viernes, 13 de mayo de 2016
El contrato de trabajo soviético
Insistiremos sobre todo en el hecho de la realización soviética del contrato de trabajo, que resulta ser realmente contradictorio en su misma esencia.
Por una parte, se afirma que los «trabajadores» son poseedores de toda la economía del Estado y de las empresas, es decir, que no puede haber lugar, en un Estado tal, para un «contrato de trabajo». Y, por otra parte, resulta que un contrato de trabajo es firmado por los «organismos sindicales» para cada profesión. No obstante, el sindicato, organismo del Estado, concluye un contrato con el mismo Estado. Para contratar, sin embargo, es necesario que haya por lo menos dos cuyos intereses sean diferentes o puedan serlo, ya que el mismo objetivo del contrato es enunciar y fijar los derechos y prerrogativas de cada uno de los contratantes.
Es difícil concebir a un jefe de empresa concluir con sí mismo un contrato de trabajo y, en caso de una empresa colectiva —tal es el caso, concretamente, de las empresas cooperativas— está establecido, a lo sumo, un contrato de asociación, un reglamento interior de reparto de los beneficios de la empresa, pero la noción misma de contrato de trabajo tiende a desaparecer.
En un Estado realmente socialista, es decir, un Estado en el que los obreros participarían realmente en la administración de la empresa, serían realmente llamados a recibir su parte de los beneficios de la explotación; en todo caso no habría más que un acuerdo de reparto de los beneficios netos y de las leyes y reglamentos previendo qué parte de la plusvalía debe destinarse a la amortización o a la modernización del material.
¿Qué encontramos, en lugar de esto, en el Estado soviético? Un contrato colectivo de trabajo concluido entre las organizaciones económicas del Estado, por una parte, y las organizaciones sindicales por otra. Se puede entender de dos maneras esta supervivencia del contrato colectivo.
En primer lugar, puede ser la admisión de la existencia de una antagonismo de clases en lo que, pomposamente, se llamaba «el Estado sin clases»; los sindicatos obreros tratando con la burocracia del Estado y oponiéndose a ella.
No obstante, el hecho de que el mismo sindicato haya llegado a ser un organismo de Estado disminuye la verosimilitud de esa interpretación. En 1933, el Comisariado del Pueblo para el Trabajo se fusionaba con la Unión Central de los Sindicatos de la U.R.S.S.. Los marxistas patentados os dirán, en voz baja, que es un «camuflaje democrático-liberal» de la dictadura proletaria al uso del mundo capitalista exterior. El mismo hecho de que los dirigentes del mundo capitalista no sean tan cándidos hasta el punto de no descubrir un artificio tan grosero anula este argumento.
El camuflaje —y es la única manera de comprender las cosas— tiene solamente un valor propagandístico al uso del pueblo ruso. Se trata de hacerle creer que puede todavía discutir democráticamente sus condiciones de vida y de trabajo y que está representado por sus sindicatos. Como los que podrían demostrarle lo contrario son sistemáticamente deportados o depurados, el argumento puede todavía aceptarse bastante a menudo. Pero esto demuestra, sin embargo, que existe una oposición de intereses entre el Estado y la clase obrera y que este antagonismo es reconocido por la clase en una proporción suficiente para desear agruparse y defenderse.
Para el obrero, la resistencia es tanto más desigual cuanto que el monopolio del trabajo y no solamente ese monopolio, sino el monopolio de todos los medios de existencia está en manos de la burocracia del Estado. En el régimen capitalista-liberal, el trabajador posee con toda seguridad, el derecho absoluto de abandonar su trabajo en los límites previstos por el contrato de trabajo, es decir, dando un preaviso que puede ir de una hora a un mes según los casos. Nosotros ya conocemos la imposibilidad, para el obrero soviético, de hacer lo mismo, ya que la ausencia «sin motivo» de una jornada de trabajo puede conllevar un encarcelamiento de dos semanas a seis meses. De todas maneras, igualmente, habiendo abandonado su trabajo, le es imposible encontrar pronto otro patrón, sino en la misma ciudad, por lo menos en una ciudad vecina. Sólo su más o menos elevada cualificación hará más o menos difícil su nuevo empleo.
Al ser la burocracia soviética el único patrón en todo el Estado, el asalariado que abandone su empleo deberá, en todos los casos, justificar los motivos que le inducen a cambiar. En tal caso, se le denegará otro empleo, y con ello, de acuerdo con la ley1 que castiga con la pena de cárcel a un director de empresa que vuelve a admitir a un trabajador que haya abandonado la empresa sin autorización.
Por otra parte, el precio del trabajo es necesariamente fijado por la burocracia anónima, sin discusión posible, ya que el sindicato, «representante de los trabajadores» es, él mismo, un organismo de un Estado «representante de los trabajadores». Éstos, no pudiéndose oponer a su Estado sin ser unos contrarrevolucionarios, no tienen más que aceptar, sin más, las decisiones adoptadas. Toda discusión u oposición es, por ello, imposible.
Así, la fijación de los precios del trabajo está de tal modo monopolizado que en ningún momento de la explotación capitalista los trabajadores pudieron sufrir una tal dictadura.
Por René Binet
Extraído por SDUI de: Socialismo nacional contra marxismo
miércoles, 11 de mayo de 2016
Drieu La Rochelle, radiografía de un caballero veleidoso
Mucho antes de comenzar la redacción de su diario, el gallardo Pierre Drieu La Rochelle ya era un fascista convencido en cuerpo y alma.
En alma, pues le había deprimido hasta el momento el curso hipócrita y sin rumbo de las luchas entre partidos políticos, los escándalos de corrupción, la apatía y el estancamiento social, la convicción de la ineficiencia de la democracia y del socialismo parlamentario. Sagaz desde sus artículos periodísticos, ya en marzo de 1934 Drieu La Rochelle escribía: “Hace falta un tercer partido que siendo social sepa también ser nacional, y que siendo nacional sepa también ser social”; a lo que luego agregaba: “Y ese tercer partido no debe predicar la concordia, debe imponerla. No debe yuxtaponer elementos tomados de la derecha y de la izquierda, sino imponerles a estas que se fusionen en su seno”.
Con este convencimiento totalitario publicará ese mismo año Socialismo fascista, al decir de Paul Nizan: “el libro más brutal y clarividente sobre el nacimiento ideológico del fascismo”, donde Drieu insiste en la necesidad de unificar las tendencias extremistas de izquierda y de derecha en un solo movimiento capaz de destruir el marasmo del sistema parlamentario y de detener el empuje de los grandes capitales en territorio francés.
Pero su vehemencia –¿su furibundia?– será también parte de un furor del cuerpo, un cuerpo de 1,85 metros, orgulloso de su origen normando, con aires aristocráticos a pesar de su herencia pequeño-burguesa; cuerpo de veterano de la guerra de 1914, testigo activo que resultó herido en la batalla de Charleroi mientras integraba el 5to Regimiento de Infantería, convencido de la guerra como único y fiel laboratorio para el heroísmo del hombre; luego cuerpo de dandi amante de tantas y tantas mujeres (entre ellas la célebre Victoria Ocampo), extasiado finalmente –hasta el momento que nos ocupa– por el trabajo armonioso que el nazismo ha llegado a emprender con la masa y por su exaltación del orden, la virtud del atleta y la fuerza.
Como parte de una delegación de intelectuales franceses invitada al Congreso del Partido Nacional-Socialista en 1935, Drieu escribirá a su amiga Beloukia desde Nüremberg: “Lo que he visto sobrepasa todo lo que esperaba. Es maravilloso y terrible. Me parece cada vez más cierto que de una manera o de otra el futuro no permanecerá tranquilo. En todo caso, es imposible que Francia continúe viviendo inmóvil junto a una Europa igual… El desfile de las tropas de élite todo en negro fue grandioso. No había visto cosa igual en cuanto a emoción artística desde los ballets rusos. Todo este pueblo está ebrio de música y de danza”. Más tarde, en carta a otro amigo en la misma época, podemos leer: “Hay una especie de voluptuosidad viril que flota por todas partes y que no es sexual sino muy embriagadora”.
Y como ratificación de una pulsión erótica del cuerpo hacia un fenómeno político fotogénico, grandilocuente y cautivador, hacia eso que se desprende de las revoluciones y de los estados totalitarios, sobre todo en sus momentos iniciales y fervorosos, estas líneas extraídas de un artículo del 13 de agosto de 1937 en L’Emancipation nationale, órgano oficial del Partido Popular Francés, en las que Drieu La Rochelle define el fascismo como “el movimiento que más franca y radicalmente se dirige en el sentido de la restauración del cuerpo –salud, dignidad, plenitud, heroísmo–, en el sentido de la defensa del hombre contra la gran ciudad y contra la máquina”.
Picado por la tarántula política, obsesivamente racista, antisemita hasta la médula, enemigo de los sindicalistas, los francmasones, los literatos, la izquierda y la derecha, comienza Drieu en septiembre de 1939 la escritura de un diario íntimo que concluirá justo dos días antes de su tercer y definitivo intento de suicidio, el 15 de marzo de 1945; eso, “el retrato de un degenerado y de un decadente, pensando la decadencia y la degenerancia”, como escribiría en octubre de 1939.
Entre estos títulos de nobleza que el escritor se atribuye quedan también las veleidades de un romántico a destiempo, la memoria de un seductor intenso y mundano, el paso de un novelista que colaboró con la Ocupación alemana y el testimonio afiebrado de un escritor para el que la política estaba más allá de un vano coloquio de café parisino: “vivo la aventura política”, como anotó en su cuaderno el 10 de mayo de 1940.
Con todo y su sabida colaboración –que en septiembre de 1941 llamará curiosamente “mi ligera intromisión en los asuntos políticos”–, Drieu será un colabo algo irreverente. El 6 de julio de 1940 el diario es testigo del telegrama que La Rochelle envía al nuevo gobierno instalado en Vichy donde hace público su deseo de participar. Siete días más tarde y tras la toma de poder del dueto Laval-Pétain, Drieu anota: “Autoritarismo sin autoridad pues no hay autoritarios, autocratismo sin autócrata, sin impulsión del macho”.
Se sabe que en septiembre de 1941 se le propone dirigir el aparato de vigilancia de la literatura, que el escritor no llega a aceptar, crítico ya de un gobierno que le parece conservador y reaccionario, más bien flojo, según el concepto de virilidad y energía propugnado por los fascistas franceses de 1936. Finalmente acepta llevar las riendas de La Nouvelle Revue Française, disuelta con la llegada de los alemanes pero inmediatamente retomada a iniciativa de Otto Abetz, embajador alemán en París, viejo amigo y responsable de la célebre Lista Otto, suerte de Index que marcaba las pautas de la estrategia editorial en el país y que por consiguiente, como en toda política cultural totalitaria, definía el who’s who en el vasto círculo de la intelligentsia francesa del momento.
Tras los pasos de Charles Maurras o como redactor de panfletos políticos a favor de la causa de Jacques Doriot –ese proletario, también veterano de la guerra del 14, excluido del Buró Político del Partido Comunista Francés al no haber acatado las órdenes de Moscú, y finalmente fundador del Partido Popular Francés, de corte fascista—, el diario deja ver en Drieu La Rochelle primero un nacionalismo acérrimo que en lo social deviene provincianismo, exaltación y culto del pays (que no es país moderno, sino tierra, terruño de sangre y de ancladas tradiciones: “Francia, esa entidad artificial, como todas las patrias –la única realidad es la provincia…”), y que en lo político le hace esperar antes de la debacle de 1940 un renacer del patriotismo francés que impida el avance alemán.
Pero con la derrota y la Ocupación nazi, la mirada política de Drieu La Rochelle se desfocaliza y, más allá de rencores hacia los suyos o de idealización del imaginario guerrero del soldado nazi recién llegado, su pensamiento político tenderá hacia más complejas inquietudes, hacia la necesidad de colocarle un rostro a su fe en el imperio, a su necesidad de una hegemonía que eche por tierra las tibiezas de una Europa decadente, y finalmente a la urgencia fálica de un líder, una cabeza pensante, firme y enérgica, total.
Este movimiento obsesivo de Drieu La Rochelle hacia lo político en todas sus esferas explicará más tarde su crítica a la estrategia militar e ideológica de Hitler: “Ninguna imaginación, ninguna creación, imposible salir del círculo mágico de la nación, del cascarón de la patria, de la esclerosis de la vieja diplomacia militarista e imperialista. (16 de febrero de 1943); o su convencimiento de haber sido fascista mucho antes de que fascismo y nazismo se convirtieran en titulares de periódicos; la idea de que Alemania no supo (o luego no quiso) aprovechar el potencial del viejo fascismo francés de 1936; su retrato de Mussolini, visto en el diario el 27 de julio de 1943 como un vulgar ministro demócrata que dimite…; o ya en julio de 1944 y presto al desastre alemán, esta confesión de homo politicusque se ha equivocado: “Mi error fue adjudicarle al hitlerismo y a Alemania virtudes que no tienen o que ya no tienen. No pudieron transformar su nacionalismo en europeísmo, ni su socialismo… en socialismo. Eterna historia del intelectual que coloca su sueño imposible sobre la cabeza de pobres tipos que viven del baño político. Me ha aplastado la banalidad de todo: los lugares comunes son más fuertes que yo” (12 de julio de 1944).
Aferrado a esa utópica necesidad de redención del alma y restauración del cuerpo espiritual del hombre, pero convencido de la inoperancia del juego democrático, este diarista que en más de una ocasión confiesa su deseo de morir como un soldado SS, que insiste y cree en la aristocracia del comportamiento, que si bien puede que desconozca la verdadera realidad de la política de exterminación nazi en Europa, no se detiene ni un instante a especular –al menos– sobre el destino final de las recogidas masivas de judíos en plenas calles de París o sobre la existencia de los campos franceses de Vittel o Drancy, sí quiere insistir, ya al final, incluso consciente de sus reprochables veleidades políticas, en su nuevo credo, su fe en otro imperio, esta vez el soviético, o mejor en su viejo convencimiento de hombre totalitario, paladín de la fuerza que cambia casacas, si no pública, al menos emocionalmente: de fascismo a comunismo, fiel a esa filiación jacobina tan cara a ambas doctrinas, a la que se había referido en un artículo rechazado en octubre de 1939 por la Revue de Paris.
Por lo demás, mi odio por la democracia me hace desear el triunfo del comunismo. A falta de fascismo y en contacto con los alemanes, he visto hasta qué punto el fascismo resultaba insuficiente tanto contra la democracia como contra el capitalismo –sólo el comunismo puede en realidad poner al Hombre al pie del muro y hacerle admitir nuevamente y como no lo había admitido desde la Edad Media, el hecho de que tiene Amos.
2 de septiembre de 1943
Con el hundimiento del fascismo apego mis últimos pensamientos al comunismo. Deseo su triunfo, que no me parece cierto inmediatamente, pero probable a más o menos largo plazo. Deseo el triunfo del hombre totalitario sobre el mundo. El tiempo del hombre dividido ha pasado; regresa el tiempo del hombre reunificado. Harto de tanto polvo en el individuo, de ese polvo de individuos en la masa. Y luego, ha llegado para el hombre el momento de inclinarse, de obedecer… ante una voz más fuerte en él que todas las voces.
10 de junio de 1944.
Ahora podría entregarme también al comunismo, ya que en él está integrado lo que me gustaba del fascismo: orgullo físico, empuje de sangre común dentro del grupo, jerarquía viva, intercambio noble entre los débiles y los fuertes (los débiles son aplastados en Rusia pero ellos mismos adoran el principio del aplastamiento). Es el triunfo de la monarquía, de la aristocracia en su principio vital…
29 de julio de 1944.
II
Bien temprano en su vida, apenas salido de la guerra, Drieu La Rochelle deja constancia en su novela Estado civil del peso de aquellas imágenes gloriosas que desde un álbum guardado con celo por la familia narraban las campañas napoleónicas:
Aquel caballero tan perfectamente temerario derribaba batallones enemigos, conquistaba ciudades, galopaba a través de Europa. Vencedor de pruebas viriles: del calor, del frío, del agua, del fuego, tras haber forzado hombres y seducido mujeres, regresaba a casa, engalanado de heridas y de decoraciones, venerado como uno de los dioses lares.
El 11 de agosto de 1944, día de su primer intento de suicidio y martilleado por la idea del castigo político, Drieu escribe en su diario: “Acabo de escuchar a soldados que cantaban en la calle. Alemanes o no, poco importa, eran hombres, guerreros que cantaban, que eran ellos mismos.
Como en su participación en la Primera Guerra Mundial y en sus lecturas, juegos y visiones infantiles, Drieu La Rochelle necesita de una épica, de participar de alguna manera en una epopeya que al sacudirlo lo extraiga de esa soledad atávica (“Con la soledad, mi otra gran pasión ha sido la melancolía”) y del sentido de la pequeñez que siempre termina dominándolo. Y esa será también una épica del cuerpo: un cuerpo que llega ya fatigado al diario, aunque henchido de remembranzas de escarceos amorosos, de visiones fotográficas (“Sigo pensando en todos los senos que tanto amé, tanto deseé, tan vanamente palpé. En mi imaginación esto se convierte en un motivo metafísico”. –20 de enero de 1940) y del dolor que toda memoria trae.
Si la necesidad de estar junto al más fuerte ratifica en lo político su deslumbramiento postrero por el empuje del imperio soviético, ella misma justificará el prurito perfectivo, el afán por lo ideal que caracteriza al pensamiento veleidoso y poco digestivo de Drieu La Rochelle.
Estado civil (1921), su novela de antes de la treintena, ya resuma en disquisiciones sobre el cuerpo, relato de la agonística de un personaje –siempre Drieu, siempre en monólogo– retorcido ante un espejo que lo descubre débil, laxo, poco dado al empuje, ajeno al músculo. Poco distará entonces este libro –tan cercano a veces a El gran Maulnes de Fournier y aDemian de Hesse, en tanto texto de atmósfera iniciática– de los apuntes del diario que van de 1939 a 1945: la alternancia entre aguijoneos políticos, cavilaciones sobre la muerte voluntaria y confesiones de un cuerpo casi emasculado: “No sé cómo, pero sé que mi vida está perdida. La literatura francesa está acabada, como mismo toda la literatura en general en el mundo, todo arte, toda creación. (…) Por otra parte, mi vida individual ha acabado. Acabadas las mujeres, los placeres sensuales” (23 de noviembre de 1939).
En las antípodas de la heroicidad, Drieu ha devenido soldado castrado, veterano del cuerpo deprimido física y políticamente para el que la ruina de Europa irá a la par del naufragio de su virilidad. De ahí ese ojo austero, minucioso, que se detiene y regodea en la grieta, en el pliegue, en la ajadura, máxime cuando se trata del suyo o de algún otro cuerpo cercano que ya no puede retornar a la epopeya: “Su cuerpo ha envejecido. Tan fastuoso que era aún cuando lo conocí, comienza a demacrarse, a combarse un poco. Mantiene su hermosa impronta y esa especie de aura fascinante, más moral que física, que conservan aun tarde los cuerpos que han sido bellos, que tan generosamente alojaron el deseo y que todavía consumen en esa hospitalidad todo lo que les queda de riqueza” (27 de febrero de 1940).
No se podrían esperar de Drieu otras confesiones que estas en las que se trenzan la pasión política, la obsesión del cuerpo, y con ellas, entre tesis sobre ocultismo y especulaciones sobre el desembarco aliado, el insistente martilleo del suicida: “En una semana tendré cincuenta años. Por ciertas partes tengo setenta, por otras dieciséis. Mi cuerpo está roído a la mitad y a la mitad floreciente. Conservo una ingenuidad prodigiosa, interrumpida por ciencia y astucia. Mi corazón está muerto para la pasión y es más tierno” (26 de diciembre de 1942).
¿Acaso se detendrá Drieu La Rochelle en la taxonomía de aquellos viejos cuerpos poseídos tras sus dos experiencias fallidas de suicidio? Casi nada. Ha mermado la memoria o ya poco importa: “Cuán hermosa mi cama cubierta de sangre, mi lecho inundado por grandes flores salpicadas. Oh, presentimiento. Oh, primer paso hacia el umbral. ¿Regresará el deseo aún más fuerte?” Tras esta imagen nervaliana del 21 de octubre de 1944, posterior a su segundo intento de suicidio mediante cortadura de las venas de las muñecas, desaparecerán los cuerpos de mujeres del cuerpo del diario; Drieu dejará de pensar el suyo, o mejor, este aparecerá parapetado tras un sorprendente idioma inglés, como pretendiendo ocultarlo de la mirada ávida de los rastreadores de impiedades: “At fifty, the body becomes an impedimentum fort it is no more a real source of pleasure, but it keeps the memory of plasure: my seins”. (20 de enero de 1945). Luego vendrá “la muerte violenta” que ya había ponderado en Estado civil, “la delicia de una muerte consciente” que el diario no cesa de encomiar.
Si en diciembre de 1939 su novela Gilles vio la luz plagada de manchas blancas impuestas por la censura, si alguna mano cortó más tarde fragmentos del manuscrito de su diario o fue rayada con tinta alguna de sus líneas…, en nuestros días, a la hora de una edición integral de este texto íntimo, los editores de la poderosa Gallimard no han escatimado en advertencias sobre la imagen cáustica que se desprende de la totalidad del corpus fictivo y testimonial de Pierre Drieu La Rochelle, del tráfago de sus opiniones políticas, de la honestidad de las confesiones de su cuerpo entre viril y acabado, muerto al fin, pues como dejara escrito el 17 de octubre de 1944 “un muerto es un testigo peligroso, un rival terrible, un visitante inevitable”.
III
La ficción igual de trágica que es Drieu La Rochelle puede resumirse en pocas líneas: “¿Qué me sucederá si los alemanes son vencidos? ¿Podré subsistir hasta el momento en que el nuevo drama comunismo-democracia tenga lugar? ¿Debería suicidarme antes? ¿O me iría al exilio? Estamos en la época del primer siglo antes y del primer siglo después de Jesucristo, época de exilios, de proscripciones, de suicidios”. (7 de noviembre de 1942)
Con la creciente evidencia de la derrota alemana, Drieu retoma el tema de la muerte por sus propias manos. Al reiterado horror a la vejez y a su correspondiente concepto de altivez de la muerte joven –una muerte por y con las armas, preferentemente–, súmese ahora el deshonor de una existencia a escondidas y el bochorno que para Drieu La Rochelle implica el exilio. No hay escape si no es el del sentido de la responsabilidad, la ratificación de su moral del virtuoso, y con ellos la idea del suicidio como acto de libertad por excelencia.
A inicios de agosto de 1944, Drieu escribe cartas de despedida a su hermano Jean, a André Malraux (su partner del otro lado de la orilla política), a Victoria Ocampo y a otras mujeres cercanas. El día 11, mientras pasea, se encuentra con un amigo de años: “Y tú, ¿qué harás?” A lo que Drieu responde: “Me voy”. Al acto, preocupado porque su respuesta fuera leída en paralelo a la retirada alemana de París, el escritor remarca unos segundos más tarde: “Me voy, pero descuida, me voy limpiamente”. Esa noche ingerirá una dosis de Luminal, con la mala estrella de que su ama de llaves, que había olvidado su cartera, llegará al apartamento a primera hora del día siguiente, lo encontrará aún con vida y acudirá a los amigos para trasladarlo al hospital.
Se produce entonces un corte de dos meses en la secuencia lógica de su diario íntimo. Será el tiempo en que se empeñará en la escritura del más roussoniano de sus textos, Relato secreto, el testimonio de un atleta que va sobrepasando las vallas seductoras de la muerte voluntaria, convencido no obstante de que al final una de ellas terminarían por derribarlo. Tras rechazar sendas visas para Suiza y España, fruto de la gestión de sus amigos, en octubre Drieu se cortará las venas de los brazos en su propia cama de hospital. “Hay en Shakespeare, en los sonetos que releo y donde hallo una belleza hermana e igual a la de los poemas de Baudelaire, un sentido tan poderoso de la muerte que uno llega a pensar que él conocía y no tenía ninguna necesidad de iniciación para estar en la misma línea del más allá” (21 de octubre de 1944).
En lo sucesivo, curará sus heridas, permanecerá escondido durante un tiempo en París, hasta instalarse primero en Orgeval, luego en Chartrettes, en pleno campo francés, donde hallará cierto reposo y comenzará la escritura de su última novela, Memorias de Dirk Raspe, a partir de la vida de Vincent Van Gogh. No será hasta marzo de 1945 que el escritor regresará a la ciudad, al mismo apartamento de la rue Saint Ferdinand en el que había intentado quitarse la vida por primera vez.
Entretanto, Drieu La Rochelle ha seguido con atención la creación de una lista de escritores indeseables para los que la opinión pública exigía la prisión o la pena de muerte, además de la prohibición de sus escritos: Paul Morand, Louis-Ferdinand Céline, Charles Maurras… Céline ha huido de Francia, Georges Suarez es condenado a la pena capital, lo mismo que Robert Brasillach tras un polémico y mediatizado juicio. Otros han terminado en la cárcel. El 15 de marzo de 1945, al leer en la prensa que una orden de captura había sido lanzada contra su persona, Pierre Drieu la Rochelle ingiere una buena ración de Gardenal y abre la llave del gas. Sobre la mesa, una nota dirigida a su ama de llaves: “Gabriela, esta vez déjeme dormir”.
Por Gerardo Fernández Fe
domingo, 8 de mayo de 2016
Nuestra batalla
Frente al comunismo
Teníamos que ser nosotros, surgidos de lo más hondo del coraje hispánico, fieles a nuestra época, con un programa postliberal en cada mano, quienes con mejor eficacia combatiésemos la sociedad y el Estado comunistas.
Odiamos el espíritu liberal burgués, trasnochado y mediocre, pero nuestro enemigo fundamental, aquel cuyo mero estar ahí significa siluetearse el combate con nosotros, es el comunismo.
Frente al comunismo, con su carga de razones y de eficacias, colocamos una idea nacional, que él no acepta, y que representa para nosotros el origen de toda empresa humana de rango airoso. Esa idea nacional entraña una cultura y unos deberes históricos que reconocemos como nuestro patrimonio más alto.
El comunista es un ser simple, casi elemental, que acepta sin control unas verdades económicas no elaboradas por él y da a ellas su vida íntegra. El fraude que realiza de ese modo trasciende de su orbe individual para convertirse, si triunfa ese sistema, en el fraude total de un pueblo que deserta de sus destinos y juega al peligro del caos.
No puede esto tolerarse. Nosotros aceptamos el problema económico que planteó el marxismo. Frente a la economía liberal y arbitraria, el marxismo tiene razón. Pero el marxismo pierde todos sus derechos cuando despoja al hombre de los valores eminentes. Y le señala un tope minúsculo, que detiene sus impulsos. Los partidos socialistas de todo el mundo resuelven esas limitaciones recayendo en el viejo liberalismo que ellos vinieron precisamente a destruir y superar.
Los partidos comunistas, en cambio, aceptan todas las consecuencias, y creen que el marxismo es capaz de asumir todos los mandos. Pero un pueblo es algo más que un conglomerado de preocupaciones de tipo económico, y si de un modo absoluto se hacen depender de los sistemas económicos vigentes los destinos todos de ese pueblo, se recae en mediocre usurpación.
Tienen lugar hoy en la historia hechos radicales que tienden precisamente a la defensa y exaltación de esos valores supremos que el comunismo aparta de su ruta. Nosotros andamos en la tarea de resucitar en España un tipo así de actuación pública.
Porque los momentos españoles de ahora son tremendos y decisivos. Se quiere conmocionar al país para una Revolución de juguete, y se dejan a un lado los motivos revolucionarios de carácter social e histórico que son la médula de las revoluciones. ¿Qué se pretende con eso? España debe ir, sí, a una Revolución. Pero auténtica y de una pieza, a realizar cosas de alto porte y a expresar su voz en el hacer universal.
Para ello hay que abordar, no eludir, las cuestiones de tipo social. Entregarse a ellas. Acabar con las crisis agrarias. Reglamentar y articular la producción industrial. Pero de cara. A la vista de los intereses supremos del Estado.
Hay que hacer una revolución en España para estimular al pueblo a que de una vez se ponga en marcha. Al servicio, como hemos repetido y repetiremos, de una ambición nacional. Todo lo demás, las algaradas y los conatos revolucionarios para copiar las gestas viejas de nuestros abuelos, son despreciables e inmorales entretenimientos de un sector de burgueses, despreciables e inmorales.
Todos esos caprichos de los burócratas de espíritu corto no nos importarían nada si no significasen el abrir y cerrar de ojos de la fiera comunista. Que está ahí, contra lo que creen los miopes.
Y podemos decirlo con valentía. Preferimos, desde luego, un régimen soviético al predominio imbécil de la patrulla del morrión. Si no creyéramos con firmeza que triunfará hoy en Occidente –y particularmente en España– el espíritu nacional y social que propugnamos, nosotros desertaríamos. A los gritos huecos y a las majaderías solapadas de la mediocridad liberaloide preferimos el sacrificio heroico del comunista, que por lo menos se encara con el presente y trata de realizar su vida del mejor modo que puede.
Frente al comunismo no hay sino una fidelidad de cada gran pueblo a sus destinos. Entregarse a la época sin temores, aceptando lo que exige de heroísmo, de lucha y de lealtad.
Frente a la empresa comunista cabe la empresa nacional. El hundir las uñas en el palpitar más hondo. El sentirse llamado a la genial elaboración de elaborar humanidad plena.
Por Ramiro Ledesma Ramos
Extraído por SDUI de: La Conquista del Estado, número 3 (23 de Marzo de 1931)
jueves, 5 de mayo de 2016
Guerra de guerrillas
La victoria armada del pueblo cubano sobre la dictadura batistiana ha sido,
además del triunfo épico recogido por los noticieros del mundo entero, un
modificador de viejos dogmas sobre la conducta de las masas populares de la
América Latina, demostrando palpablemente la capacidad del pueblo para
liberarse de un gobierno que lo atenaza. a través de la lucha guerrillera.
Consideramos que tres aportaciones fundamentales hizo la Revolución
cubana a la mecánica de los movimientos revolucionarios en América, son
ellas:
1. Las faenas populares pueden ganar una guerra contra el ejército.
2. No siempre hay que esperar a que se den todas las condiciones para la
revolución; el foco insurreccional puede crearlas.
3. En la América subdesarrollada el terreno de la lucha armada debe ser
fundamentalmente el campo
De estas tres aportaciones, las dos primeras luchan contra la actitud
quietista de revolucionarios o seudorrevolucionarios que se refugian, y
refugian su inactividad, en el pretexto de que contra el ejército profesional
nada se puede hacer, y algunos otros que se sientan a esperar a que, en una
forma mecánica, se den todas las condiciones objetivas y subjetivas necesarias, sin preocuparse de acelerarlas. Claro como resulta hoy para todo el mundo, estas dos verdades indubitables fueron antes discutidas en Cuba y probablemente sean discutidas en América también.
Naturalmente, cuando se habla de las condiciones para la revolución no se
puede pensar que todas ellas se vayan a crear por el impulso dado a las
mismas por el foco guerrillero. Hay que considerar siempre que existe un
mínimo de necesidades que hagan factible el establecimiento y consolidación
del primer foco. Es decir, es necesario demostrar claramente ante el pueblo
la imposibilidad de mantener la lucha por las reivindicaciones sociales
dentro del plano de la contienda cívica. Precisamente, la paz es rota por las
fuerzas opresoras que se mantienen en el poder contra el derecho
establecido.
En estas condiciones, el descontento popular va tomando formas y
proyecciones cada vez más afirmativas y un estado de resistencia que
cristaliza en un momento dado en el brote de lucha provocado inicialmente
por la actitud de las autoridades.
Donde un gobierno haya subido al poder por alguna forma de consulta
popular, fraudulenta o no, y se mantenga al menos una apariencia de
legalidad constitucional, el brote guerrillero es imposible de producir por no
haberse agotado las posibilidades de la lucha cívica.
El tercer aporte es fundamentalmente de índole estratégica y debe ser una
llamada de atención a quienes pretenden con criterios dogmáticos centrar la
lucha de las masas en los movimientos de las ciudades, olvidando total-
mente la inmensa participación de la gente del campo en la vida de todos los
países subdesarrollados de América. No es que se desprecie las luchas de
masas obreras organizadas, simplemente se analiza con criterio realista las
posibilidades, en las condiciones difíciles de la lucha armada, donde las
garantías que suelen adornar nuestra constituciones están suspendidas o
ignoradas. En estas condiciones los movimientos obreros deben hacerse
clandestinos, sin armas, en la ilegalidad y arrostrando peligros enormes ; no
es tan difícil la situación en campo abierto, apoyados los habitantes por la
guerrilla armada y en lugares donde las fuerzas represivas no pueden llegar.
Independientemente de que después hagamos un cuidadoso análisis, estas
tres conclusiones que se desprenden de la experiencia revolucionaria cubana
las apuntamos hoy a la cabeza de este trabajo por considerarlas nuestro
aporte fundamental.
La guerra de guerrillas, base de la lucha de un pueblo por redimirse, tiene
diversas características, facetas distintas, aun cuando exista siempre la
misma voluntad esencial de liberación. Es obvio -y los tratadistas sobre el tema lo han dicho sobradamente- que la guerra responde a una determinada serie de leyes
científicas, y quien quiera que vaya contra ellas, irá a la derrota. La guerra de guerrillas, como fase de la misma, debe regirse por todas ellas; pero por
su aspecto especial, tiene, además, una serie de leyes accesorias que es
preciso seguir para llevarla hacia adelante. Es natural que las condiciones
geográficas y sociales de cada país determinen el modo y las formas
peculiares que adoptará la guerra de guerrillas, pero sus leyes esenciales
tienen vigencia para cualquier lucha de este tipo.
Encontrar las bases en que se apoya este tipo de lucha, las reglas a seguir
por los pueblos que buscan su liberación; teorizar lo hecho, estructurar y
generalizar esta experiencia para el aprovechamiento de otros, es nuestra
tarea del momento.
Lo primero que hay que establecer es quiénes son los combatientes en una
guerra de guerrillas. De un lado tenemos el núcleo opresor y su agente, el
ejército profesional, bien armado y disciplinado, que, en muchos casos,
puede contar con el apoyo extranjero y el de pequeños núcleos burocráticos,
paniaguados al servicio de ese núcleo opresor. Del otro, la población de la
nación o región de que se trate. Es importante destacar que la lucha
guerrillera es una lucha de masas, es una lucha de pueblo: la guerrilla,
como núcleo armado, es la vanguardia combatiente del mismo, su gran
fuerza radica en la masa de la población. No debe considerarse a la guerrilla
numéricamente inferior al ejército contra el cual combate, aunque sea
inferior su potencia de fuego. Por esto es preciso acudir a la guerra de gue-
rrillas cuando se tiene junto a sí un núcleo mayoritario y para defenderse de
la opresión un número infinitamente menor de armas.
El guerrillero cuenta, entonces con todo el apoyo de la población del lugar.
Es una cualidad sine qua non. Y se ve muy claro, tomando como ejemplo
gavillas de bandoleros que operan en una región; tienen todas las
características del ejército guerrillero: homogeneidad, respeto al jefe, va-
lentia, conocimiento del terreno, y, muchas veces, hasta cabal apreciación de
la táctica a emplear. Falta sólo el apoyo del pueblo; e inevitablemente estas
gavillas son detenidas o exterminadas por la fuerza pública..
Analizado el modo operacional de la guerrilla, su forma de lucha y
comprendiendo su base de masas sólo nos resta preguntar: ¿Por qué lucha
el guerrillero? Tenemos que llegar a la conclusión inevitable de que el
guerrillero es un reformador social, que empuña las armas respondiendo a la
protesta airada del pueblo contra sus opresores y que lucha por cambiar el
régimen social que mantiene a todos sus hermanos desarmados en el
oprobio y la miseria. Se lanza contra las condiciones especiales de la
institucionalidad de un momento dado y se dedica a romper, con todo el
vigor que las circunstancias permitan, los moldes de esa institucionalidad.
Cuando analicemos más a fondo la táctica de guerra de guerrillas, veremos
que el guerrillero debe tener un conocimiento cabal del terreno que pisa, sus
trillos de acceso y escape, posibilidades de maniobrar con rapidez, apoyo del
pueblo, naturalmente, y lugares donde esconderse. Todo esto indica que el
guerrillero ejercerá su acción en lugares agrestes y poco poblados, y en estos
parajes, la lucha del pueblo por sus reivindicaciones se sitúa preferentemente y, hasta casi exclusivamente, en el plano del cambio de la composición social de la tenencia de la tierra, es decir, el guerrillero es, antetodo un revolucionario agrario. Interpreta los deseos de la gran masa campesina de ser dueña de la tierra, dueña de sus medios de producción, de sus animales, de todo aquello que ha anhelado durante años, de lo que constituye su vida y constituirá también su cementerio.
Por Ernesto "Che" Guevara
Extraído por SDUI de: Guerra de guerrillas
Extraído por SDUI de: Guerra de guerrillas
martes, 3 de mayo de 2016
La empresa para quien la trabaja (II)
(Segunda parte del artículo La empresa para quien la trabaja. La primera parte puede ser consultada en: La empresa para quien la trabaja(I) )
Empresas sindicales
Las cooperativas federadas no son el único método de socialización impulsado por el Peronismo. En la antes citada entrevista concedida por el General Perón a Carlos María Gutiérrez, el creador del Peronismo menciona un tipo especial de cooperativas: la cooperativa de sindicatos. En éstas, la coordinación de las distintas empresas cooperativizadas se da mediante la organización sindical que, de un modo natural, alcanza a toda la rama de producción. Se alcanza así la vieja tesis del sindicalismo revolucionario, que tanta influencia tuviera en el Movimiento Obrero pre-peronista, y que desde la Carta de Amiens (1916) había proclamado que "el sindicato actualmente nada más que un grupo de resistencia, será en el futuro responsable de la producción y distribución, bases de la organización social" [21]. Como ese modelo de cooperativización sindicalista es más fácil de aplicar en la industria, sector más importante de la economía argentina, es por ello lógico que sea ese mismo modelo el que tienda a predominar en el ideario peronista de tal manera que Perón llega a definir al Estado Peronista futuro como un "Estado Sindicalista" [22].
Las cooperativas o empresas sindicales han sido denominadas a veces también como "Empresas Comunitarias". En "Fundamentos de Doctrina Nacional Justicialista", texto de la "Escuela Superior de Conducción Política del Movimiento Nacional Justicialista" (entre paréntesis, entidad nada sospechosa de "desviaciones izquierdistas") se define de la siguiente forma a la Empresa Comunitaria:
"Considerada en su aspecto funcional, la empresa es una comunidad jerarquizada de productores, diversamente especializados, que aúnan esfuerzos para fabricar determinado artículo o prestar determinado servicio, valiéndose para ello de las herramientas o máquinas que impone la técnica moderna. Considerada, por el contrario, en su aspecto legal, esta misma empresa no pasa, hoy en día, de un mero capital que compra máquinas, materias primas y trabajo. Pura ficción. Pues si con un golpe de varita mágica se suprimieran los dueños del capital, la empresa seguiría funcionando sin la menor perturbación, mientras que pararía y desaparecería si se eliminasen los productores.
"Considerada en su aspecto funcional, la empresa es una comunidad jerarquizada de productores, diversamente especializados, que aúnan esfuerzos para fabricar determinado artículo o prestar determinado servicio, valiéndose para ello de las herramientas o máquinas que impone la técnica moderna. Considerada, por el contrario, en su aspecto legal, esta misma empresa no pasa, hoy en día, de un mero capital que compra máquinas, materias primas y trabajo. Pura ficción. Pues si con un golpe de varita mágica se suprimieran los dueños del capital, la empresa seguiría funcionando sin la menor perturbación, mientras que pararía y desaparecería si se eliminasen los productores.
No basta, por lo tanto, mejorar el nivel de vida del proletariado. No basta dar al productor el lugar que le corresponde en la Comunidad. No resuelve nada cambiar el sistema capitalista sustituyendo la oligarquía burguesa por una oligarquía burocrática. Lo que hace falta es suprimir el salariado, devolviendo a la empresa, aprehendida en su realidad orgánica, la posesión y, de ser posible, la propiedad de su capital, así como la libre disposición del fruto de su trabajo. Cualquier ente social -individuo, grupo o comunidad- tiene el derecho natural de poseer los bienes que le son imprescindibles para subsistir y realizarse plenamente. El municipio, por ejemplo, tiene naturalmente derecho a la propiedad de la vía pública o de la red de alumbrado. El municipio en sí, no la suma de sus habitantes. Cuando alguien viene a instalarse en una ciudad, no tiene que comprar su parte de calle ni de usina; ni la vende cuando se va. La empresa es también un ente social independiente de sus integrantes individuales del momento. Es ella la que tiene que ser dueña de su capital, al que encontrará y usufructuará el productor entrante y dejará para sucesor el productor saliente. Esto vale tanto para la empresa industrial como para la empresa agropecuaria. Los reformistas pequeños burgueses que quieren lotear las unidades orgánicas de nuestro campo fomentan el minifundio y la miseria. La tierra debe ser de quienes la trabajan, como las máquinas de quienes trabajan con ellas.
Tal principio no supone, en absoluto, el parcelamiento de la propiedad de los instrumentos de la producción, sino la supresión de la propiedad individualista de bienes que otros -individuos o grupos- necesitan. O sea la supresión del parasitismo en todas sus formas. Eliminado el parasitismo capitalista, las clases desaparecerán 'ipso facto'. No habrá más burgueses ni proletarios, sino productores funcionalmente organizados y jerarquizados en sus empresas. El gremio perderá entonces el carácter clasista que le ha impuesto una lucha necesaria cuya responsabilidad no lleva y volverá a convertirse en una federación de empresas comunitarias, con el patrimonio asistencial que necesita y los poderes legislativo y judicial que definirán sus fueros. En cada gremio, un banco distribuirá el crédito entre las empresas, dentro del marco de la planificación y conducción económica del Estado nacional. La Revolución Justicialista no busca, pues, llegar a una componencia entre capitalismo individualista y capitalismo estatal, ni 'mejorar las relaciones entre capital y trabajo'. Repudia íntegramente cualquier forma de explotación del hombre por el hombre y quiere volver, en todos los campos, al orden social natural. Es éste el sentido de nuestra Tercera Posición." [23].
Las cooperativas sindicales o empresas comunitarias, por lo tanto, coinciden con las cooperativas "tradicionales" en que la propiedad no pertenece a un capitalista individual burgués o al Estado-patrono, pero, a la vez, se diferencian de esas mismas cooperativas en que la propiedad no es divisible ya que pertenece íntegramente a la comunidad laboral de técnicos y trabajadores que las componen. Además, volvemos a recalcarlo, la solución peronista no es sólo a nivel microeconómico (socialización de la empresa) sino también a nivel macroeconómico (socialización global de la economía).
Conducción económica de la Nación
Lo que denominamos socialización "global" o "integral" de la economía es otro de los rasgos que diferencia al Peronismo tanto del capitalismo como del comunismo. Para el General Perón:
"La doctrina económica que sustentamos establece claramente que la conducción económica de un país no debe ser realizada individualmente, que esto conduce a la dictadura económica de los trusts y monopolios capitalistas. Tampoco debe ser realizada por el Estado, que convierte la actividad económica en burocracia, paralizando el juego de sus movimientos naturales. El Justicialismo, siempre en su tercera posición ideológica, sostiene que la conducción económica de la Nación debe ser realizada conjuntamente por el gobierno y por los interesados, que son los productores, comerciantes, industriales, los trabajadores y aun los consumidores; ¡vale decir, por el gobierno y por el pueblo organizado! Mientras esto no se realice plenamente, el gobierno cometerá los errores propios de toda conducción unilateral y arbitraria por más buena voluntad que tenga." [24].
"La doctrina económica que sustentamos establece claramente que la conducción económica de un país no debe ser realizada individualmente, que esto conduce a la dictadura económica de los trusts y monopolios capitalistas. Tampoco debe ser realizada por el Estado, que convierte la actividad económica en burocracia, paralizando el juego de sus movimientos naturales. El Justicialismo, siempre en su tercera posición ideológica, sostiene que la conducción económica de la Nación debe ser realizada conjuntamente por el gobierno y por los interesados, que son los productores, comerciantes, industriales, los trabajadores y aun los consumidores; ¡vale decir, por el gobierno y por el pueblo organizado! Mientras esto no se realice plenamente, el gobierno cometerá los errores propios de toda conducción unilateral y arbitraria por más buena voluntad que tenga." [24].
Estas indicaciones, que se refieren a la etapa de transición del Peronismo (cuando aún existe un importante sector económico privado), no suponen, ni mucho menos, que el Líder de la Revolución Nacional argentina oculte el objetivo final anticapitalista de su proyecto. De ahí que, a continuación de lo anterior, aclare: "Nosotros queremos compartir con los intereses privados la conducción económica de la República, pero exigimos que esos intereses se coloquen en la línea peronista que apunta a nuestros dos grandes objetivos económicos: la economía social y la independencia económica, porque ellos son mandato soberano que el pueblo nos ha impuesto y que nosotros tenemos que cumplir de cualquier manera: con la colaboración de las fuerzas económicas si es posible, o enfrentándolas, si ellas no quieren compartir con nosotros el mandato del pueblo soberano. En esta tierra no reconocemos, señores, más que una sola fuerza soberana: la del pueblo. Todas las demás están para servirla. Cualquiera que intente invertir este valor fundamental está, por ese solo hecho, atentando contra el primero, básico y esencial principio del peronismo; atenta, por lo tanto, contra el pueblo y está, por otra parte, fuera de la Constitución Nacional que rige el derrotero de la República (...) Es necesario que nadie se llame a engaño: la economía capitalista no tiene nada que hacer en nuestra tierra. Sus últimos reductos serán para nosotros objeto de implacable destrucción." [25].
La conclusión es que, ya sea con la participación de las organizaciones empresariales (en la etapa de transición) o sin ellas (cuando el Peronismo ha logrado su objetivo económico de entregar los medios de producción a los propios trabajadores autoorganizados), existe una planificación democrática e indicativa en la que participan el gobierno, los trabajadores (mediante los sindicatos, federaciones de cooperativas y de empresas comunitarias), organizaciones de usuarios de servicios y consumidores y todo tipo de organizaciones libres del Pueblo. Se evitan así los errores burocráticos de una planificación burocrática y ultracentralizada como la comunista y, por otro lado, se da un margen de maniobra relativamente grande al mercado [26].
Estado Sindicalista
Pero no sólo el Estado Justicialista va delegando gradualmente funciones económicas en las organizaciones de trabajadores. De hecho el Peronismo apunta a la socialización de la economía y del poder por lo que esas mismas organizaciones de trabajadores, federadas democráticamente desde la empresa hasta subir a nivel nacional, acaban asumiendo la representación y control político gradual del país: "La representación política tiene una función esencial que cumplir en el juego de la verdadera democracia que nosotros propugnamos. Pero también sostengo, como un principio indiscutible que emana de la experiencia política de los últimos tiempos, entre nosotros y en el mundo entero, que tan esenciales como las organizaciones políticas son, en el juego de la verdadera democracia, las organizaciones sindicales. No existe contradicción en nuestra doctrina cuando afirmamos que éste indudablemente es un momento de transición de los Estados políticos a los Estados de estructura sindical (...) La afirmación del derecho a la cooperación con el gobierno del país que nosotros reconocemos, propugnamos y realizamos para las organizaciones sindicales no excluye el derecho de ningún otro argentino; pero en la misma medida en que todos los ciudadanos del país vayan integrando la única clase de argentinos que debe existir en esta tierra: la clase de hombres que trabajan, la representación política dejará de serlo en el antiguo y desprestigiado sentido de la palabra, para adquirir el nuevo sentido peronista de su dignidad." [27].
La socialización de la economía y del poder, por lo tanto, van íntimamente ligadas y, como sagazmente afirmará Perón en un texto de 1968, ambos aspectos no se pueden jamás desligar ya que, en última instancia, los partidos demoliberales (instrumentos burgueses de deformación y control de la voluntad popular) son una consecuencia del capitalismo y, por lo tanto, sin acabar con el capitalismo es imposible sustituirlos por un nuevo y más efectivo tipo de democracia de los trabajadores: "Los que saben 'tomar el rábano por las hojas' y son partidarios de erradicar la política, suelen intentar hacerlo por decreto, sin percatarse que es muy difícil 'matar a nadie por decreto' cuando las causas siguen generando sus efectos, porque poca importancia tiene la existencia legal cuando está sometida la existencia real. Para que desaparezcan las entidades demoliberales, es preciso que antes desaparezca el demoliberalismo. En el mundo de nuestros días, al desaparecer paulatinamente el sistema capitalista, vienen desapareciendo también los partidos demoliberales, que son su consecuencia. Resulta lo más anacrónico cuando se atenta contra esas formaciones políticas mientras por otro lado se trata de afirmar por todos los medios el sistema que los justifica. La intención de dejar a los pueblos sin ninguna representación no es nueva ni es original porque todas las dictaduras lo intentan, pero la Historia demuestra elocuentemente que, cuando ello se produce, las consecuencias suelen ser funestas para las mismas dictaduras que lo promueven." [28].
Al contrario que el demoliberalismo capitalista y burgués, el Peronismo busca "una democracia directa y expeditiva" [29], pero a ella no se llega por dictaduras totalitarias de tipo fascista o marxista, sino por la profundización de esa misma democracia política y su extensión al terreno económico mediante la socialización directa (y no estatista) de los medios de producción. Se trata evidentemente, de un proceso largo, complejo y gradual del que, con sincera modestia, Perón reconoce haber iniciado tan sólo los primeros pasos: "Entre lo político y lo social el mundo se encuentra en un estado de transición. Tenemos la mitad sobre el cuerpo social y la otra mitad sobre el cuerpo político. El mundo se desplaza de lo político a lo social. Nosotros no estamos decididamente ni en un campo ni en el otro; estamos asistiendo al final de la organización política y al comienzo de la organización social (...) Es decir, todo ese proceso se va realizando. Yo no puedo abandonar el partido político para reemplazarlo por el movimiento social. Tampoco puedo reemplazar el movimiento social por el político. Los dos son indispensables. Si esa evolución continúa, nosotros continuaremos ayudando a la evolución. Cuando llegue el momento propicio le haremos un entierro de primera, con seis caballo, al partido político y llegaremos a otra organización. Pero estamos en marcha hacia el Estado Sindicalista, no tengan la menor duda." [30].
La democracia fabril y la autogestión de la economía irá, por lo tanto, sustituyendo gradualmente a los partidos políticos que no tienen porqué ser prohibidos o ilegalizados ya que, dejados de lado por los ciudadanos-productores, lanquidecerán y desaparecerán como cáscaras vacías.
¿Utopía Peronista?
¿Hasta qué punto puede llegar esa socialización de la economía y el poder propugnada por el Peronismo? De hecho el General Perón, y con él la mayoría de teóricos justicialistas, se han negado siempre a elaborar complejísimas elucubraciones al respecto por ser revolucionarios y no utopistas o futurólogos. Además: "La apelación a la utopía es, con frecuencia, un cómodo pretexto cuando se quiere rehuir las tareas concretas y refugiarse en un mundo imaginario; vivir en un futuro hipotético significa deponer las responsabilidades inmediatas. También es frecuente presentar situaciones utópicas para hacer fracasar auténticos procesos revolucionarios. Nuestro modelo político propone el ideal no utópico de realizar dos tareas permanentes: acercar la realidad al ideal y revisar la validez de ese ideal para mantenerlo abierto a la realidad del futuro." [31].
Desde esa perspectiva, desde la visión de un modelo "ideal" al que acercar la realidad y a revisar a la luz de esa misma realidad, puede ser de cierto interés la descripción que del socialismo nacional peronista hace, en la década de los 70, la hoy desaparecida "Tendencia Nacional y Popular del Peronismo":
"El socialismo nacional es el proyecto dentro del cual el pueblo argentino ejercerá un poder decisivo por sí y ante sí en los niveles del Estado, la empresa y la universidad a través del control obrero de los medios de producción, de comunicación y de educación. Es un socialismo de autogestión en el que cada fábrica, cada taller, cada laboratorio, aula o biblioteca se transforma en una célula política con poder de crítica y de control sobre la planificación nacional y la acción política interior y exterior. El socialismo nacional es la democratización absoluta del aparato informativo y la apertura integral de la capacitación técnica a la masa obrera. Es la formación de un partido capaz de emitir todos los impulsos ideológicos necesarios para que en cada momento del proceso el pueblo esté presente, real e intensamente, en la elaboración de las supremas decisiones nacionales. Es la asamblea del pueblo que transforma esos impulsos en leyes populares. Es el Estado técnico-planificador que concierta toda la actividad informativa y prospectiva desde y hacia las estructuras sociales y económicas descentralizadas. Socialismo nacional significa plena vigencia de la opinión comunitaria a través de consejos de producción, servicios y educación. Es la empresa bajo control del colectivo obrero. Es la universidad gobernada por profesores revolucionarios, investigadores y estudiantes. Es la alianza de la universidad y la empresa socializada y sometida al régimen de autogestión. Socialismo nacional es, en suma, participación total, justicia para los trabajadores y dominio del pueblo de todos los resortes de acción política." [32].
Peronismo de los trabajadores
Críticas de detalle al margen, el texto anterior puede considerarse una interesante aproximación a una economía peronista plenamente realizada aunque, volvemos a repetirlo, si en el Peronismo no abundan descripciones detalladas de ese tipo es porqué, a imitación de su fundador, la tarea esencial es imponer en la práctica un modelo político, económico y social que parta de la realidad actual para crear esa realidad nueva. Una realidad que, en un principio, no es aún socialista sino nacional y popular ya que la Argentina preperonista (como reconoce el propio Lenin en su célebre "El Imperialismo, Etapa Superior del Capitalismo" [33]) era una virtual "colonia comercial" británica. Por ello mismo, y sin necesidad de basarse en textos extranjeros, Perón afirma tajantemente que la tarea previa de cualquier revolucionario no era y no es otra que lograr quebrar esas cadenas imperialistas y recuperar la autodeterminación nacional, ya sea frente al imperialismo inglés del pasado o el imperialismo yanqui actual, que recolonizó la Argentina precisamente a partir del derrocamiento militar del Gobierno Popular Peronista en 1955:
"La felicidad de nuestro Pueblo y la felicidad de todos los pueblos de la tierra, exigen que las naciones cuya vida constituyen sean socialmente justas. Y la justicia social exige, a su vez, que el uso y la propiedad de los bienes que forman el patrimonio de la comunidad se distribuyan con equidad. Pero mal puede distribuir equitativamente los bienes de la comunidad un país cuyos intereses son manejados desde el exterior por empresas ajenas a la vida y al espíritu del Pueblo cuya explotación realizan. ¡La felicidad del Pueblo exige, pues, la independencia económica del país como primera e ineludible condición!" [34].
"La felicidad de nuestro Pueblo y la felicidad de todos los pueblos de la tierra, exigen que las naciones cuya vida constituyen sean socialmente justas. Y la justicia social exige, a su vez, que el uso y la propiedad de los bienes que forman el patrimonio de la comunidad se distribuyan con equidad. Pero mal puede distribuir equitativamente los bienes de la comunidad un país cuyos intereses son manejados desde el exterior por empresas ajenas a la vida y al espíritu del Pueblo cuya explotación realizan. ¡La felicidad del Pueblo exige, pues, la independencia económica del país como primera e ineludible condición!" [34].
Consecuencia lógica del carácter antiimperialista de la revolución argentina durante su primera etapa es que la contradicción central no es "socialismo o capitalismo" sino "Patria o colonia", "Nación o Imperio", "Liberación o Dependencia". Sectores patrióticos y antiimperialistas, aunque no necesariamente defensores de un socialismo nacional tal cual lo entendía el General Perón, pueden y deben participar activamente en ese verdadero Movimiento Nacional de Liberación que es el Peronismo. Más aún, toda la historia del Peronismo puede reducirse a un esfuerzo doble, genialmente ejemplificado por la conducción de Perón: de un lado ampliar al máximo el Peronismo y su campo político y social de influencia; de otro lado generar los "anticuerpos" organizativos e ideológicos de masas suficientes como para que esa misma amplitud no acabe generando desviacionismos de "derecha" o de "izquierda", o frenando el impulso revolucionario del Movimiento de masas. Y aquí viene como anillo al dedo recordar una de las más conocidas cartas del General Perón a la Juventud Peronista: "No intentamos de ninguna manera sustituir a un hombre por otro; sino un sistema por otro sistema. No buscamos el triunfo de un hombre o de otro, sino el triunfo de una clase mayoritaria, y que conforma el Pueblo Argentino: la clase trabajadora. Y porque buscamos el poder, para esa clase mayoritaria, es que debemos prevenirnos contra el posible 'espíritu revolucionario' de la burguesía. Para la burguesía, la toma del poder significa el fin de su revolución. Para el proletariado -la clase trabajadora de todo el país- la toma del poder es el principio de esta revolución que anhelamos, para el cambio total de las viejas y caducas estructuras demoliberales. (...) Si realmente trabajamos por la Liberación de la Patria, si realmente comprendemos la enorme responsabilidad que ya pesa sobre nuestra juventud debemos insistir en todo lo señalado. Es fundamental que nuestros jóvenes comprendan, que deben tener siempre presente en la lucha y en la preparación de la organización que: es imposible la coexistencia pacífica entre las clases oprimidas y opresoras. Nos hemos planteado la tarea fundamental de triunfar sobre los explotadores, aun si ellos están infiltrados en nuestro propio movimiento político." [35].
La Tercera Posición justicialista no es, por lo tanto, un pálido capitalismo reformista "de rostro humano" ni una mezcla arbitraria de capitalismo y marxismo. Es una solución revolucionaria e integral: "El objetivo central de la 'Tercera Posición' puede resumirse así: 'Socializar sin disolver la personalidad, socializar sin extinguir la independencia de la conciencia individual frente al estado, socializar sin confundir totalmente individuo y sociedad, sociedad y estado." [36].
El General Perón, con su lenguaje siempre más sencillo y comprensible, lo sabrá decir de otra forma: "No todo es pan en esta vida. El trabajador debe no sólamente sembrar el trigo y amanasar el pan sino conquistar una posición, desde la cual puede dirigir la plantación y la fabricación del pan." [37].
Vigencia revolucionaria del Peronismo
En 1983, a poco de recuperar la democracia política en la Argentina, un estudioso del Justicialismo aseguraba con notable perspicacia sobre el Movimiento Peronista:
"En el aspecto ideológico se presentan, en términos sintéticos, tres grandes opciones: a) la de la alvearización bajo el modelo de un partido de inspiración social-cristiana o laborista, ésta última con cierta tradición en el Movimiento; b) la opción por el partido de vanguardia, contenida en las formulaciones del proyecto foquista guerrillero; c) la orientación hacia una democracia autogestionaria de los trabajadores que parte de las experiencias de lucha del justicialismo para articular democracia, lucha obrera y cuestión nacional." [38].
"En el aspecto ideológico se presentan, en términos sintéticos, tres grandes opciones: a) la de la alvearización bajo el modelo de un partido de inspiración social-cristiana o laborista, ésta última con cierta tradición en el Movimiento; b) la opción por el partido de vanguardia, contenida en las formulaciones del proyecto foquista guerrillero; c) la orientación hacia una democracia autogestionaria de los trabajadores que parte de las experiencias de lucha del justicialismo para articular democracia, lucha obrera y cuestión nacional." [38].
Dichas opciones, a grosso modo, se corresponden con tres interpretaciones históricas diferentes sobre la Doctrina Peronista:
a) Aquellos que se conforman con una reedición más o menos actualizada del periodo 1944-55, es decir: un capitalismo nacional autónomo, independiente con respecto al imperialismo, con fuertes rasgos democrático-populares y altamente distributivo. En esta visión que podríamos denominar "histórica" o "tradicional" del Peronismo deben ubicarso no sólo las fracciones "social-cristiana", "socialdemócrata" o "laborista", sino también ciertas corrientes "nacionalistas", incluso "fascistizantes" (que desdeñan los aspectos democráticos del pensamiento de Perón) o el autodenominado "nacionalismo popular revolucionario peronista", formalmente más "izquierdista" y en la práctica más combativo pero que, respecto a sus objetivos finales, no supera los límites de todo este espacio peronista.
b) El Peronismo fuertemente "heterodoxo" continuador de la pequeña burguesía peronizada en la decada del '60 y que, en diferentes grados y proporciones intenta amalgamar Peronismo y elementos ideológicos extraños a la tradición justicialista: planteamientos filocastristas o maoizantes, foquismo, "nueva izquierda" de los '60, etc. Esta corriente, hoy muy debilitada tras la derrota montonera, intenta ir más allá de la experiencia de 1945-55 pero el Socialismo Nacional que propugna tiene excesiva influencia marxista por lo que choca con la "lógica" del grueso del Peronismo que, generalmente con razón, tiende a visualizarlo como excesivamente en los bordes del Peronismo, con un pié dentro y otro en dirección a las sectas antiperonistas.
c) Quienes entienden que el desarrollo natural del Peronismo es una "democracia autogestionaria de los trabajadores" surgida no por introducción de una ideología o construcción teórica ajena al Peronismo sino como desarrollo de los planteamientos teóricos del propio General Perón y de la experiencia y memoria histórica del conjunto del Movimiento (y no sólo de fracciones internas "de vanguardia"). Esta corriente, por su mismo apego al "sentido común" de las bases y cuadros históricos del Peronismo y, además, ante la bancarrota histórica del marxismo (que salpica a la "izquierda peronista") neo o postmoderna, es la única que, hoy por hoy, puede hegemonizar a la militancia más combativa y consecuente del Movimiento, impidiendo la reedición de enfrentamientos fraticidas internos como los de la década del '70. Más aún, como esta corriente "revolucionaria ortodoxa" o "revolucinaria tercerista" (por reivindicar explícitamente el anticapitalismo del Peronismo, pero también su antimarxismo) surge de la "profundización" del Peronismo "tradicional" y no, como en el caso del montonerismo, de su negación, su posibilidad de desarrollo es enorme; en especial porqué ante una camarilla liberal que usurpa la conducción del Justicialismo pero niega todos sus postulados históricos (nos referimos, obviamente al menemismo) todos los sectores del Peronismo pueden actuar en conjunto durante un largo tiempo más allá de sus matices: "laboristas", "social-cristianos", "socialdemócratas", "nacionalistas", "nacionalistas populares revolucionarios" y "terceristas revolucionarios". El crecimiento de esta última tendencia depende, por lo tanto, más que de la prédica diferenciadora e ideologista, de la conducción práctica de todas y cada una de las luchas y su resultado organizativo.
Por Javier Iglesias
Extraído por SDUI de: Javier Iglesias: volveré y seré millones (Ediciones Nueva República)
Notas:
21. La progresiva "nacionalización" del Movimiento Obrero Argentino en el periodo de la "Década Infame" y su posterior influencia en el naciente Peronismo puede comprobarse en Hiroshi Matsushita, Movimiento Obrero Argentino (1930- 1945), Hyspamérica, Bs. As., 1983.
22. Sobre la influencia de la doctrina sindicalista revolucionaria en el Peronismo y el concepto de "Estado Sindicalista" en el General Perón ver la segunda parte del presente estudio: Sindicalismo Revolucionario Peronista, Ed. Guerra Gaucha, Bs. As.
23. Escuela Superior de Conducción Política del Movimiento Nacional Justicialista, Fundamentos de Doctrina Nacional Justicialista, Eds. Realidad Política, Bs. As., 1985, pp. 103-104.
24. Juan Domingo Perón, Mensaje del Presidente..., op. cit., p. 67.
25. Ibid. pp. 68-69.
26. No se trata, obviamente, del delirio liberal-menemista de la "economía popular de mercado", versión disfrazada de la "economía social (?) de mercado" del infame Alsogaray. Sin embargo, en experiencias socialistas autogestionarias bastante desarrolladas, como es el caso de la Yugoslavia de Tito, la práctica demostró la imposibilidad de una planificación total y la necesidad, dentro de una planificación indicativa, de ciertas formas de mercado libre que, al no existir grandes monopolios ni diferencias económicas destacadas, es realmente eso: libre. Ver D. Bilandzic y S. Tokovic, Autogestión (1950-1976), El Cid Editor, Bs. As., 1976.
27. Juan Domingo Perón, Mensaje al Presidente..., op. cit.. pp. 122-123.
28. Juan Domingo Perón, La Hora de los Pueblos, Ed. Distribuidora Baires, Bs. As., 1974, p. 130 (la primera edición es de 1968).
29. "Por otra parte, la democracia de nuestro tiempo no puede ser estática, desarrollada en grupos cerrados de dominadores por herencia o por fortuna, sino dinámica y en expansión para dar cabida y sentido a las crecientes multitudes que van igualando sus condiciones y posibilidades a las de los grupos privilegiados. Esas masas ascendentes reclaman una democracia directa y expeditiva que las viejas ya no pueden ofrecerles", Ibid., p. 14.
30. Juan Domingo Perón, discurso ante escritores asociados a la Confederación Argentina de Intelectuales, reproducido por Hechos e Ideas, Bs. As., n. 77, agosto de 1950.
31. Juan Domingo Perón, Modelo Argentino para el Proyecto Nacional, Ediciones Realidad Política, Bs. Aires, 1986, p. 88 (esta obra es el discurso pronunciado el 1º de mayo de 1974 por el General Perón ante la Asamblea Legislativa al inaugurar el 99º periodo de sesiones ordinarias del Congreso, así como el proyecto que presentó al mismo).
32. Este manifiesto, de junio de 1972, se encuentra reproducido como anexo en varios autores, Peronismo: de la Reforma a la Revolución, A. Peña Lillo Editor, Bs. As., 1972, pp. 187 y ss.
33. "No sólo existen los dos grupos fundamentales de países -los que poseen colonias y las colonias-, sino también, es característico de la época, las formas variadas de países dependientes que desde un punto de vista formal, son políticamente independientes, pero que en realidad se hallan envueltos en las redes de la dependencia financiera y diplomática. A una de estas formas de dependencia, la semicolonia, ya nos hemos referido. Un ejemplo de otra forma lo proporciona la Argentina.", V. I. Lenin, El Imperialismo, Etapa Superior del Capitalismo, Ed. Anteo, Bs. As., 1975, pp. 105-106. La edición original es de 1916.
34. Juan Domingo Perón, Mensaje del Presidente..., op. cit., p. 31.
35. Carta de Juan Domingo Perón a la Juventud Peronista, octubre de 1965. Reproducida en Roberto Baschetti, Documentos de la Resistencia Peronista (1955-1970), Puntosur Eds., Bs. As., 1988, pp. 222-223.
36. Salvador Ferla, La Tercera Posición Ideológica y Apreciaciones Sobre el Retorno de Perón, Ed. Meridiano, Bs. As., 1974, p. 23.
37. Juan Domingo Perón, discurso ante representantes obreros, 24 de febrero de 1949. Citado en Habla Perón (selección de textos), Ed. Realidad Política, Bs. As., 1984, p. 106.
38. Jorge Luis Bernetti, El Peronismo de la Victoria, Ed. Legasa, Bs. As., 1983, pp. 210-211. Por "alverización" se entiende un proceso de "domesticación" e integración al Sistema, similar al que Alvear realizará con la Unión Cívica Radical a la muerte de Hipólito Yrigoyen.
22. Sobre la influencia de la doctrina sindicalista revolucionaria en el Peronismo y el concepto de "Estado Sindicalista" en el General Perón ver la segunda parte del presente estudio: Sindicalismo Revolucionario Peronista, Ed. Guerra Gaucha, Bs. As.
23. Escuela Superior de Conducción Política del Movimiento Nacional Justicialista, Fundamentos de Doctrina Nacional Justicialista, Eds. Realidad Política, Bs. As., 1985, pp. 103-104.
24. Juan Domingo Perón, Mensaje del Presidente..., op. cit., p. 67.
25. Ibid. pp. 68-69.
26. No se trata, obviamente, del delirio liberal-menemista de la "economía popular de mercado", versión disfrazada de la "economía social (?) de mercado" del infame Alsogaray. Sin embargo, en experiencias socialistas autogestionarias bastante desarrolladas, como es el caso de la Yugoslavia de Tito, la práctica demostró la imposibilidad de una planificación total y la necesidad, dentro de una planificación indicativa, de ciertas formas de mercado libre que, al no existir grandes monopolios ni diferencias económicas destacadas, es realmente eso: libre. Ver D. Bilandzic y S. Tokovic, Autogestión (1950-1976), El Cid Editor, Bs. As., 1976.
27. Juan Domingo Perón, Mensaje al Presidente..., op. cit.. pp. 122-123.
28. Juan Domingo Perón, La Hora de los Pueblos, Ed. Distribuidora Baires, Bs. As., 1974, p. 130 (la primera edición es de 1968).
29. "Por otra parte, la democracia de nuestro tiempo no puede ser estática, desarrollada en grupos cerrados de dominadores por herencia o por fortuna, sino dinámica y en expansión para dar cabida y sentido a las crecientes multitudes que van igualando sus condiciones y posibilidades a las de los grupos privilegiados. Esas masas ascendentes reclaman una democracia directa y expeditiva que las viejas ya no pueden ofrecerles", Ibid., p. 14.
30. Juan Domingo Perón, discurso ante escritores asociados a la Confederación Argentina de Intelectuales, reproducido por Hechos e Ideas, Bs. As., n. 77, agosto de 1950.
31. Juan Domingo Perón, Modelo Argentino para el Proyecto Nacional, Ediciones Realidad Política, Bs. Aires, 1986, p. 88 (esta obra es el discurso pronunciado el 1º de mayo de 1974 por el General Perón ante la Asamblea Legislativa al inaugurar el 99º periodo de sesiones ordinarias del Congreso, así como el proyecto que presentó al mismo).
32. Este manifiesto, de junio de 1972, se encuentra reproducido como anexo en varios autores, Peronismo: de la Reforma a la Revolución, A. Peña Lillo Editor, Bs. As., 1972, pp. 187 y ss.
33. "No sólo existen los dos grupos fundamentales de países -los que poseen colonias y las colonias-, sino también, es característico de la época, las formas variadas de países dependientes que desde un punto de vista formal, son políticamente independientes, pero que en realidad se hallan envueltos en las redes de la dependencia financiera y diplomática. A una de estas formas de dependencia, la semicolonia, ya nos hemos referido. Un ejemplo de otra forma lo proporciona la Argentina.", V. I. Lenin, El Imperialismo, Etapa Superior del Capitalismo, Ed. Anteo, Bs. As., 1975, pp. 105-106. La edición original es de 1916.
34. Juan Domingo Perón, Mensaje del Presidente..., op. cit., p. 31.
35. Carta de Juan Domingo Perón a la Juventud Peronista, octubre de 1965. Reproducida en Roberto Baschetti, Documentos de la Resistencia Peronista (1955-1970), Puntosur Eds., Bs. As., 1988, pp. 222-223.
36. Salvador Ferla, La Tercera Posición Ideológica y Apreciaciones Sobre el Retorno de Perón, Ed. Meridiano, Bs. As., 1974, p. 23.
37. Juan Domingo Perón, discurso ante representantes obreros, 24 de febrero de 1949. Citado en Habla Perón (selección de textos), Ed. Realidad Política, Bs. As., 1984, p. 106.
38. Jorge Luis Bernetti, El Peronismo de la Victoria, Ed. Legasa, Bs. As., 1983, pp. 210-211. Por "alverización" se entiende un proceso de "domesticación" e integración al Sistema, similar al que Alvear realizará con la Unión Cívica Radical a la muerte de Hipólito Yrigoyen.
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