas,
vais de la vida a la muerte,
vais de la nada a la nada:
yugos os quieren poner
gentes de la hierba mala,
yugos que habéis de dejar
rotos sobre sus espaldas.
Crepúsculo de los bueyes
está despuntando el alba.

Los bueyes mueren vestidos
de humildad y olor de cuadra:
las águilas, los leones
y los toros de arrogancia,
y detrás de ellos, el cielo
ni se enturbia ni se acaba.
La agonía de los bueyes
tiene pequeña la cara,
la del animal varón
toda la creación agranda.

Si me muero, que me muera
con la cabeza muy alta.
Muerto y veinte veces muerto,
la boca contra la grama,
tendré apretados los dientes
y decidida la barba.

Cantando espero a la muerte,
que hay ruiseñores que cantan
encima de los fusiles
y en medio de las batallas. 

                                                                                        Por Miguel Hernández

viernes, 2 de octubre de 2015

El sentido social del Fascismo




Hasta ahora que ha llegado la República a España, para seguir despertando a España –tras el clarinazo de la Dictadura– de una modorra casi secular, ha sido difícil y peligroso hablar en serio del Fascismo entre nosotros.

Los interesados en mantener el equívoco –y son muchos en España– habían hecho creer a las buenas gentes que el Fascismo significaba algo negativo, reaccionario, capitalista, monárquico, clerical y tiránico del pueblo. Habían hecho creer a nuestras buenas gentes –y son muchas en España– que el Fascismo era algo así como un pronunciamiento a lo siglo XIX.

Pero las cosas se han precipitado de tal modo que en el ambiente español –y en el ambiente europeo– que la palabra «Fascismo» va teniendo un nuevo sentido, un nuevo sentido salvador, positivo, social y universal.

Hoy Europa –y el mundo– están divididos en tres campos de lucha: el «campo comunista», que desea arrasar con su avalancha, oriental y bárbara, toda una civilización secular, hecha entre lágrimas, heroísmos y sangre; el «campo liberal socialdemócrata», que con sus anticuados órganos de Gobierno (Parlamento, sufragio universal) quiere por un lado contener inútilmente el cataclismo, y por otro, instaurar un iluso equilibrio de fuerzas sociales, a base del mito de «la libertad individual». Y por último, el «campo fascista», que aceptando las masas sociales y los procedimientos de acción directa propios del comunismo, salva con ellos cierta autonomía individual, salva esencias imponderables de la civilización europea, y organiza de nuevo el mundo en una paz equilibrada, en una armonía de Capital y de Trabajo, en un sentido corporativo del Estado.

Frente al «Comunismo», que todo lo quiere para la «Masa» («todo el poder para el Soviet»), y frente al «Liberalismo», que todo lo quiere para el «individuo», llega el «Fascismo», para integrar estos dos factores en un único cuerpo o «Corporación». La derecha y la izquierda sirven en el Fascismo a un solo cuerpo: «el Estado.» Lo mismo que en el hombre, la derecha y la izquierda le sirven para la lucha del cuerpo y del alma.

Roma, otra vez en la historia, ha resuelto la gran ecuación social. Como en tiempos de César, de San Pablo, de Constantino, de San Agustín, de Santo Tomás, de Campanella, de San Ignacio.

Mussolini tiene ese sentido profundo en la nueva historia del mundo. Siendo socialista, marxista, aportó en su movimiento el «genio de Oriente», comunista, y admitió las masas al Poder. Pero siendo también europeo, aceptó la función de la «iniciativa privada», del capital, y la libertad, para que las masas pudieran moverse.

Es hora ya de decir que el Fascismo, consecuencia de la Revolución rusa, es el triunfo de lo social: nacionalizado, universalizado, racionalizado.

Ni Oriente ni Occidente, sino lo universal, lo ecuménico. Ni Moscú ni Ginebra: Roma.

Por eso los que visitan Italia, tras diez años de este régimen tan nuevo y tan antiguo, tan moderno y tan tradicional, observan que el secreto y el sentido del Fascismo es «fundamentalmente social».

El Capital no ha sido aplastado por la Masa. Sino controlado por el Estado, para que sirva a la Masa, a los humildes. El trabajador en el régimen fascista, lo es todo. Es el auténtico régimen de los «trabajadores». Los trabajadores en el Fascismo han ascendido a primera clase social. Todo está en el Fascismo, en vista de la producción nacional.

Y el trabajador, ascendido a primate histórico, ha dejado de ser proletario. Y es patriota, y es espiritual, y siente ansias nobles de expansión y de dominio, de gloria.

La Historia se repite porque es siempre la misma. Antiguamente se decía: «Todos los caminos llevan a Roma.» Hoy lo podemos repetir. Sobre todo, los pueblos que nacimos del genio romano. Y es porque Roma, con el Fascismo, ha encontrado de nuevo la «solución de la Historia», la salvación de Europa, el «sentido de lo social». 

Por Ernesto Giménez Caballero

martes, 8 de septiembre de 2015

Postdata sobre las Sociedades de Control



I. Historia
Foucault situó las sociedades disciplinarias en los siglos XVIII y XIX; estas sociedades alcanzan su apogeo a principios del XX, y proceden a la organización de los grandes espacios de encierro. El individuo no deja de pasar de un espacio cerrado a otro, cada uno con sus leyes: primero la familia, después la escuela (“acá ya no estás en tu casa”), después el cuartel (“acá ya no estás en la escuela”), después la fábrica, de tanto en tanto el hospital, y eventualmente la prisión, que es el lugar de encierro por excelencia. Es la prisión la que sirve de modelo analógico: la heroína de Europa 51 puede exclamar, cuando ve a unos obreros: “me pareció ver a unos condenados…”. Foucault analizó muy bien el proyecto ideal de los lugares de encierro, particularmente visible en la fábrica: concentrar, repartir en el espacio, ordenar en el tiempo, componer en el espacio-tiempo una fuerza productiva cuyo efecto debe ser superior a la suma de las fuerzas elementales. Pero lo que Foucault también sabía era la brevedad del modelo: sucedía a las sociedades de soberanía , cuyo objetivo y funciones eran muy otros (recaudar más que organizar la producción, decidir la muerte más que administrar la vida); la transición se hizo progresivamente, y Napoleón parecía operar la gran conversión de una sociedad a otra. Pero las disciplinas a su vez sufrirían una crisis, en beneficio de nuevas fuerzas que se irían instalando lentamente, y que se precipitarían tras la segunda guerra mundial: las sociedades disciplinarias eran lo que ya no éramos, lo que dejábamos de ser.
Estamos en una crisis generalizada de todos los lugares de encierro: prisión, hospital, fábrica, escuela, familia. La familia es un “interior” en crisis como todos los interiores, escolares, profesionales, etc. Los ministros competentes no han dejado de anunciar reformas supuestamente necesarias. Reformar la escuela, reformar la industria, el hospital, el ejército, la prisión: pero todos saben que estas instituciones están terminadas, a más o menos corto plazo. Sólo se trata de administrar su agonía y de ocupar a la gente hasta la instalación de las nuevas fuerzas que están golpeando la puerta. Son las sociedades de control las que están reemplazando a las sociedades disciplinarias.
“Control” es el nombre que Burroughs propone para designar al nuevo monstruo, y que Foucault reconocía como nuestro futuro próximo. Paul Virilio no deja de analizar las formas ultrarrápidas de control al aire libre, que reemplazan a las viejas disciplinas que operan en la duración de un sistema cerrado. No se trata de invocar las producciones farmacéuticas extraordinarias, las formaciones nucleares, las manipulaciones genéticas, aunque estén destinadas a intervenir en el nuevo proceso. No se trata de preguntar cuál régimen es más duro, o más tolerable, ya que en cada uno de ellos se enfrentan las liberaciones y las servidumbres. Por ejemplo, en la crisis del hospital como lugar de encierro, la sectorización, los hospitales de día, la atención a domicilio pudieron marcar al principio nuevas libertades, pero participan también de mecanismos de control que rivalizan con los más duros encierros. No se trata de temer o de esperar, sino de buscar nuevas armas.
II. Lógica
Los diferentes internados o espacios de encierro por los cuales pasa el individuo son variables independientes: se supone que uno empieza desde cero cada vez, y el lenguaje común de todos esos lugares existe, pero esanalógico . Mientras que los diferentes aparatos de control son variaciones inseparables, que forman un sistema de geometría variable cuyo lenguaje es numérico (lo cual no necesariamente significa binario). Los encierros son moldes , módulos distintos, pero los controles son modulaciones , como un molde autodeformante que cambiaría continuamente, de un momento al otro, o como un tamiz cuya malla cambiaría de un punto al otro. Esto se ve bien en la cuestión de los salarios: la fábrica era un cuerpo que llevaba a sus fuerzas interiores a un punto de equilibrio: lo más alto posible para la producción, lo más bajo posible para los salarios; pero, en una sociedad de control, la empresa ha reemplazado a la fábrica, y la empresa es un alma, un gas. Sin duda la fábrica ya conocía el sistema de primas, pero la empresa se esfuerza más profundamente por imponer una modulación de cada salario, en estados de perpetua metastabilidad que pasan por desafíos, concursos y coloquios extremadamente cómicos. Si los juegos televisados más idiotas tienen tanto éxito es porque expresan adecuadamente la situación de empresa. La fábrica constituía a los individuos en cuerpos, por la doble ventaja del patrón que vigilaba a cada elemento en la masa, y de los sindicatos que movilizaban una masa de resistencia; pero la empresa no cesa de introducir una rivalidad inexplicable como sana emulación, excelente motivación que opone a los individuos entre ellos y atraviesa a cada uno, dividiéndolo en sí mismo. El principio modular del “salario al mérito” no ha dejado de tentar a la propia educación nacional: en efecto, así como la empresa reemplaza a la fábrica, la formación permanente tiende a reemplazar a la escuela , y la evaluación continua al examen. Lo cual constituye el medio más seguro para librar la escuela a la empresa.
En las sociedades de disciplina siempre se estaba empezando de nuevo (de la escuela al cuartel, del cuartel a la fábrica), mientras que en las sociedades de control nunca se termina nada: la empresa, la formación, el servicio son los estados metastables y coexistentes de una misma modulación, como un deformador universal. Kafka, que se instalaba ya en la bisagra entre ambos tipos de sociedad, describió en El Proceso las formas jurídicas más temibles: el sobreseimiento aparente de las sociedades disciplinarias (entre dos encierros), la moratoria ilimitada de las sociedades de control (en variación continua), son dos modos de vida jurídica muy diferentes, y si nuestro derecho está dubitativo, en su propia crisis, es porque estamos dejando uno de ellos para entrar en el otro. Las sociedades disciplinarias tienen dos polos: la firma, que indica elindividuo , y el número de matrícula, que indica su posición en una masa . Porque las disciplinas nunca vieron incompatibilidad entre ambos, y porque el poder es al mismo tiempo masificador e individualizador, es decir que constituye en cuerpo a aquellos sobre los que se ejerce, y moldea la individualidad de cada miembro del cuerpo (Foucault veía el origen de esa doble preocupación en el poder pastoral del sacerdote -el rebaño y cada uno de los animales- pero el poder civil se haría, a su vez, “pastor” laico, con otros medios). En las sociedades de control, por el contrario, lo esencial no es ya una firma ni un número, sino una cifra: la cifra es una contraseña, mientras que las sociedades disciplinarias son reglamentadas por consignas (tanto desde el punto de vista de la integración como desde el de la resistencia). El lenguaje numérico del control está hecho de cifras, que marcan el acceso a la información, o el rechazo. Ya no nos encontramos ante el par masa-individuo. Los individuos se han convertido en “ dividuos ”, y las masas, en muestras, datos, mercados o bancos . Tal vez sea el dinero lo que mejor expresa la diferencia entre las dos sociedades, puesto que la disciplina siempre se remitió a monedas moldeadas que encerraban oro como número patrón, mientras que el control refiere a intercambios flotantes, modulaciones que hacen intervenir como cifra un porcentaje de diferentes monedas de muestra. El viejo topo monetario es el animal de los lugares de encierro, pero la serpiente es el de las sociedades de control. Hemos pasado de un animal a otro, del topo a la serpiente, en el régimen en el que vivimos, pero también en nuestra forma de vivir y en nuestras relaciones con los demás. El hombre de las disciplinas era un productor discontinuo de energía, pero el hombre del control es más bien ondulatorio, en órbita sobre un haz continuo. Por todas partes, el surf ha reemplazado a los viejos deportes .
Es fácil hacer corresponder a cada sociedad distintos tipos de máquinas, no porque las máquinas sean determinantes sino porque expresan las formas sociales capaces de crearlas y utilizarlas. Las viejas sociedades de soberanía manejaban máquinas simples, palancas, poleas, relojes; pero las sociedades disciplinarias recientes se equipaban con máquinas energéticas, con el peligro pasivo de la entropía y el peligro activo del sabotaje; las sociedades de control operan sobre máquinas de tercer tipo, máquinas informáticas y ordenadores cuyo peligro pasivo es el ruido y el activo la piratería o la introducción de virus. Es una evolución tecnológica pero, más profundamente aún, una mutación del capitalismo. Una mutación ya bien conocida, que puede resumirse así: el capitalismo del siglo XIX es de concentración, para la producción, y de propiedad. Erige pues la fábrica en lugar de encierro, siendo el capitalista el dueño de los medios de producción, pero también eventualmente propietario de otros lugares concebidos por analogía (la casa familiar del obrero, la escuela). En cuanto al mercado, es conquistado ya por especialización, ya por colonización, ya por baja de los costos de producción. Pero, en la situación actual, el capitalismo ya no se basa en la producción, que relega frecuentemente a la periferia del tercer mundo, incluso bajo las formas complejas del textil, la metalurgia o el petróleo. Es un capitalismo de superproducción. Ya no compra materias primas y vende productos terminados: compra productos terminados o monta piezas. Lo que quiere vender son servicios, y lo que quiere comprar son acciones. Ya no es un capitalismo para la producción, sino para el producto, es decir para la venta y para el mercado. Así, es esencialmente dispersivo, y la fábrica ha cedido su lugar a la empresa. La familia, la escuela, el ejército, la fábrica ya no son lugares analógicos distintos que convergen hacia un propietario, Estado o potencia privada, sino las figuras cifradas, deformables y transformables, de una misma empresa que sólo tiene administradores. Incluso el arte ha abandonado los lugares cerrados para entrar en los circuitos abiertos de la banca. Las conquistas de mercado se hacen por temas de control y no ya por formación de disciplina, por fijación de cotizaciones más aún que por baja de costos, por transformación del producto más que por especialización de producción. El servicio de venta se ha convertido en el centro o el “alma” de la empresa. Se nos enseña que las empresas tienen un alma, lo cual es sin duda la noticia más terrorífica del mundo. El marketing es ahora el instrumento del control social, y forma la raza impúdica de nuestros amos. El control es a corto plazo y de rotación rápida, pero también continuo e ilimitado, mientras que la disciplina era de larga duración, infinita y discontinua. El hombre ya no es el hombre encerrado, sino el hombre endeudado. Es cierto que el capitalismo ha guardado como constante la extrema miseria de tres cuartas partes de la humanidad: demasiado pobres para la deuda, demasiado numerosos para el encierro: el control no sólo tendrá que enfrentarse con la disipación de las fronteras, sino también con las explosiones de villas-miseria y guetos.
III. Programa
No es necesaria la ciencia ficción para concebir un mecanismo de control que señale a cada instante la posición de un elemento en un lugar abierto, animal en una reserva, hombre en una empresa (collar electrónico). Félix Guattari imaginaba una ciudad en la que cada uno podía salir de su departamento, su calle, su barrio, gracias a su tarjeta electrónica (dividual) que abría tal o cual barrera; pero también la tarjeta podía no ser aceptada tal día, o entre determinadas horas: lo que importa no es la barrera, sino el ordenador que señala la posición de cada uno, lícita o ilícita, y opera una modulación universal.
El estudio socio-técnico de los mecanismos de control, captados en su aurora, debería ser categorial y describir lo que está instalándose en vez de los espacios de encierro disciplinarios, cuya crisis todos anuncian. Puede ser que viejos medios, tomados de las sociedades de soberanía, vuelvan a la escena, pero con las adaptaciones necesarias. Lo que importa es que estamos al principio de algo. En el régimen de prisiones : la búsqueda de penas de “sustitución”, al menos para la pequeña delincuencia, y la utilización de collares electrónicos que imponen al condenado la obligación de quedarse en su casa a determinadas horas. En elrégimen de las escuelas : las formas de evaluación continua, y la acción de la formación permanente sobre la escuela, el abandono concomitante de toda investigación en la Universidad, la introducción de la “empresa” en todos los niveles de escolaridad. En el régimen de los hospitales : la nueva medicina “sin médico ni enfermo” que diferencia a los enfermos potenciales y las personas de riesgo, que no muestra, como se suele decir, un progreso hacia la individualización, sino que sustituye el cuerpo individual o numérico por la cifra de una materia “dividual” que debe ser controlada. En el régimen de la empresa : los nuevos tratamientos del dinero, los productos y los hombres, que ya no pasan por la vieja forma-fábrica. Son ejemplos bastante ligeros, pero que permitirían comprender mejor lo que se entiende por crisis de las instituciones, es decir la instalación progresiva y dispersa de un nuevo régimen de dominación. Una de las preguntas más importantes concierne a la ineptitud de los sindicatos: vinculados durante toda su historia a la lucha contra las disciplinas o en los lugares de encierro (¿podrán adaptarse o dejarán su lugar a nuevas formas de resistencia contra las sociedades de control?). ¿Podemos desde ya captar los esbozos de esas formas futuras, capaces de atacar las maravillas del marketing? Muchos jóvenes reclaman extrañamente ser “motivados”, piden más cursos, más formación permanente: a ellos corresponde descubrir para qué se los usa, como sus mayores descubrieron no sin esfuerzo la finalidad de las disciplinas. Los anillos de una serpiente son aún más complicados que los agujeros de una topera.

Por Gilles Deleuze

Extraído de: Capitalismo y Esquizofrenia

jueves, 3 de septiembre de 2015

Soliloquio Múltiple



Me gustaría saber sentir el sentimiento puro de las incoherencias; es decir, ser incoherencia yo, y sentirme dentro de mi misma irreflexión. Curioso.

Entendámonos. Existen instantes, décimas de segundos, detalles e infinidades de míseros momentos; y digo míseros pues a día de hoy no conozco utilidad alguna en estos; en los que sentimos en nosotros la venida de un sugestivo, irreverente y bellísimo parto intelectual, espiritual o bien sentimental.
Pues bien, dichos instantes, (los cuales por razones obvias no voy a definir) conforman una de las mayores rarezas a encontrar en el ser humano; y esto se debe, a que durante el tiempo que transcurre en el que bebemos, olemos, oímos y aceptamos dicho parto de sustancia y memoria inexistentes, sentimos en nosotros y alrededor nuestro una magnificencia, una vanagloria y una saciedad de magnitudes telescópicas.

Y creedme cuando os digo que diría más sobre estas rarezas, hasta trataría de definir o describir una de ellas con la mayor profundidad y dedicación posibles; pero sencillamente sólo puedo añadir que su duración es tan opuesta al sentimiento que albergan, que un frágil intento de poeta sería incapaz de captar su esencia en tan sólo un segundo.

Aunque algún alma cándida decidirá pensar que otra serie de personajes estudiosos; de licencias, grados y diplomas airados; sí serían capaces de desentrañar los órganos de esta complejidad (llamémosla ‘X’). Lamento ser yo quien agüe un optimismo más falso que la idea moderna de democracia, o libertad, o justicia (mejor no entremos en ese tema querido amigo, mantén tu silencio alerta); pero, necesitaríamos fusionar en una todas las capacidades de la creación para abrir esta divertida y misteriosa caja de Pandora.
Semejante comentario no se refiere a que el secreto mejor guardado del universo se encuentre en tan ínfimos sucesos; sino que debería esto reflejar, la imposibilidad de conocer la naturaleza absoluta, el engranaje desde dentro y desde fuera, la maquinaria al fin y al cabo, de tan basta e inusual creación.

Sepamos a pesar de todo esto, que nuestro objetivo en la vida sería, o debería ser mejor dicho, tratar de acercarnos lo más posible a toda esa naturaleza a través de estas extrañezas, y de muchas otras de diferente índole, pues solamente reflejan los resquicios, minúsculos e inescrutables, de todo lo Eterno y ajeno a nosotros y nuestro existirnos.
(Y te pregunto yo ahora cretino; ¿qué utilidad tiene realizar semejante acercamiento si jamás llegaremos a conocer ese teórico misterio indiscernible?)
Buena pregunta. Sirve, [como a mi parecer es lógico] en primer lugar para tener un puesto privilegiado en observar la más grande de las bellezas aun sin comprenderla, y, en segundo lugar, pues esta es la demostración de que, a pesar de la imposibilidad de abarcar ‘X’, esta existe, existió y existirá, ya que su reflejo prueba su existencia.
Decidme, ¿si vemos la sombra de ‘algo’, definimos que eso tiene existencia propia y que ese ‘algo’ no tiene porque existir y desconocemos si lo hace o no? o bien ¿aplicamos el razonamiento lógico de que el reflejo de ‘algo’ necesita de ese ‘algo’ para estar allí y, por lo tanto, ese ‘algo’ existe necesariamente aunque no lo veamos o comprendamos pues su reflejo (su sombra para entendernos) es y está, formando parte o siendo consecuencia de su sustancia primaria y “creadora” [el ‘algo’ vaya]?

En efecto, como asentís ahora frente a mi verme de ojos hacia dentro, la segunda pregunta es necesariamente la correcta, o al menos eso observamos por medio de la experiencia y la lógica día tras día.
De esta manera, amplificando dicha metáfora del ‘algo’ y su querida, queridísima sombra, demostramos la existencia de ‘X’;  (díselo) [está bien] perdonadme, un inciso; debemos entender que podemos aplicar ‘X’ a prácticamente cualquier sustancia (por llamarlo de alguna forma mínimamente coherente) que presente reflejos, sombras, consecuencias o similares; y con ello refutamos en gran medida las enseñanzas de un estimado escocés (y alguno que otro de sus colegas de profesión), que no contemplan la Sombra como parte consecuente del ‘algo’ sino como algo esencialmente diferente y sustancialmente individual.

[Siempre subjetivo por supuesto, se te olvida comentar esa dichosa subjetividad de la que tanto habla ese escocés]
(En efecto, no deberías haber obviado semejante explicación)
Entended queridos amigos, que no es necesario un análisis explícito acerca de dicha subjetividad; pues como es lógico según la explicación de la sombra y el ‘algo’; la sombra representa lo que todos, o casi todos, somos capaces de vislumbrar, (cada uno desde una posición, sensación, forma, etc. diferentes); la subjetividad, que es el reflejo de la objetividad, el ‘algo’.
Por ello mis estimados acompañantes de este múltiple y divertido soliloquio, debemos agradecer de por vida a la siempre consecuente y criticada subjetividad, al fin y al cabo sin ella jamás habríamos comprendido que es quien demuestra que existe algo Objetivo, Bueno, Bello, Verdadero; aquella complejidad [dijimos que la llamaríamos ‘X’].
Pues bien, ‘X’.


Por Draco

domingo, 14 de junio de 2015

La Revolución Nacional-Sindicalista y los Trabajadores



Camaradas: 

Séame lícito, ante  todo, formular  una aclaración. Cuando me dirijo con la palabra abierta  y fraterna de camaradas a todos los que ahora me escucháis desde esos asientos o a través del micrófono,  no lo hago  pensando solamente en aquellos que son mis camaradas en virtud de su condición  de nacional-sindicalistas, camisas viejas o nuevas, sino especialmente pen sando en aquellos que son mis camaradas en virtud de su condición, simplemente,  de trabajadores. A todos, sin distinción alguna. A los que sienten con nuestra causa y a los que permanecen al margen de ella. A los que España ha ganado para su servicio, y a los que todavía no han sen tido la voz imperiosa de la patria en su conciencia. Pronunciaré hoy aquí palabras de guerra y palabras de paz.  Brindo a los camaradas de Falange  las palabras de guerra, porque ellas pueden servir de estímulo en la lucha. Brindo  a los enemigos las palabras de paz porque ellas pueden ser acaso una invitación a la concordia. Nosotros, la Falange, hemos trazado ante  la patria una ruta  revolucionaria de inusitada grandeza, hemos interpretado el destino de España como un largo  y glorioso camino,  ambicioso de leja nías y horizontes. Necesitamos para recorrerlo la compañía de todos los españoles, fundidos en unidad inquebrantable. Por eso Falange  no excluye a nadie de su llamamiento. Aspiramos a la conversión del enemigo,  y en nombre  de España ansiamos que el enemigo de hoy,  ganado para nuestra causa, sea el camarada de mañana.

Estamos haciendo la más profunda revolución que Europa haya presenciado jamás. Una revolución por España y para España. La  grandeza y la libertad de España son las metas últimas que esperamos alcanzar sobre ruedas de sacrificio y heroísmo. Es pues, un movimiento  que tiende a la salvación de una patria, no a la mejora material de una clase,  una región, una casta o un grupo.  La  Falange  no es un partido de demagogos. No  es ni siquiera, en realidad, un partido Es eso: una Falange  movilizada. Su propio nombre  esconde su única definición posible.  Por eso,  porque no somos hombres de partido ni heraldos de demagogia, no podemos decir a los trabajadores que haremos para ellos la revolución. No. No  hacemos la revolución para ningún sector  de la patria, por numeroso  que sea. La hacemos por la patria entera, superior  a todos los sectores que la integran  y síntesis de ellos. Pero  junto a esta  honrada verdad proclamamos la verdad complementaria. Tampoco hacemos la revolución para las otras clases, para las que han regido desde hace doscientos años los tristes destinos españoles. Venimos precisamente  a negar que existan  clases, a negar su antagonismo y a poner fuera de la ley la lucha de clases en beneficio de los traficantes de la burguesía y de los traficantes del proletariado. Con tamos, para ello, en primer término,  con los trabajadores de España, sus tento de la economía, base de la producción y la prosperidad.  El  solo nombre  de “falange” alude a masa, cantidad, muchedumbre encuadrada en forma para la acción. Por esto  la Falange  cuenta  ante  todo con los trabajadores, y jamás organización alguna de cuantas han actuado en la política española soñaron producirse  ante  las masas populares con la leal tad y la honradez revolucionarla que nosotros, la vanguardia nacional-sindicalista  de la revolución española.

[...] Finalmente,  quiero hacer una referencia a las tres etapas  de nuestra empresa. Ella, nuestra empresa, nuestra obra, tiene tres momentos históricos que es preciso exponeros con tajante claridad. Son éstos: la guerra, la revolución, el imperio.  Ya  os he hablado extensamente de la guerra y su significado. Algo  hay que añadir, sin embargo. Algo  que vale la pena que sepáis, precisamente  los trabajadores.

Se ha interpretado frívolamente  la guerra española, diciendo que es la ofensiva contra el marxismo y la revolución. Tampoco agota el sentido de nuestra guerra, afirmar  que se  trata mediante  ella de salvar  la civilización occidental. 

No hacemos la guerra contra el marxismo. No  termina ahí el sentido de nuestra guerra. El  marxismo ha sido el enemigo que España ha encontrado en su resurgimiento  nacional y que en esta  guerra quedará definitivamente aniquilado. La  civilización occidental se  beneficia en nuestra  lucha, y España se  ha convertido en barrera infranqueable para la revolución marxista  que la amenazaba en sus cimientos. 

Pero estos objetivos que nuestra guerra cumple incidentalmente,  no son las direcciones entrañables y profundas de la lucha española. Nuestra contienda tiene un sentido  histórico más hondo,  más universal. Luchamos por nuestra revolución nacional-sindicalista, no para aniquilar a tal o cual enemigo,  ni para salvar  tal o cual cultura en decadencia. El  exterminio del enemigo y la salvación de Europa son en todo  caso  jornadas del camino,  no el camino mismo.  Las metas lejanas y reales están en el ser de España, en la propia intimidad de la patria. Luchamos por nuestra revolución, en primer lugar,  y en segundo lugar por brindar al mundo los postulados y el sentido moral y creador del nacionalsindicalismo.

Esa es la razón profunda de la guerra. Ahí radica su íntimo sentido. La  post-guerra, ultimará la revolución, conservando el nacional-sindicalismo en las instituciones sociales y políticas de España. 

Y después, realizada la revolución subsiguiente  a la victoria, abrire mos en el porvenir de la patria las rutas finales y gloriosas del Imperio. 

[...] Nosotros cantábamos un himno,  camaradas, en los tiempos revueltos y duros de 1933... No era el himno de alto  lirismo y entusiasmo ardoroso  que habla de los luceros y el amanecer. Pero  era también, un himno de enorme emo ción y poderoso acenso. Por primera  vez, a través de ese himno,  el viejo himno jonsista  de 1933, las juventudes de España entregaron estrofas imperiales a los aires libres de la patria. Un  leal camisa  vieja jonsis ta, el camarada Juan  Aparicio, la había compuesto  para España y sus jóvenes mejores. Decía así en su estrofa final: 

             Sobre el mundo cobarde y avaro, 
sin belleza justicia ni Dios,
          impongamos nosotros la garra, 
del imperio solar español...

Y en esos versos se  encerraba líricamente  todo el ser de la revolución nacional española. Para el mundo hacíamos la revolución. Para rescatarlo de su avaricia y su cobardía, es decir del materialismo agotador y estrecho de nuestro tiempo, hacíamos la revolución para renovar la historia del mundo,  para dar a Europa una nueva belleza, la sobria belleza de nuestro estilo,  y una nueva justicia, la justicia ejemplar  y revolucionaria de nuestro sindicalismo nacional,  y también para recordarle un Dios a la vez nuevo y antiguo, el Dios eterno de nuestros padres, el Dios de Juan  de la Cruz y de Miguel de Unamuno. 

Y todo esto, con brío legendario,  con furia hispánica,  lo brindábamos a Europa entonces y lo ofrecemos de nuevo a Europa en nuestro futuro  imperial, poniendo en la empresa un duro  amor  implacable. Haremos de ello misión y destino de España, a la vez proponiéndolo e imponiéndolo,  elevando fraterna y duramente en el porvenir del mundo, la garra de nuestro imperio solar,  o lo que es lo mismo,  fundando de nuevo en la tierra el solar de nuestro imperio. 

[...] La  Falange, que no ha prescindido jamás de los trabajadores, necesita  hoy de su concurso  para la triple tarea de los españoles: ganar la guerra, lograr la revolución y crear el Imperio. 

Y es por esto, por lo que me dirijo a un público obrero  en su mayoría, por lo que quiero cerrar mis palabras de hoy repitiendo una vez más ante  vosotros la consigna  de la movilización de todos los españoles, la vieja consigna de 1933, creada por el camarada Ramiro Ledesma, refrendada por el camarada José  Antonio Primo de Rivera, ausentes ambos, y presentes los dos en nuestro afán; impuesta  luego  para siempre por la espada victoriosamente  española de Franco(1): por la Patria, el Pan y la Justicia. 

                                                      ¡Arriba España! 

Discurso pronunciado por Santiago Montero Díaz en 1938

Extraído por SDUI de: Las JONS Revolucionarias 

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(1): Apoyó la primera época del Franquismo hasta que se dio cuenta de que bajo el Franquismo no se conseguiría la revolución Nacional-Sindicalista. En la segunda época se opuso al régimen. [Nota de la redacción de 'Soldados de Una Idea']

viernes, 12 de junio de 2015

¿Qué es la propiedad para el Nacional-Sindicalismo?



La propiedad privada es uno de los pilares básicos de nuestro sistema. Antes de entrar en el concepto en sí, se necesita aclarar que propiedad privada es lo contrario que el capitalismo en cualquiera de sus versiones, que dirige la economía de las naciones al poseer el dominio los medios de producción. En este caso como en otros que iremos viendo, lo esencial estriba en situar lo esencial de nuestro pensamiento en la época actual.

La riqueza y las actividades económicas tienen como primer destino mejorar las condiciones de vida de cuantos integran el pueblo. Todo intento de utilizarlas en un principio a favor de intereses mezquinos o parciales deberá ser atacado sin contemplaciones. La economía debe contribuir a la dignificación de las personas y no ser instrumento de degradación y envilecimiento. El disfrute y desarrollo armónico de la riqueza nacional, exigen la difusión equitativa y racional de los recursos, compensando las deficiencias que las distintas regiones pueden tener en determinados sectores.

Hay que conferir a la persona humana, en virtud de su dignidad y de su trabajo la primacía en el sistema económico. Por supuesto que el hombre es el eje del sistema. El hombre racional alejado de las concepciones marxistas y liberales sobre el mismo. La propiedad privada debe ser en esencia la proyección y poder directos del hombre sobre las cosas, fundados en su trabajo y en el cumplimiento o satisfacción de una función personal y legítima. Esa sería la propiedad individual totalmente lícita. El hombre debe percibir sus retribuciones en relación directa a sus actitudes y aptitudes con el trabajo que desarrolla.

Por lo general, en el supuesto de que varios individuos proyecten conjuntamente sus personalidades sobre una cosa, utilizándola de modo regular para su común servicio o provecho, la propiedad privada debe corresponderles mancomunadamente a todos ellos. Tal es el caso de la familia, respecto a la vivienda y a los bienes domésticos y de los trabajadores de una misma empresa, respecto a los medios de producción. Manteniendo el criterio de la importancia o capacidad de su aportación.
La propiedad privada es un atributo elemental humano, garantía de la libertad personal y medio para satisfacer las necesidades y aspiraciones particulares de una vida digna en armonía con la comunidad.

El capitalismo es contrario a la propiedad privada, a la que ataca en su esencia. El capitalismo liberal, motivado por el individualismo egoísta, niega de hecho la propiedad a la mayoría en provecho de unos pocos; el capitalismo estatal fundado en la anulación de la personalidad, niega la propiedad a todos.

El dominio sobre las cosas sólo se justifica por la legitimidad de la función o destino en que se emplean. Las formas de propiedad de los bienes deben ajustarse a las funciones a que estén dedicados preferentemente.

Los bienes de uso y consumo particular habrán de ser propiedad de quienes debidamente los adquieran y utilicen; los bienes de producción de quienes los trabajan; los bienes de uso público de la comunidad popular a que estén destinados; las invenciones científicas y técnicas y las creaciones artísticas, deben ser propiedad de sus autores, y su utilidad y disfrute compartidos con ellos, por quienes los hagan fructificar y por la comunidad que ha de beneficiarse de las mismas.

Como formas de propiedad enunciamos: la individual, la familiar, la sindical (de comunidades laborales, cooperativas y entidades sindicales), la comunal (de entidades territoriales), y la nacional (de todo el pueblo español). La propiedad debe tener los límites y servidumbres requeridos por el bien común, la utilidad social y la necesidad del prójimo.El trabajo es el supremo título, tanto para la adquisición de la propiedad privada, como para la participación en las ventajas y responsabilidades de la actividad económica y el bienestar material.

No es tolerable, que el trabajo humano –manual o intelectual–, sea objeto negociable, como una mercancía, sometido a las puras reglas de la contratación comercial, en el que el mas fuerte gana; ni que la dignidad del hombre se ponga en juego en las maniobras económicas. Bajo ningún pretexto de progreso técnico, productividad o rentabilidad es admisible que al trabajador –sea cual fuere su profesión o categoría– se le convierta en una pieza deshumanizada, maquinal o irresponsable, sin iniciativa y sin intervención eficiente en las promociones, destinos, inquietudes y resultados del sistema económico, su profesión y su empresa.

La plusvalía de la producción debe corresponder al factor trabajo. Aquí se origina el gran problema a resolver. Estamos y vivimos en un sistema capitalista en donde cada cual aporta a la empresa su parte alícuota humana o material. El capital, ha empleado sus medios económicos en la adquisición de los medios necesarios para la producción. En tanto que el factor humano es el que transforma y revaloriza.

Entendemos que en principio se podría empezar por una cogestión. El aportador de su ahorro legítimo o inversor en empresas, en cuanto tal, solamente ha de tener derecho a la amortización y al cobro de un interés módico en razón de su aportación. Pero desde luego los capitales injustamente acumulados deben ser expropiados sin contemplaciones a sus detentadores.

El capital, en cuanto instrumento para el logro de la producción de bienes y servicios, debe pertenecer a los trabajadores mismos que lo utilizan.

Los medios de producción deben ser regidos y disfrutados por la comunidad laboral que los trabaja, integrada en su respectivo sindicato. Así pues, a la comunidad laboral, –formada por la unión de todos los que aportan su trabajo personal compartiendo un mismo destino– ha de corresponder la propiedad, el poder, el provecho y el gobierno de la empresa y no a quienes simplemente aportan capital (los inversores), ya que ese tiene un valor instrumental al servicio del trabajo, que es la función humana inminente, creativa y con valor espiritual.

No es admisible, que se arrogue el Estado la propiedad de empresas que no prestan servicios de carácter necesario o la producción de bienes básicos para el funcionamiento de la economía de la nación; deben pertenecer al pueblo y en consecuencia, habrán de ser propiedad popularizada sindical, comunal o nacional, o en todo caso con participación de los trabajadores mismos en su gestión. Ni el capital, ni la técnica, ni bien económico alguno debe ser instrumento de ventaja y privilegio de unos para dominar a los demás.

Por Pedro Cantero

Fuente: Patria Sindicalista